CATAVINO DE PAPEL

Manuel Ríos Ruiz

En torno de las corridas para un solo espada

LAS corridas de seis toros para un solo espada se están celebrando con cierta asiduidad últimamente, pero en la vieja historia del tauromaquia solamente muy de tarde en tarde, como suele decirse, tenían lugar tamaños acontecimientos. Y la más reciente en Madrid resultó incluso épica. El matador de turno, Miguel Angel Pereda seguía toreando y matando toros con dos cornadas en el cuerpo.

Y al hilo de tamaña gesta, se nos ocurre recordar las gestos toreros de matar seis toros en la Plaza de las Ventas del Espíritu Santo, desde antes de mediados de del siglo veinte hasta ahora, porque realmente donde en realidad alcanzan importancia y repercusión, es en el coso madrileño.

Y es el inolvidable Antonio Bienvenida quien se lleva la palma en consumar gestos tan extraordinarios, puesto que los llevó a cabo en seis ocasiones. Por primera vez en mil novecientos cuarenta y siete. Mas, no satisfecho con esas actuaciones extraordinarias, el dieciséis de junio de mil novecientos sesenta quiso afrontar dos corridas para él solo, una por la tarde y otra por la noche, aunque al faltarle las fuerzas pasó a la enfermería tras estoquear el noveno astado.

Por su parte, Andrés Vázquez salió tres veces a hombros tras matar la corrida entera, en los años mil novecientos setenta, mil novecientos setenta y cuatro y mil novecientos setenta y siete. Por dos veces hicieron el paseíllo en solitario Morenito de Talavera, Gregorio Sánchez, Ruiz Miguel, Joselito, Morante de la Puebla, y en una sola tarde Rovira, Luis Miguel Dominguín, Rafael Ortega, Paco Camino, Antoñete, Paquirri, José Mata, Dámaso Gómez, El Niño de la Capea, Curro Romero, Luis Francisco Esplá, Pablo Lozano, Curro Vázquez, Roberto Domínguez, José Ortega Cano, Manuel Caballero, El Juli, Enrique Ponce, Víctor Puerto, y de novilleros Macareno, Niño de la Taurina, El Juli y César Jiménez, según los datos aportados por el colega José Suárez-Guanes, poseedor de un archivo especializado.

Indiscutiblemente, encerrarse con seis toros en la Plaza de Madrid, supone un gesto profesional de gran envergadura y responsabilidad, que se produce seguramente por distintas motivaciones. La mayoría de las veces los toreros lo afrontan para culminar una buena trayectoria o para demostrar que se encuentran en una etapa excelente de su arte, pero también se suele hacer para tratar se recuperar el sitio perdido. Y sea por una u otra razón, es sin lugar a dudas un gesto de valentía, de pundonor, en una palabra, que merece al aplauso de los aficionados. En definitiva, las corridas de toros para un solo espada pueden considerarse auténticos hitos en el devenir de la tauromaquia, que se ofrecen en cualquier ruedo, pero que en el madrileño adquieren un especial sentido para los anales.

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