¡Oh, Fabio!

Luis / Sánchez-Moliní

Para variar

EN esta reentré de septiembre (lo de otoñal resulta excesivo en la baja Andalucía) la mente sigue flotando en el agosto ya ido, por lo que nos gustaría escribir sólo de cosas verdaderamente importantes: de un largo paseo con mis hijas acompañando al Duero camino de Vinuesa; del oasis de piedra de San Baudelio oculto en las extremaduras sorianas; de la siempre renovada nostalgia por el mar canario... Pero, como nos enseñaron nuestros mayores, la obligación está antes que la devoción y hoy toca hablar de esa algaida en la que se encuentra varada la política española desde el pasado 20 de diciembre.

Salvo milagro o golpe de Estado (dos modalidades que ya no están de moda), el Congreso de los Diputados rechazará hoy la candidatura de Rajoy para presidir el Gobierno. Previamente, el martes y el miércoles asistimos a un debate en el que nadie se salió del guión y que ninguna novedad aportó: un Rajoy irónico y socarrón que hizo las delicias de los aficionados a la oratoria Ancien Regime; un Pedro Sánchez sin voluntad de estilo más allá del bronceado; un Pablo Iglesias épico y guerracivilista, y un Albert Rivera de verbo dolorido que pretende entroncar con una tercera España, esa que la estadística histórica demuestra que es minoritaria y gafe. Lo preocupante, sin embargo, no es que los políticos se autoparodien en la tribuna del hemiciclo; lo verdaderamente inquietante es que no hay ninguna perspectiva de que la situación política se desbloquee y todo indica que iremos a votar de nuevo en diciembre con un fondo musical de marimorenas y pastorcitos.

Quizás, como apuntan algunos gacetilleros de la corte, ya existen conciliábulos en los que sombras egregias del PSOE preparan un brusco giro argumental para evitar una nueva cita electoral. Nadie lo sabe a ciencia cierta, ni siquiera los muy osados tertulianos de los programas matutinos. Sin embargo, más que la investidura o no de Rajoy, lo que observamos con cierta preocupación es que la votación en el Parlamento de hoy volverá a mostrar la España del tópico machadiano, un país dividido en dos bloques irreconciliables, incapaz del matiz y el beneficio de la duda. Es falso que la nueva política haya aportado diversidad a las Cortes, más allá de la presencia de algún mamón en los escaños y el colorido de verbena que las camisas de Podemos dan al hemiciclo. Una vez más, y para variar, emerge la España partida en dos que nunca defrauda a su público.

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