Su propio afán

La vida fácil

La facilidad feliz (cuando es posible y sin que conlleve ninguna chapuza) es una gozada

Unos invitados preguntaron a mi hijo que cuál era su asignatura preferida. Contestó sin dudar: "Religión". Yo enseguida presumí del niño en Twitter.

Y al segundo alguien me replicó: "Claro, es la asignatura más fácil". Podría haberle objetado que tan fácil no es. Estúdiese la Trinidad, la transustanciación, la resurrección de los cuerpos, el culto de hiperdulía a Nuestra Señora, su virginidad, etc. Sin embargo, repuse, me temo que con afanes vergonzantemente proselitistas, por si se animaba a probar: "Ojo, que las prácticas de esa asignatura no son tan sencillas".

No cogió la invitación oblicua, e insistió: "Pero es la asignatura más fácil". Entonces, en vez de explicarle lo de la transustanciación, que ya veía que iba a ser para nada, me pasé al modo laico, qué remedio. Valorar las cosas por el "más difícil todavía" tiene su gracia en la pista de un circo, no en la vida. Si las cosas, además de buenas, son fáciles, miel sobre hojuelas. Estoy en contra incluso del arte por el arte y del placer por el placer, pero no digamos ya de la dificultad por la dificultad. No le veo un especial mérito. Por supuesto, tampoco hay que achicarse nunca ante las dificultades, pero buscarlas a posta me parece un sesgo masoquista muy doloroso.

Viendo torear a Pablo Aguado nos hacíamos lenguas de lo fácil que lo hace todo, y a nadie se le ocurrió afeárselo, porque es precioso. También en las relaciones sociales, en el deporte, en la literatura y en el trabajo, la naturalidad feliz (cuando es posible y sin que conlleve ninguna chapuza) es una gozada.

Como ya anochece antes y la vendimia empieza el jueves, lamenté el verano se agosta. El mismo niño me amonestó gozosamente: "¡Papá, hombre, que todavía queda más o menos la mitad!". Es posible, por tanto, que, para darle la corona de su preferencia a la asignatura de religión, entre las razones teológicas, piadosas, estéticas y utilitarias (nada más rentable si se piensa que alcanzar la vida eterna), mi hijo, el amigo de las vacaciones, también sopese la facilidad. No puede parecerme más sabio.

Además, obsérvese que esa misma facilidad me la tomo yo. Seguro que, si tratase de política, este artículo iba a salirme más forzado y tenso. Las cosas de mis hijos son una facilidad mía como columnista, un comodín, un as (son dos) en la manga. Así que no me extraña nada lo del niño. Bendita la rama que al tronco sale. Quien lo hereda no lo hurta.

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