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La soledad del Rey

A algunos nos preocupa la posición en que queda Felipe VI en esta España cainita y desorientada

Una consecuencia silenciosa que puede derivarse de la nueva coyuntura política es la progresiva desprotección de la figura del Rey, que no parece preocupar demasiado a la parroquia, entretenida con las batallitas de verano que este gobierno liviano y resultón no para de contarnos, ya sea esa tabarra insufrible del lenguaje inclusivo que solivianta a la propia RAE, ya el enésimo intento de sacar a Franco del Valle de los Caídos. Cualquier día, por cierto, se les aparece el fantasma del general en pleno debate, de tanto mentarlo.

Pero a algunos nos preocupa la posición en que queda Felipe VI en esta España cainita y desorientada, con un PP enredado en su futuro y un PSOE cada vez menos cercano a la Corona, lejos ya los tiempos de vino y rosas de Felipe González y el rey Juan Carlos. La monarquía parlamentaria como forma de gobierno requiere de una colaboración leal con el poder ejecutivo, de manera que los discursos de una y otro sean complementarios, quedando para la primera el papel central y moderador que sólo en contadas ocasiones puede ser alterado. Como la contundente declaración institucional en favor de la unidad del Estado y la defensa de la Constitución, que quién sabe si no ha sido mecha para este proceso de desacreditación de incierto final.

Las noticias aparecidas en algunos medios digitales estos días aireando unas supuestas conversaciones privadas en relación con el presunto patrimonio del Monarca anterior y la catadura de sus protagonistas es para echarse a temblar: amantes despechadas, comisarios de Policía penando en la cárcel por corrupción, periodistas sin escrúpulos, partidos antimonárquicos pidiendo comisiones de investigación, independentistas apostados esperando… y un Gobierno con 84 diputados. El caldo de cultivo perfecto para que en cualquier momento el sistema salte por los aires.

Los que somos defensores de la monarquía para España más por un sentido práctico que propiamente legitimista, y le reconocemos el enorme mérito de reconducir un país desde la dictadura a la democracia de manera ejemplar por encima de sus manifiestos errores (esto, aunque parezca mentira, hay que repetirlo de vez en cuando, porque parece que se olvida), le pedimos a este Gobierno que, al menos, cuando un dirigente autonómico impresentable vete al Jefe del Estado no se le deje solo. Y no tanto por una cuestión institucional, sino de dignidad.

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