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Tribuna

monseñor josé mazuelos pérez

Obispo de Asidonia-Jerez

Miremos al Crucificado y todo se llenará de Luz

El amor de Cristo vence sobre todos los odios, rencores, venganzas y crímenes de los hombres. Es un amor que sana, libera, purifica, rescata y pacifica

Miremos al Crucificado y todo se llenará de Luz Miremos al Crucificado y todo se llenará de Luz

Miremos al Crucificado y todo se llenará de Luz

Conviene que vivamos la Semana Santa con ojos nuevos, no es bueno que nos acostumbremos ni que perdamos la capacidad de sorpresa. En estos días, Dios quiere enseñarnos cómo se ama de verdad.

En el Triduo Pascual acompañaremos a Jesús hasta el monte, desde allí podremos mirar al Crucificado y recibir la atracción poderosa del amor de Dios que se entrega por nosotros. En el Calvario descubrimos el corazón de la humanidad y el punto de anclaje de nuestra estabilidad. Cristo, puesto en alto, desde el trono de la Cruz, absorbe el veneno del pecado que estaba incrustado en nuestros corazones y hace de nosotros 'hombres nuevos'.

Desde el Calvario observamos aquella última cena de una forma nueva. En ella resplandece primeramente una maravillosa suavidad y dulzura de Cristo, que quiso sentarse a una mesa con aquellos hombres débiles y limitados, sin excluir al traidor que lo había de vender. Resplandece también una espantosa humildad, cuando el Rey de la gloria se levantó de la mesa, y ceñido con un lienzo a manera de siervo, echó agua en un baño, y postrado en tierra, comenzó a lavar los pies de los discípulos, incluido Judas, que ya lo había vendido. Resplandece sobre todo esto una inmensa liberalidad y magnificencia de este Señor, cuando a aquellos primeros sacerdotes, y en aquellos a toda la Iglesia, dio su sacratísimo cuerpo en manjar, y su sangre en bebida: para que lo que había de ser el día siguiente sacrificio y precio inestimable del mundo, fuese nuestro alimento cotidiano.

El Viernes Santo, la liturgia de la Iglesia nos introduce en el misterio de la Cruz, expresión suprema de la entrega amorosa de Dios que llega hasta la donación de su propia vida. En el madero, el poder de Dios se torna debilidad y amor. El verdadero amor no domina, es entrega callada, sacrificada, manos abiertas y traspasadas. Desde la Cruz, la sabiduría de Dios es para muchos necedad, porque es búsqueda de los últimos, de los pequeños y perdidos. En ella entendemos que los caminos de Dios no son nuestros caminos. Dios nos confunde: calla el Dios de los filósofos y se manifiesta el Padre de Nuestro Señor Jesucristo que quiso amar a los hombres en el abrazo de su Hijo crucificado por amor. Cristo crucificado es el gran signo del amor de Dios que ofrece su perdón y reconciliación a todos los hombres.

Al alba del tercer día, la cruz de Cristo, hasta entonces instrumento de muerte y escarnio, reventó en vida y en resurrección. El amor siempre es luz y vida. Y el árbol de la cruz floreció hasta la eternidad. La Resurrección es el misterio que lo resume todo: "si Cristo no ha resucitado vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados…. Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto" (1ª Cor 15, 17-20).

Tras la Resurrección, la cruz es el camino para adentrarnos en las entrañas de Dios. En ella brilla la misericordia, el perdón la generosidad sin límites. En la cruz Cristo nos invita a retornad a Dios, a no tener miedo, pues es un Dios que devuelve bien por mal.

La Cruz de Cristo es gloriosa. El crucificado es el Resucitado. Es el trono desde el cual el Hijo del hombre reina como vencedor del pecado y de la muerte. El amor de Cristo vence sobre todos los odios, rencores, venganzas y crímenes de los hombres. Es un amor que sana, libera, purifica, rescata y pacifica. Es un amor humano y divino capaz de elevarnos con Él a lo más alto de la gloria

La resurrección, subraya el Papa Francisco, es una fuerza imparable, entraña una explosión de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. En medio de la oscuridad siempre brota algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto abundantísimo.

Os invito a actualizar y descansar en ese misterio inefable de amor que está en el origen del acontecimiento único que conmemoramos en estos días: "Porque tanto ha amado Dios al mundo, que le ha dado a su Hijo unigénito" (Jn 3,16). Vivamos, a través de la celebración litúrgica del Triduo Santo nuestra participación en el Misterio Pascual y llevemos allí los dolores y alegrías de nuestra vida, de la Iglesia y del mundo. Toda la Pasión del Señor es manifestación del amor de Dios por nosotros hecho visible en Cristo su Hijo. Renovemos nuestro bautismo, compartamos la victoria de Cristo Resucitado en la Eucaristía y gocemos con María, Madre de la Iglesia, la luz y la alegría que irradia el rostro esplendoroso del Resucitado.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

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