Las naciones demuestran su valía de diferentes maneras, pero sin duda la principal consiste en defender la vida, la cual puede ser despreciada en aras de un progreso mal entendido que aboga por el aborto y la eutanasia. Nosotros ya le hemos abierto la puerta a ambas cosas, de manera que tanto al inicio como al final de la existencia podemos ser tratados como meros desechos.

La secularización de las sociedades ha llevado a suponer que somos un accidente de la naturaleza, algo casual, algo prescindible. Si por el contrario, como afirma Benedicto XVI, se tiene la certeza de que cada uno de nosotros somos hijos del pensamiento de Dios, todo se esclarece. Dejar de lado al Creador hace que el paso por la tierra se convierta en algo carente de trascendencia, por lo que el individualismo y el disfrute del placer adquieren gran relevancia.

Para las personas creyentes el tránsito por este mundo brinda la oportunidad de acrecentar los dones recibidos y ponerlos al servicio de los demás. Si el ser humano no se pregunta el por qué y el para qué de su existencia es muy difícil que pueda enriquecer a quienes le rodean y dejar una huella de amor y perseverancia.

Es comprensible que en una cultura empobrecida, superficial y alimentada con escoria, haya personas que crean que todo se termina cuando las funciones vitales desaparecen. Sin embargo, no sólo la fe, sino estudios científicos como los de la Dra. Elisabeth Kübler-Ross, aseveran que existe vida después de la muerte porque no somos solamente un cuerpo, sino también una mente y un espíritu. Después de muchos años de experiencia y de investigación, esta psiquiatra ha asegurado que la vida en el cuerpo terrenal solo representa una parte muy pequeña de la existencia total.

Somos más de lo que vemos, somos seres que forman parte de un plan superior y que tienen una misión capaz de dotar de sentido las dificultades, la enfermedad y el sufrimiento. Abandonar la vida antes de tiempo es dejar incompleto nuestro cometido y renunciar, quien sabe, a alguna gracia inesperada.

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