LA TORRE DEL VIGÍA

Juan Manuel / Sainz Peña

El último escalón

LO vi tirado sobre el suelo. El pantalón mugriento, sin camisa, con el cuerpo lleno de roña y los pelos trapajosos. A su lado no había quien le dijera "¿está usted bien?", sino un cartón de vino barato y apestoso que debió ayudarle aquella tarde a huir de esa vida que le escupió a la cara -o a la que escupió-, proporcionándole un rato de sueño donde, quizá, volvió a ver a sus padres, o a ese primer amor, cuando todavía era joven y tal vez guapo y apuesto.

Luego la policía le despertaría para llevarlo al hospital o algún albergue donde ducharse y recuperar la dignidad extraviada en la jungla del destino.

Ustedes también los ven. Están en el centro o en una barriada, sentados en un banco, juntos o solos; bebiendo cerveza o tinto barato, con la ropa labrada de lamparones, sucios y olvidados en el rincón maldito del último escalón de una sociedad pervertida, que arrincona y convierte en parias a quienes no son capaces de subirse al carro del consumo, del empleo o la convivencia.

Suele ocurrirme, cuando me cruzo con ellos. Trato de echar el tiempo atrás e imaginármelos cuando eran niños.

Cuando apenas levantaban un palmo del suelo y, como cualquier crío, sonreían con un muñeco, reían al dar los primeros pasos, o buscaban los brazos cálidos de su madre cuando se dieron con el suelo jugando en una alameda, lejos, muy lejos de saber que la vida acecha a veces, misérrima y traidora, con la desgracia, la marginación y el desastre.

Son parias del siglo XXI, tan miserables y denostados como siempre, en un tiempo en el que todos vamos tan deprisa que hasta pensamos que eso jamás va a pasarnos a nosotros, ni a los nuestros.

Como si nuestro mundo y el de nuestros hijos fuera otro. Tan lejano y tan ajeno a los que habitan ese último escalón.

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