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Con el debido respeto al coronavirus, la pandemia más grave de nuestro tiempo la describió Phillipe Muray en El imperio del Bien (Nuevo Inicio). Trata -porque es su tema y porque ofrece un tratamiento de choque- del estado de cosas de Occidente, "este imperio aterrador de la Sonrisa". Rige el acuerdo universal, salvaguardado por el Estado, en base a los buenos sentimientos, la relatividad y la Neolengua. Impera el fanatismo de lo saludable y somos muy libres de pensar todos a una.

"El nihilismo de antaño -describe Muray- se llevaba rojinegro. Ahora es rosa bebé, pastel baboso y corazón de oro, tarots new-age, yogures con bífidus, karma, mueslis, desarrollo de energías positivas, astrología y ocultismo-cocooning". "El imperio del Bien triunfa: es urgente sabotearlo", proclama, convocando a los últimos jedáis, si se me permite la metáfora new age, homeopática, pero que se entiende.

Urge "porque el Bien, en suma, y fatalmente es siempre el peor enemigo del bien". En esta uniformización totalitaria de la sociedad mediante "la disneyficación contemporánea, lo único que ha desaparecido es la violencia Y además, no para todo el mundo". En el fondo, "el Consenso blando es una violencia inexpugnable, un extremismo del Justo Medio". ¿O es que acaso "el linchamiento no acompaña al Consenso como la sombra acompaña al hombre"? (Si usted abriga dudas, sálgase un poquito del cálido consenso para comprobarlo, caballero).

Tras leer a Muray, heredero legítimo de Léon Bloy, se comprende mejor la defensa del bien concreto de Scruton y su horror a las abstracciones almibaradas y a los lugares comunes globalizados. También que Hadjadj advierta que "la caridad está llamada a parecer cada día más cruel, la misericordia cada vez menos compasiva".

"El porvenir de esta sociedad es no poder engendrar nada más. Salvo oponentes o mudos", diagnostica Muray. Teniendo en cuenta mi querencia a no callar ni bajo agua, ya se sabe qué escojo. Y más cuando añade: "Sólo quedaba una cosa, tal vez, todavía un poco aristocrática, y era la literatura".

Pero para que siga quedando no puede volver la espalda a la realidad, aunque haya "¡tantos filtros cordícolas! ¡Tantos cordones de eufeminazación! ¡Tantas aduanas edulcorantes!". Teniendo en cuenta que "el imperio del Bien es, en primer lugar, el Imperio del Cuánto", incluso mejor si, por ser uno libre, se queda casi solo. La resistencia es cuerpo a cuerpo.

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