Tierra de Nadie

Alberto Núñez Seoane

“La razón” de la sin razón

Disturbios en Barcelona, Asalto de una tienda por el escaparate. Disturbios en Barcelona, Asalto de una tienda por el escaparate.

Disturbios en Barcelona, Asalto de una tienda por el escaparate. / EFE/Quique García

LAS cosas no van bien, no pueden ir bien, cuando decir la verdad te pone a los pies de los caballos, no de los que montan los jinetes de la canalla mundana e hipócrita, sino de los que cabalgan aquellos que, desde los poderes públicos, dicen “defender” la libertad y los derechos de los ciudadanos que los eligieron.

El problema, el gran problema, no es que haya una cohorte de soplapollas degenerados que hagan de su capa un sayo, se pasen por el arco del triunfo los derechos de los demás y campen por sus respetos haciendo lo que les viene en gana: asesinar, violar, maltratar ancianos, niños o mujeres, ocupar viviendas ajenas, amenazar, acosar o agredir a los más débiles, saquear, quemar, destrozar… Siempre ha habido - y, por triste y cierta desgracia de lo que la condición humana es, así seguirá siendo- este tipo de escoria con aspecto de ser humano, desechos sociales corroídos por el odio y la impotencia, más otras especies de gusanos hediondos que han escupido sobre todo lo intocable, que se han burlado de la bondad generosa y desprendida y pisoteado sobre todo lo que beneficia a quien no sea ellos mismos, que se han regodeado en las penurias que azotaban al vecino, que han dilapidado a la prostituta cuando la madre que los tiró al mundo nunca supo quien había sido el padre del “desperfecto”; toda esta bazofia repugnante no es más que eso: pura mierda, y aun así, no son la causa última del problema que hoy nos ocupa. Y no lo son porque, no siendo más que cosas, tan poca cosa son que no serían capaces -responsables, sí- de ninguna de las perversidades, bajezas y maldades de las que son autores, si no hubiese alguien que -primero- se lo sugiriese, -luego- se lo alentase, y -por fin- se lo permitiese y recompensase.

No creo que todavía queden muchos, con dos dedos de frente, tan ingenuos como para pensar que lo que volvemos a “disfrutar” en las calles es producto de una rebelión ciudadana, de un clamor contra la injusticia o, mucho menos, de una protesta por la falta de libertad. El plato que ahora nos sirven, en bandeja, corresponde a uno de los peldaños de la siniestra escalera planeada y fabricada para conseguir un resultado muy bien pensado y estudiado.

Las posibilidades de ostentar el control absoluto, de ejercer un poder sin respeto a la libertad de los que han de ser “mandados”, no existen en una democracia que pueda presumir de serlo, que esté próxima a la idea que de ella tenemos los que nos hemos preocupado de saber lo que es y para que se ideó, los que hemos padecido lo que hay cuando ella no está.

Para hacer factible la aspiración a lograr establecerse en una posición de gobierno de la que sea difícil apearles por medios democráticos, el “libro de instrucciones” a seguir está escrito desde hace mucho tiempo y puesto en práctica de forma programada, fiel y exitosa, en la revolución bolchevique de 1917, a principios del pasado siglo XX: sólo hay que preocuparse en leerlo; tener la indecencia suficiente para conseguir -de un modo u otro- los medios con los que cumplir sus instrucciones; tener la falta de escrúpulos para ponerlo en práctica y la desvergüenza y el cinismo necesario para -antes, durante y luego- negarlo todo.

Es imprescindible socavar las estructuras del Estado. Uno siempre puede encontrar suficientes imbéciles que quieran creer lo que quieres que crean, pazguatos a los que conseguir engañar, indeseables dispuestos a lo que sea por cuatro pesetas, envidiosos que se dejarían despellejar si antes ven desollar al que fue mejor que ellos, inútiles a los que ofrecerles gratis lo que no lograrían pagando, resentidos dispuestos a ahogarse con tal de echarle la mano al pescuezo a quien ellos consideran culpable de su incurable y patológica mediocridad… todo un ejército de miserables al servicio de un objetivo miserable.

La Justicia, la Ley y las altas Instituciones del Estado son las tres torres que hay que empezar a socavar. La Justicia, en todas sus facciones y aspectos, es el Rey en el tablero del juego al que nos referimos: la convivencia entre personas, nuestra sociedad. Sin Justicia, nada que se parezca a la paz, el progreso y la libertad es mínimamente posible. La Justicia, para poder manifestarse y repartirse necesita de leyes equilibradas y apropiadas. Las leyes, para poder elaborarse, promulgarse y aplicarse, necesitan de las Instituciones. Por lo que, sin Instituciones firmes y fuertes, respetadas e independientes, no hay Ley, y sin ésta, la Justicia es un imposible. A veces, basta “remover” las exiguas bases de las vidas de unos pocos, para que, sin la fuerza de un Estado democrático respetado, consolidado y protegido por la mayoría libre de los ciudadanos, la estructura social en la que vivimos acabe por tambalearse. De esto a lo siguiente, sólo quedan un par de peldaños de la famosa escalera.

Queridos lectores, no es la sin razón de unos vándalos descerebrados la que revienta nuestras calles, altera la convivencia, amenaza la paz y agrede la libertad de todos. Tras toda esa escoria residual, detrás de esa “sin razón” que vemos y padecemos, hay “razones” calibradas, meditadas y arrojadas contra un mundo que algunos quieren echar abajo.

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