El doble fracaso de la nueva política

La nueva política no ha conseguido reemplazar al bipartidismo y, en muchos casos, repite sus mismos vicios

Todas las encuestas realizadas en los últimos tiempos apuntan a un reforzamiento del bipartidismo y a un importante deterioro de los dos partidos más significativos de la que fue bautizada como la nueva política, Podemos y Ciudadanos. Como es sabido, tanto la traumática crisis económica como el recrudecimiento del siempre aletargado problema catalán -esta vez en forma de procés- supusieron el nacimiento de dos partidos que, se suponía, representaban las ansias de una buena parte de la población española, especialmente de la más joven, de un cambio profundo en la política y en los políticos. En principio, estos partidos rechazaron el viejo esquema de derecha versus izquierda para autoproclamarse como formaciones transversales cuyo verdadero objetivo era defender a los ciudadanos normales y corrientes de la llamada casta. Especialmente se criticaba a la clase política por su adocenamiento, su sumisión a los grandes poderes financieros y económicos del país, su falta de transparencia, su bajísima formación intelectual, su endogamia desesperante, su corrupción evidente y un largo etcétera de vicios. En muchas cosas, los partidos de la nueva política tenían razón (con matizaciones, como todo), en otras se rozaba (cuando no se caía abiertamente) el populismo más descarado. El tiempo ha pasado y todos coinciden en que la nueva política ha envejecido prematuramente. En general, podemos decir que ha sufrido un doble fracaso. El primero es no haber sido capaz de sustituir a la vieja política (PP-PSOE), que vuelve a tener cierta pujanza. El segundo se debe a que, una vez que no ha conseguido el relevo, tampoco está siendo capaz de cumplir una función de muleta para poder armar mayorías en el Congreso de los Diputados. Ahora bien, en las autonomías y los ayuntamientos sí están desempeñando un mejor papel de apoyo a la gobernabilidad. ¿Por qué se está desinflando la nueva política? Son muchos los factores y van desde el rearme de los viejos partidos, que han renovado sus estructuras y han asumido muchos de los preceptos aportados por los recién llegados (transparencia, democracia interna, etcétera), hasta la constatación de que los supuestos renovadores estaban repitiendo los vicios de la clase política de siempre, como la adopción del esquema derecha-izquierda o la obsesión por conseguir cargos y buenos sueldos públicos. Aun así, este fracaso, por ahora, no es definitivo y partidos como Podemos o Ciudadanos formarán parte del paisaje político durante mucho tiempo, aunque sea como actores secundarios y no como protagonistas.

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