Su propio afán

Enrique García-Máiquez

La verdad y otras dudas

QUIÉN diría que en un acto eminentemente social, la presentación de las memorias del rey Simeón de Bulgaria, tituladas Un destino singular, se fuesen a tocar temas tan hondos como en una conferencia (buena) de filosofía. Pero nuestros reyes eméritos, cual catedráticos ídem, dieron unas respuestas a los medios que nos han dejado cavilando.

A don Juan Carlos le preguntaron que para cuándo sus memorias, y destapó el tarro de las esencias de su campechanía famosa: "¡No, nunca las voy a escribir! ¿Para qué, para decir mentiras? La verdad no se puede contar, así que me la guardaré y me la llevaré allá arriba". Explican que hizo el gesto de engullirse la verdad, como si fuese una rueda de molino, y señaló hacia el cielo, indicando donde tenía él la esperanza de llevársela.

Son unas declaraciones para sentarse un buen rato a pensar. "La verdad no se puede contar", ahí queda eso, frente a tanta retórica de la transparencia, al autobombo del periodismo de investigación y a toda la mitología de las sociedades abiertas. En realidad, la alta política es inconfesable o así se lo parece a uno de sus más experimentados conocedores. El gesto de tragarse la verdad, a un hipocondriaco como yo, le asusta: porque es dura de pelar, porque, según Quevedo, amarga y porque la verdad que no se dice se pudre. Para el puntilloso que también soy, hay otra pega: la verdad no es lo que uno se lleva al cielo, sino lo que lleva a uno al cielo. Y que se queda aquí, de paso, porque advertía Gracián: "Es tan difícil decir la verdad como ocultarla". Pero son puntualizaciones menores que no han de enturbiar la lección de política práctica que, como quien no quiere la cosa, nos ha dejado el rey padre.

La reina no es tan campechana, pero no anduvo manca. A la misma pregunta, dio respuestas contrarias entre sí y a la del rey, aunque también enjundiosas. Para empezar, objetó: "Mi vida no es interesante", pero a todo el mundo le pareció demasiada reina para esconderse en la humildad, y no la dejaron. Entonces cambió de táctica: ""¡Pero si ya lo sabéis todo, ya no queda nada por contar!"

Si el rey nos abocaba a la reflexión política, la reina a la psicosociológica. ¿El exceso de exposición puede abrasar la intimidad y, con ella, la verdad última de unas memorias? Son preguntas importantes; y hay que agradecer a los reyes eméritos que no posen y pasen, sino que nos pongan frente a cuestiones de tanto poso.

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