HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano /

La tumba de Franco

Da igual que exhumen o no el cadáver de Franco del Valle de los Caídos y lo entierren en otra parte. Las autoridades y particulares que lo decidirán se van a encontrar con la indiferencia general de los españoles, como ocurre siempre con los personajes históricos caídos en desgracia. Si es por conveniencia política de una izquierda en descomposición, como descompuesto estuvo el régimen franquista en sus últimos años, que necesita gestos altisonantes para acallar los grandes males que ha acarreado a España, no les servirá de mucho. Los partidarios sentimentales del general, que no deben ser demasiados a estas alturas, no pueden hacer de él un mártir, y quienes siguen utilizando a Franco para justificar sus políticas disparatadas, pondrán de manifiesto sus vergüenzas por haberlo dejado morir en la cama y no ser capaces de derrocarlo, por oficiarle funerales de Estado, con asistencia de los embajadores de las naciones con las que teníamos relaciones diplomáticas, que eran casi todas.

La pertenencia de la falsa izquierda a las nuevas clases medias que, desde el franquismo, facilitaron el advenimiento de la democracia, se quiere esconder también, cuando a los cerca de cuarenta años, otros, de la muerte del dictador es tema histórico muy bien estudiado. Si hubiera estado en manos de los partidos verdaderamente de izquierdas, muy divididos y desalentados, testimoniales, nostálgicos y utópicos, se hubieran matado entre ellos, según su deporte histórico tradicional, y cada cual habría querido imponer esas democracias tan bonitas que cada uno sacaba de su cabeza. Cada época triunfante intenta justificarse con los males de la derrotada, sin corregirlos del todo y trayendo otros nuevos. Pasó así con la Edad Media en el Renacimiento y con el Absolutismo en el Romanticismo revolucionario. Los historiadores después ponen las cosas en su sitio y empezamos a comprenderlas. Si esto pasa con las grandes épocas y de manera universal, cuánto más con la historia reciente de una sola nación.

La exhumación de Franco es un modo de armar ruido para llamar la atención, pero no cambia ni un ápice nuestro pasado histórico; complejo, como el de toda nación antigua, y acomplejado, cuando la política se mete a historiadora para esconder la herencia recibida de sus antepasados. Nadie debía oponerse al traslado de los restos de Franco a otro lugar. Ni siquiera es un agravio a su memoria. No se pueden hacer ahora juicios cadavéricos como el del papa Formoso, ni quemar los huesos de nadie en pira laica y aventar sus cenizas. Déjense en la orfandad a quienes la existencia del paternal Franco ha dado sentido a su vida política, ya sólo la izquierda, real o nominal, y desmóntesele el artificio. Inventarán otros para crear problemas donde nos los hay y no afrontar los verdaderos. La izquierda es así de fantasiosa y no se le puede pedir más.

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