El gobernante tiende a predicar la calma ante una epidemia o cualquier otro episodio dramático. Para evitar la alarma y mantener la paz social. Así debe ser, pero a condición de, a la vez, tomar medidas para resolverla en el menor tiempo posible. Todas las medidas que hagan falta, incluyendo las impopulares que encuentran resistencia entre los gobernados. No ha sido nuestro caso.

Hay coronavirus para rato: entre dos y cinco meses, según el experto y portavoz de la lucha española contra la pandemia, el incansable Fernando Simón. Las autoridades que están por encima de él han pretendido dosificar las medidas antivirus creyendo que así serían más aceptables y menos alarmantes. Sinceramente, creo que han perdido un tiempo precioso para, al final, aplicar los remedios más drásticos (suspensión de clases, cierre de teatros, museos y monumentos, prohibición de actos masivos, confinamientos) cuando la enfermedad se había agravado. No han sabido prevenir. Ni han intuido que, dadas las semejanzas sociales, económicas y culturales entre los dos países, lo que estaba pasando en Italia iba a pasar en España unos días más tarde. No escarmentamos en cabeza ajena.

En lo que sí han tenido éxito es en convencer a los ciudadanos de que frenar esta epidemia está básicamente en sus manos. En general no se han producido episodios de pánico (pendiente queda de explicar por qué la gente compra tanto papel higiénico: yo creo que es, simplemente, por barato) y se están secundando con resignación las consignas de distanciamiento físico, renuncia al saludeo y los abrazos, reclusión doméstica y paréntesis en la vida social. Después de décadas de centrarse en la conquista y ejercicio de derechos, los españoles están respondiendo bien al desafío de cumplir con sus deberes. Claro que este cumplimiento lo facilita el hecho de que obedeciendo las recomendaciones del Gobierno proteges a los otros, pero también te proteges tú. Das a la sociedad y a la vez recibes.

Más preocupación parece haber por las consecuencias económicas de esta crisis sanitaria. Por la hecatombe de la Bolsa -que afecta a ocho millones de modestos ahorradores, no sólo a lo ricos-, por el desastre en el sector turístico y la hostelería, por el ocio y el transporte... y por el miedo a que la restauración de la salud pública no traiga consigo la recuperación de la economía.

Hemos ganado una cosa: llevamos dos semanas sin aguantar a todas horas la tabarra independentista. Sin la turra de Torra.

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