Alberto Núñez Seoane

El tonto del pueblo

EN todo pueblo que se precie hay un insigne tonto que simboliza la estupidez del resto de todos los tontos del pueblo. En nuestro “pueblo”, tenemos también a un bobo ilustre que representa la necedad de todos los otros tontos: los que le colocaron dónde está y los que le permiten seguir dónde está.

Esto, como lo que viene sucediendo, un día sí y el otro también, gracias a la capacidad de superarse de protagonistas como el que hoy nos ocupa, muy capaz de sacar los colores a la cutrez más recalcitrante, es un claro indicador del nivel político, estratégico y mental de muchos de los altos representantes que calientan poltrona en el insuperable gobierno que no deja de maravillarnos.

En realidad, lo primero que me deja patidifuso es la indudable maña que hay que darse para alcanzar las más altas responsabilidades siendo un auténtico patán. Creo que, sin duda alguna, hay que poseer una extraordinaria capacidad de mimetismo, una cara dura como el cemento cuajado, absoluta falta de escrúpulos y alergia a la decencia; además, resulta imprescindible estar rodeado de ineptos aún más recalcitrantes -de modo que no se note tanto la diarrea mental propia del principal desmañado-; también, contar con la circunstancia de que quien tanga la facultad para sentarle en un cargo, a años luz de sus capacidades, sea una calamidad de mucha mayor envergadura del necio por el que, muy a nuestro pesar, ahora nos interesamos.

Capacidad de mimetismo, sí. ¿De qué otro modo podría llegar a lo más alto de un ministerio un vulgar espurgabueyes? Hay que tener habilidad, eso desde luego, para dar el pego -primero-, disimular -después-, hacer creíble -luego- que uno es lo que no es, que sabe de lo que no tiene ni pajolera idea, que domina lo que desconoce, que cree en lo que, en realidad, le trae al pairo, y que hará lo que nunca ha tenido, ni tan siquiera, la menor intención de tratar de hacer… ¡la habilidad “transformista” del cenutrio de turno!

El nivel de dureza de la jeta del fulano en cuestión, deja en bragas al nivel 10 del diamante, el máximo conocido hasta que él apareció en el mercado. Dice lo que dice sin saber de lo que habla. Habla sin saber lo que dice. Miente…. ¡a cara despejá!... le importa una mierda lo que nos importa a todos; supone… elucubra…. hace como que piensa… Sus estúpidas excentricidades, sus memeces absurdas, sus desatinos groseros, sus mamarrachadas sin cuento… Todo un triste y patético rosario de esperpénticas banalidades, impropias hasta de cualquier humilde concejal de algún pueblo perdido en una sierra olvidada; “él”, sin embargo, sienta sus nalgas en el Paseo del Prado de la capital de España…

De los escrúpulos… mejor que no les “hable” en demasía, se me va a ir la pluma y… Esta suerte de catetos mentales, advenedizos de vocación y trileros de profesión, deberían de estar limpiando los cagaderos del ganado en cualquier establo, así les dejarían algún tiempo a los agricultores y ganaderos para poder probar el descanso, el mismo del que no sale el prenda sobre el que escribo y los muchos que como él son. Hay que tener, al menos, un poco de honestidad: ¡crapuloso!; hay que intentar acercarse a la prudencia. ¡fantoche!; hay que tratar de ponerse en el lugar de los que dependen tus pendejadas: ¡zascandil!; hay que pensar en las consecuencias de lo que se dice: ¡mamerto!; hay que esforzarse -sabrás tú lo que es eso…- para no hacer daño arbitrario o innecesario: ¡mangurrián!; hay que procurar ser persona, más cuándo de lo que hagas, o dejes de hacer, depende el pan de muchas familias: ¡pelagatos!

¡Y de la decencia!, ¿qué les cuento yo de la decencia…? Puedo decirles que este sujeto la ha debido confundir con la “demencia” propia de un mono neuronal -no parece que la única neurona que se le conoce pueda tener muchas más compañeras…. -, no hay otra explicación medianamente factible, su revelador currículo en política -en eso dice que “trabaja”-, no deja la menor duda al respecto. Tampoco parece que tenga muy ubicado lo de la coherencia, inseparable de la decencia, puede que la haya confundido con arrogancia, insolencia, repugnancia … ¡puuagggg! … -esperen, voy un momento al cuarto de baño, me han entrado unas irresistibles ganas de vomitar-. Varios de los episodios de su vida “no oficial”, confirman, muy a las claras, de qué pie cojea este palomo y su irresistible afición a la VISA ORO, la clase “business”, los menús de 300 euros por cabeza -por cierto, con solomillo de vaca e hígado de pato-, las vacaciones de un mes en Nueva Zelanda -lo que hace cualquier español normal, decía el muy…-, costumbres y usos, todos, muy propios, no sé… como … muy del día al día del obrero, de ese “pueblo” por el que nuestro incansable “luchador por el proletariado” dice combatir, sin tregua ni respiro.

El tonto del pueblo decía que se podían comer los adoquines: le hincó el diente a uno y se le partió. Dicen que el tonto del ministerio dice que, ya mismo, “dejaremos de comer carne”, que “la carne española es de mala calidad” pero que, sin embargo, los adoquines “Wagyu” están muy tiernos y sabrosos, que es esto lo que tenemos que comer, porque atesoran todas las cualidades que le faltan, por ejemplo, a la vaca rubia de Galicia, al buey de Asturias, a la ternera de Cantabria, al chuletón del País Vasco, al ternasco de Aragón, al cochinillo de Castilla y León, al cordero lechal de La Mancha, las becadas de Navarra, el guarro de Extremadura, a los ibéricos de Huelva, el retinto de Cádiz, al cocido de Madrid, al botillo del Bierzo, a los callos de La Rioja, los patos de La Albufera de Valencia, el conejo con arroz de Murcia, el menudo de Jerez o la berza del mismo sitio, mi pueblo: Jerez… de la Frontera ¡Pobre tonto!

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