Su propio afán

El suelo de Florencia

¿No estamos en un mundo que está descuidando de una manera alarmante la belleza tanto porlo civil como por lo religioso?

Un clásico de la ascética cristiana consiste en glosar la crestería de las viejas catedrales. Hay allí arriba un trabajo exquisito de la piedra que no ve nadie desde abajo, pero que los constructores y artesanos ofrendaron a Dios con el afán de la obra bien hecha, sabiendo que Él lo ve todo y que merece lo mejor. Tras considerar ese alto -en todos los sentidos- ejemplo, se siente uno movido a hacer sus oscuros quehaceres con la mayor perfección posible. En cambio, se habla muy poco del suelo de la catedral de Florencia.

He visto unas fotos desde arriba y los dibujos geométricos del mármol de la solería son hermosos como para sentir un vértigo stendhaliano. Oh. Como la perfección de sus dibujos sólo se percibe desde lo alto, el ejemplo ascético sigue en pie. Los dibujos del mármol del suelo se hicieron igualmente por amor a la obra bien hecha y porque se creía firmemente que eso agradaría a un Dios que tendría en exclusiva la panorámica cenital óptima para paladearlo.

A la misma lección de la crestería se añade otra. Porque tanta belleza se ha puesto, en la catedral florentina, a los pies de los hombres. Transmite un mensaje navideño, como quien no quiere la cosa, porque eso tiene el cristianismo que no tienen las otras grandes religiones, ni, por supuesto, el ateísmo. El mismo Dios se abaja para ponerse al nivel de los demás hombres y más abajo, sin perder por ello, como el suelo de la catedral, belleza ni majestad, espectáculo sobre todo para Dios Padre y para el Espíritu, pero también, más al sesgo o gracias a que subimos unas trabajosas escaleras, para los mismos hombres.

Eso, por lo religioso. Por lo civil, el mensaje del suelo es menos esperanzado. Recordamos también los mosaicos de las villas romanas y pensamos que los hombres, paganos o cristianos, han amado la belleza tanto como para poner incluso la más alta a la vista de quien baja la mirada. ¿No estamos en un mundo que está descuidando de una manera alarmante la belleza, tanto en nuestras catedrales como en nuestras residencias? Y con el abandono de la belleza, hacemos dejación de nuestra dignidad, ya sea la de hijos de Dios o la de ciudadanos libres o la de todo a la vez. Un propósito excelente para el año que ha comenzado es disfrutar, crear y difundir cuanta belleza seamos capaces, arriba, abajo y por todos los lados. Aunque parezca que hay asuntos más urgentes, es una cuestión de primera necesidad.

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