Tribuna cofrade

Susana Esther Merino Llamas

La belleza interior

Estamos acostumbrados a que la Cuaresma, esos benditos días que sirven de antesala a la conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, se hunda en la fibra de los sentidos a través de expresiones o signos tanto internos como externos. Y es que tras haber tenido que caminar el año pasado por un terreno angosto, pedregoso y repleto de obstáculos por mor de una enfermedad que, aunque actualmente con bastante menos incidencia gracias a Dios, nos hizo tambalear sobre el filo de la navaja y sentir casi en nuestra piel el frío acero de la espada de Damocles, nos encontramos en un nuevo preludio de la Semana Mayor donde, sin bajar nunca la guardia, el Cielo se dispone a regalarnos un ansiado reencuentro con mucho de lo que tuvimos que prescindir.

Es cierto que no podremos disfrutar de cofradías transitando por nuestras calles, nuestras esquinas y nuestras plazas, que las túnicas aguardarán hasta la siguiente Semana Santa para ceñirse sobre nuestros cuerpos, que los ensayos costaleros seguirán viviéndose individualmente gracias a la memoria y al corazón, que los talleres de costura no sentirán que el tiempo apremia porque quedan aún dobladillos que rematar, que las secretarías no permanecerán abiertas hasta las tantas esperando a los más rezagados, que las Cruces de Guía no se alzarán anunciando unas manos atadas o unos pies traspasados por los clavos de nuestras culpas, que las hojas de las partituras no sentirán caer sobre ellas el frío del relente cuando la noche se derrama tras los palios de nuestras dolorosas, que el bronce que emana del brocal de las gargantas saeteras tendrá que seguir custodiando sus esencias de yunque y canela un año más, que…

Pero a pesar de tener que lidiar con el hecho de no poder paladear el regusto de todo lo que nuestros sentidos están acostumbrados a vivir en su máximo esplendor, bien es cierto que ahora se nos brinda la oportunidad, más que nunca diría yo, de dar alas a nuestro cofradierismo más íntimo, no tanto como el año pasado (aunque aún sintamos cómo quedan algunos jirones de pesar y melancolía en el pozo de nuestra alma), que nos está llevando a plantarnos frente a frente con quienes mandan en nuestras devociones. Los altares de cultos, si cabe aún más primorosos gracias al encomiable esfuerzo de las mayordomías, nos ayudarán a través de su perfecta estética a hundirnos más en ese diálogo intimista que cada uno de nosotros mantenemos con Nuestros Sagrados Titulares. Sobre la luminaria que se refleja en el fanal de sus benditas miradas se engarzarán una infinidad de súplicas y gratitudes en forma de Padrenuestros y Avemarías sin descanso. La prédica de la Palabra, tras la asistencia a los triduos, quinarios y septenarios, calará más en nuestra conciencia y en nuestro pensamiento haciéndonos reflexionar quizá sobre algo que pudiéramos tener en el olvido o incluso no nos hayamos llegado a plantear

En definitiva, y mientras seguimos reservando en uno de los recovecos más preciados de nuestro corazón el deseo de una próxima Semana Santa con todo lo que la reviste y como estamos acostumbrados en este rincón de nuestra Andalucía, vivamos la intensidad de la gran catequesis a la que estamos llamados a poner en práctica. Pero no tomándolo desde el conformismo, sino todo lo contrario, aceptándolo como un valioso tesoro que El Señor nos está poniendo en nuestras vidas: que todo se silencie para poder mantener con Él aquella conversación que quedó pendiente un día cualquiera.

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