No, no me voy a parar mucho en los desenlaces electorales del domingo; ya lo han hecho otros más lúcidos e informados que este que esto les escribe. Sin embargo no me resisto a escribirles mi gran pesar por saber que mi pueblo, mi ciudad, mi comunidad y porque no ha votado mi país entero, lo ha hecho no pensando en los políticos que pudieran hacer más por la gente, sino, han depositado su voto - o se han quedado en casa - pensando en castigar a los que nos gobiernan. Una pena. Me duele mi país y me avergüenzo de esa clase política que sólo piensa en sus intereses. Por eso comprendo que el pueblo esté hasta las narices y se quede en su casa o vote sólo con la intención de castigar. Pero, bueno, cambiemos el signo de la columna y busquemos una dimensión más festiva. Como era de esperar estamos inmersos en los ambientes de zambombas. Éstas se han convertido en atractivo multitudinario y la gente de más allá de El Cuervo, por el norte y del Portal, por el sur, acuden en legiones, llenando la ciudad hasta no poder andar por algunas calles. Eso está bien. Sin embargo, debemos dar una imagen de verdad y no esos remedos fantasiosos de algo que no va con Jerez. También no deja de parecer algo, al menos, curioso, la vestimenta "zambombera" que muchos jerezanos - ellos, sobre todo - adoptan estos días para dar una sensación de auténtico conocedor del asunto. Habrán visto mucho sombrero, mucha bufandita de colores colocada con afectación y mucha chaquetita con gran pañuelo de bolsillo ostensiblemente asomando . Parece como si a las chaquetas de función principal de la Cuaresma o las de señorial caseta de feria le hubieran salido un nuevo distintivo jerezano: el de disfraz de experto en zambombas. Son las sombras y las luces de un pueblo que, al menos, está vivo; a pesar de algunos.

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