Tierra de Nadie

Alberto Núñez Seoane

El silencio de los corderos

Anthony Hopkins en 'El silencio de los corderos'.

Anthony Hopkins en 'El silencio de los corderos'.

Muchos de ustedes, imagino, recuerdan la magnífica película, del mismo título, coprotagonizada por Jodie Foster y Anthony Hopkins. Viene al caso, por la relevancia que tiene para todos el silencio de los que se hacen “masa”, de los que “opinan” lo que les dicen que opinen; igual me da que la causa de esta falta de criterio y ausencia de carácter, por parte de loas “corderos”, se deba a su inconsciencia, a su ignorancia o a su dejadez, el resultado es que la suma de sus voces, “mudas”, da fuerza a los que sí saben lo que hacen, para que lo hacen y les importa un reverendo bledo todo lo que no sea su propio beneficio. En esta ocasión, me refiero a los estragos que causa el fanatismo animalista.

Sabido es el paupérrimo nivel de la clase política que nos desgobierna. Tratan de cubrir sus carencias -que en muchos casos harían ruborizar a un estudiante de primaria- con proclamas populistas, la descalificación indiscriminada, el “y tú más”, el insulto gratuito o, directamente, la mentira más descarada. Sin cultura ni historia -no la tiene este social-comunismo introducido con calzador-, sin la preparación ni el conocimiento necesarios, sin formación ni educación suficiente, el recurso único que les queda -el mismo que les llevó hasta dónde ahora están- es la manipulación de la opinión pública. No habría caso si el público, en su gran mayoría, tuviese opinión, como por triste desgracia, esto no sólo no es así, si no que lo es al contrario, se les hace posible, incluso fácil, manejar al rebaño y conducirlo del prado al corral y de aquí al matadero. Apenas, si acaso, se oirán unos cuantos balidos, que se acallarán con un puñado más de grano.

Cegados por un odio visceral, y del todo irracional, contra la caza y los cazadores, enloquecidos animalistas, toda suerte de ecópatas, ecotalibanes varios, “verdes” con más mohín que otra cosa en sus cerebros, fundamentalistas autoproclamados “ecologistas” y toda una fauna de supuestos defensores del equilibrio medio ambiental, de la biodiversidad sostenible, de los animales y de la naturaleza; arremeten contra nosotros y nuestra pasión, contra el mundo rural en el que esta nació, se desenvuelve y al que alimenta, contra todo lo que hacemos, representamos, contribuimos y somos, también.

Mediatizados por una desinformación brutal, cegados por la ignorancia, empujados por profetas de plástico, arengados por “gurús” de pacotilla, sin otro oficio que el de añadir corderos al rebaño; las gentes se dejan llevar, “lo ven bien…”, colaboran con lo que les dicen sin saber con lo que están colaborando, se compran una mascota a la que, sin quererlo, harán la vida muy desagradable, y se unen a la “revolución verde”. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Les voy a ilustrar lo que estoy escribiendo, relatándoles sobre una masacre acontecida el pasado 22 de Abril en el Parque Nacional de Monfragüe, situado en pleno corazón de la provincia de Cáceres, un entorno natural que goza de la máxima protección y en el que recientemente, con la excusa miserable de lograr esa supuesta “protección”, se ha prohibido la caza, que de modo legal, regulado y controlado se había venido practicando sin causar daño ni ocasionar problema alguno; aumentando el número de ejemplares de muchas especies y mejorando la calidad de los mismos La caza es imprescindible para la conservación de la fauna y la preservación del medio ambiente, cuándo se prohíbe su práctica, el equilibrio se rompe y la actividad venatoria ha de ser sustituida por el abatimiento indiscriminado de ejemplares. Es lo que ha sucedido en Monfragüe.

En el pasado mes se sacrificaron cuarenta ciervas y varios jabalíes, con varios agravantes que no tienen justificación posible: se las capturó primero y mató después; estaban en período de gestación, por lo que muchas de ellas estaban preñadas; no se atendió a ningún criterio de selección de animales débiles o enfermos; la captura se hizo en un lugar próximo al que tenían sus nidos el águila imperial ibérica y la cigüeña negra, dos especies únicas y en peligro. Como pueden ver, ¡toda una proeza “ecológica”!

No he escuchado ninguna declaración ni he visto a ninguno de esos “ecologistas” de cartón piedra, protestar ni manifestarse en contra de la masacre, cruel, innecesaria, fuera de tiempo y denigrante. Sin embargo, los ecologistas, entre los que, sin duda, estamos los cazadores, sí hemos protestado, lo hemos dado a conocer y hemos hecho más: lo hemos denunciado ante las autoridades competentes.

Si ustedes se dejan convencer, sin contrastar; si escuchan a cualquier papanatas que se viste de “verde” y escupe barbaridades contra la caza y los cazadores; si creen que el ruido mediático es más convincente que las estadísticas serias, los datos verificados y la realidad patente y cierta; ustedes se estarán comportando como esos corderos a los que, al igual que el flautista de Amelín hizo con las ratas, el “iluminado” de turno llevará, en propio interés y aprovechando su silencio, al despeñadero.

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