Tribuna

Rafael Rodríguez Prieto

Profesor de Filosofía del Derecho y Política de la Universidad Pablo de Olavide

Odio 'prêt-à-porter'

"Debemos atacar al Estado", dice Torra. "Abriremos las cárceles", espeta. No tomarse en serio a una autoridad, con personas armadas a sus órdenes, sería de locos

Odio 'prêt-à-porter' Odio 'prêt-à-porter'

Odio 'prêt-à-porter' / rOSELL

Fin del verano. España es un largo e inacabable partido de fútbol. Las teles de las terrazas nos ofrecen goles y VAR. En los intermedios surgen los Torra y compañía que han ocupado con sus proclamas los telediarios. La subida de la luz o los superricos generados por la crisis, no son temas noticiables. Vivimos una noche americana donde la mañana se confunde con la noche. Me refiero a una técnica cinematográfica que permite simular una ambientación nocturna en escenas filmadas durante el día. Para lograrlo se usa un filtro azul. En la noche española se usa uno amarillo. Los separatistas lo utilizan para que las víctimas parezcan verdugos y la mentira verdad. Orwell afirmó que el nacionalismo es el hábito de asumir que los seres humanos pueden ser clasificados como insectos y que millones de personas pueden razonablemente ser etiquetadas como buenas o malas. Ya lo dijo el alcalde separatista de L'Ametlla de Mar cuando ocho personas trataron de redecorar un lazo amarillo: son bichos.

Probablemente, la señora de origen ruso que en presencia de sus hijos recibió un puñetazo en la nariz también es considerada una bicha. Pero ajena, ya que tras la agresión fue conminada a abandonar su casa. Esta xenofobia entronca con una lóbrega tradición que jalonó la historia europea del siglo XX. El otro, el innombrable y, por supuesto, el agresor. Los estalinistas se consideraban víctimas de los revolucionarios que se opusieron a los planes dictatoriales del asesino de masas georgiano. Los nazis se consideraban víctimas de los judíos. La xenofobia no es solo el odio a lo otro, al extraño. Tiene una doble vertiente que consiste tanto en repudiar al extranjero como el mantener la idea excluyente del único pueblo. La unidad de destino en lo universal franquista tiene en el separatismo catalán su encarnación 2.0. Torra oficia como celebrante principal de esta noche española, donde los campanarios de las iglesias nos devuelven el hedor del yugo con el haz de flechas y el megáfono de Vic nos traslada al Afganistán de los talibanes. "No nos desviemos de nuestro único objetivo: la independencia". La república es mi único dios y Pujol nuestro profeta.

"Debemos atacar al Estado", dice Torra. "Abriremos las cárceles", espeta, pero más bajito. No tomarse en serio a una autoridad, con personas armadas a sus órdenes, sería de locos. Torra es el dinamitero que emponzoña la dignidad de un cargo que ya no les sirve. Por eso tienen cerrado un parlamento autonómico que desprecian por albergar a un nutrido número de diputados que representan a los traidores a la patria. Mientras la oposición solloza, los separatistas utilizan todo los adjetivos belicosos que tienen a su alcance. Para Torra y sus adláteres no hay marcha atrás. Habría demasiadas cosas que explicar. Han iniciado una depuración ideológica del que consideran su país, con el fin de purificar su pueblo para evitar baches en el ADN y servir en sus restaurantes guardia civil andaluz a la brasa. Mientras tanto, las oligarquías familiares, antaño franquistas y hoy nacionalistas, lucen en la solapa el amarillo del odio prêt-à-porter. No hay mejor manera de mezclarse con el populacho.

La estrategia es diáfana. Auspiciar el enfrentamiento civil tiene como fin generar un clima de miedo que mantenga a raya a los disidentes y les haga plantearse el éxodo. Si no te gusta, ahí está la puerta. ¡Vete bicho! Esa praxis ya nos suena del nacionalismo vasco. También se alienta un necesario conflicto civil, que haga factible una intervención extranjera del acomplejado reino español. El 1 de octubre les fallaron el poder judicial, al que tratan de linchar a diario, y la movilización callejera. Se trataba de que los muchachos de las CUP se fueran al Prat a pegarse con la Guardia Civil. Hacer la revolución en TV3 o ejercer la violencia contra disidentes, secretarios judiciales o contra policías en manada, es una cosa; pero enfrentarse por el control de una infraestructura crítica es algo muy distinto. La vida es muy bonita, sobre todo si percibes sueldazos. En consecuencia, hay que generar confrontación, a ver si la próxima vez se consigue el ansiado muerto en el lado correcto de la ecuación. Ya están las milicias paramilitares, a las que eufemísticamente se les denomina CDR, y un germen de policía política haciendo la instrucción.

¿Pero qué sería todo este despliegue de totalitarismo sin complicidades en el estado? Nada. El PP y el PSOE han nutrido política y económicamente un golpismo racista y excluyente. Sacrificar la igualdad entre españoles y privilegiar al nacionalismo nunca fue problema. Es el desgraciado mal que carcome nuestra democracia desde hace décadas. El último episodio es la invitación de Ana Pastor a Torra para que nos ponga al día de sus últimas ocurrencias racistas. ¿Cabe mayor indignidad? Seguro que sí.

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