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Tribuna

josé maría agüera lorente

Catedrático de Filosofía

Google y la proscripción del silencio

Hoy sabemos que internet solo por sí mismo no nos salvará de los fanatismos o las pseudociencias; y en su seno la posverdad prospera

Google y la proscripción del silencio Google y la proscripción del silencio

Google y la proscripción del silencio

Lo celebran con uno de sus simpáticos doodle; ya saben, esa imagen animada mediante la que el archifamoso motor de búsqueda de internet señala algún acontecimiento digno de ser remarcado. Esta vez les ha tocado a ellos, a Google, la que es en la práctica monopolística puerta de entrada al ilimitado universo de la world wide web, al cumplir su vigésimo cumpleaños.

Desde la aparición de la imprenta hace más de quinientos años, la cantidad de información que producimos no ha hecho sino crecer y crecer, y cada vez a un ritmo mayor. Con el paso del tiempo y el consiguiente aumento exponencial de la producción de información, el problema de dar con un método eficaz para su almacenamiento y diligente recuperación para su uso pertinente se convirtió en un asunto de principal importancia. Durante el siglo XX se desarrollaron soluciones cada vez más elaboradas, sistemáticas y tendentes a la automatización. Las mismas máquinas que habían agravado la sobrecarga de información se contemplaban a partir de la segunda mitad del siglo pasado como el mejor recurso para aliviar el problema.

En nuestro siglo la cantidad de información aumenta diariamente en 2,5 trillones de bytes, mientras que la cantidad de información útil no lo hace. La mayor parte de esa información es sólo ruido. La cantidad de verdad objetiva se mantiene relativamente constante. Nuestro cerebro no está filogenéticamente configurado para manejarse en un medio en el que el silencio está literalmente proscrito, y tiende a simplificar y filtrar aquella información que viene a confirmar nuestros prejuicios. Hoy sabemos que internet solo por sí mismo no nos salvará de los fanatismos o las pseudociencias; y en su seno la posverdad prospera. Puede que la solución no se encuentre en un dispositivo de computación automático, sino en el tiempo que nos demos para pensar. Se requiere paciencia para decantar el tesoro de conocimiento que resulta de la criba del tiempo.

En su ensayo titulado En el enjambre, el filósofo Byung-Chul Han alude a la enfermedad psíquica que genera en el sujeto sometido a ella, el information fatigue syndrom o IFS. Quien lo padece "se queja de creciente parálisis de la capacidad analítica, perturbación de la atención, inquietud general o incapacidad de asumir responsabilidades". Sin analizar la información, ¿cómo distinguir lo esencial de lo no esencial, la señal del ruido? Para Byung-Chul Han, "el pensamiento es siempre exclusivo", en el sentido de que excluye toda información que no aporte conocimiento. Porque para conocer es menester reflexionar, jerarquizar y buscar principios generales. Concluye este filósofo: "Más información y comunicación no esclarecen el mundo por sí solas. Y la transparencia tampoco lo hace clarividente. El conjunto de información por sí solo no engendra ninguna verdad. No lleva ninguna luz a la oscuridad. Cuanta más información se pone a disposición, más impenetrable se hace el mundo, más aspecto de fantasma adquiere. En un determinado punto, la información ya no es informativa, sino deformativa; la comunicación ya no es comunicativa, sino acumulativa".

Google trabaja para que sus usuarios tengan veloz acceso a la mayor cantidad de piezas de información de modo que puedan extraer rápidamente su esencia y seamos, así, más productivos como pensadores. Todo se sacrifica al dios de la eficiencia, a cuyo servicio se ponen los más potentes algoritmos, para los cuales no existe lo que no es cuantificable (de lo que se trata al final es de la construcción de una inteligencia artificial a gran escala). Confiamos en su criterio, que nos es opaco porque ignoramos esos algoritmos, los cuales en todo caso premian a los sitios más visitados del universo de internet, que -claro está- como son los más buscados serán los que aparecerán en los primeros puestos de los resultados de búsqueda, lo que hará que sean más visitados por los internautas, alimentándose el bucle de retroalimentación y la polarización entre la información que es visible y la que no. La cuestión es si todo criterio verdaderamente relevante es cuantificable.

¿Cómo sería ese mundo mental en el que se habría proscrito definitivamente el silencio? ¿No se vería dramáticamente afectada la conciencia de un yo inundado permanentemente de información, flotando sin elección en la superficie de un flujo incesante de bits tan denso que le impedirían sumergirse en las profundidades de un pensamiento contemplativo y lleno de posibilidades creativas?

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