ES más que conocido el viejo dicho de que la política hace extraños compañeros de cama, con el que se justifican las variopintas coaliciones que suelen surgir entre los partidos cuando la necesidad así lo aconseja. Pero incluso esta ley tiene limitaciones. Un ejemplo claro es el acuerdo al que ha llegado el Gobierno de Pedro Sánchez con EH Bildu para que la formación filoetarra apoye sus Presupuestos, una ayuda que, por cierto, no era del todo necesaria, lo cual la hace aún más incomprensible. Una cosa es pactar con un partido nacionalista como el PNV, que aunque aprovecha cualquier oportunidad para erosionar al Estado tiene una tradición posibilista y moderada, y otra bien distinta es hacerlo con una formación que aún no ha condenado el terrorismo de ETA y que no oculta su intención de destruir España, por mucho que ahora quiera ir de adalid de la clase trabajadora "en todo el Estado". Ayer quedó meridianamente claro cuando el coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi, defendió que el proceso hacia la independencia del País Vasco "pasa hoy por decir sí a los Presupuestos Generales del Estado". Bien es sabido que el principal avalista del pacto entre el Gobierno y Bildu ha sido el vicepresidente Pablo Iglesias, que ya no se toma ninguna molestia por disimular las simpatías que le despierta la izquierda radical vasca, el apoyo político que siempre tuvo ETA. Pero eso no le resta ninguna responsabilidad a Pedro Sánchez, que con tal de seguir en el poder ha transigido con una situación que es muy nociva para la nación. No sólo porque es humillante para el conjunto de la sociedad, empezando por las víctimas del terrorismo etarra, sino porque está dando alas a una formación que tarde o temprano buscará la voladura no del Ejecutivo, sino del sistema democrático español tal como lo entendemos hoy. El Gobierno pregonó en su día que con este pacto Bildu se implicaba en la gobernabilidad del Estado. Sólo un ingenuo o un cínico se podía creer estas palabras. Por si alguien albergaba alguna duda, Otegi dejó claro ayer cuál era su concepto de gobernabilidad de España: nada más y nada menos que alcanzar lo que denominó la "república vasca".

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