Tribuna

Esteban fernández-Hinojosa

Médico

Utopías

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La medicina libra una implacable batalla contra la enfermedad desde el final de la II Guerra Mundial. Los presupuestos sanitarios apenas se cuestionan en Europa, pues para la mentalidad colectiva los avances médicos son ilimitados y todas las enfermedades resultan potencialmente curables. Sin embargo, la realidad se rige por un principio fundamental de imperfección que siempre prevalece. Si hace medio siglo, erradicada la viruela, se creía tener bajo control las enfermedades infecciosas, la realidad se impuso de nuevo con la aparición del VIH o la resistencia a los antibióticos. La evidencia indica que, por ahora, estas enfermedades no serán erradicadas. Las expectativas no son mejores para las enfermedades crónicas: si la tasa de mortalidad de la mayoría de los cánceres ha mejorado, su curación queda aún lejos. Andrés Cervantes, próximo presidente de la Sociedad Europea de Oncología Médica, ha declarado que "el envejecimiento de la población aboca a una gran epidemia de cáncer". Tampoco de las enfermedades cardiacas o cerebrovasculares se predice su curación, ni del alzhéimer se barrunta horizonte alguno a corto plazo.

La llamada hipótesis de compresión de la morbilidad (una vida larga con escasa carga de enfermedad en la que esta se concentra en un breve periodo final previo a una muerte rápida), introducida por James Fries en 1980, supuso un poderoso gancho para seducir a la medicina con toda suerte de utopías, pero la hipótesis nunca obtuvo respaldo empírico: la mayoría contraemos una o más enfermedades crónicas a lo largo de la vida y morimos de ellas poco a poco. En realidad, la idea resultó tan ilusoria como probablemente ocurra con las proclamas de la corriente transhumanista. Al mismo tiempo, el pregonado proyecto genoma humano, que tanta expectación levantó, tampoco ha cumplido sus promesas. Ahora la generación del baby boom está engordando el ápice de la pirámide poblacional, lo que va ejercer una presión sobre el sistema sanitario nada sostenible. D. Callahan, figura fundamental en el nacimiento y desarrollo de la bioética, o, decía ya octogenario que "en ancianos, la lucha contra la enfermedad recuerda a la guerra de trincheras de la Primera Guerra Mundial: poco progreso real en ganar territorio enemigo a un costo humano y económico desproporcionado". Aun así, el progreso es indiscutible: medicamentos, dispositivos y tecnologías, disminución de la discapacidad, control del dolor… Muchos de estos avances han tenido lugar en áreas -como las enfermedades cardiacas o el tratamiento del VIH- donde las expectativas de curación no son reales. En España gozamos de una esperanza de vida sin precedente, y para muchos vivir más tiempo, aun con dolencias, representa una promesa de felicidad.

Sin embargo, la medicina abierta al progreso tendrá que definir sus expectativas, y la sociedad deberá establecer sus prioridades a la luz de los conocimientos actuales, pues la prometeica tentación de desafiar la realidad de nuestra naturaleza somática puede convertirse, como toda utopía, en maquinaria de terror a fuer de su inclemente justicia. Necesitamos una retórica más realista, que ponga énfasis en los cuidados o en reducir la muerte precoz, esa que no ahorra el dolor y sí el goce. La muerte en la vejez no representa quizá la mayor infamia; la discapacidad, la inseguridad económica o la soledad son afrentas sin tasa en ella. Si los beneficios tecnológicos han contribuido al prestigio social de la medicina, el ciudadano ilustrado deberá estar persuadido contra las expectativas irreales y vindicar reformas que moderen los objetivos en investigación, que promocionen la prevención y la salud pública y que ponderen el coste de la sobreespecialización en favor de equipos de salud básica y de cuidados agudos, lo que redundaría en una cultura del cuidado con el apoyo de una Atención Primaria bien dotada. El sistema sanitario se enfrenta no sólo al envejecimiento de la población sino también a las altas expectativas de esta, e incluso la idea de progreso médico podría ser un motor que acabara condenando a la población senil a prolongar su fragilidad natural hasta convertir el prosaico acto de caminar en un peligro atroz. La sociedad deberá aclarar qué significa para ella algo tan general y abstracto como el sistema sanitario y forjar una mentalidad de compromiso respecto de los cuidados de la vejez y la muerte, y el conjunto de los profesionales de la salud, reconocer nuestras limitaciones y motivaciones y estar dispuestos a tomar decisiones prudentes que, más allá de la cacareada gestión, hagan anacrónica la monstruosa maquinaria que, como pollo sin cabeza, se obceca en cambiar la realidad de nuestra finita naturaleza.

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