Provincia

Rastreadores del pasado

  • Yacimientos arqueológicos como el de Carissa Aurelia, en Villamartín, sufren el expolio constante de sus valiosas piezas

Por el camino polvoriento avanza un BMW azul marino con cuatro jóvenes. Han planeado darse una vueltecita por el yacimiento arqueológico Carissa Aurelia de Villamartín que se asienta sobre una antigua ciudad romana. Por toda la zona operan rastreadores del pasado que buscan monedas, puntas de lanzas, cuchillos o vasijas para colocar en el mercado negro. Algunas monedas romanas que se encuentran por la orilla del lago de Bornos pueden alcanzar los 2.000 euros entre los coleccionistas. Así que hasta la Sierra de Cádiz se desplazan buscadores de tesoros armados con detectores de metales. No es el caso de estos chavales. Parados de la vecina localidad de Espera sin suerte para encontrar trabajo y con mala suerte para toparse de bruces con la Guardia Civil. Porque una patrulla del Seprona baja del monte por ese mismo camino polvoriento. El agente cruza el Land Rover blanco y verde en el camino. Se baja junto a su compañero. Y llega el protocolo de rigor. Documentación. Registro. Aparece una bolsita con cogollos de marihuana, unos litros de vino tinto y, sorpresa, restos de una vasija y una plancha de hierro. Los agentes del Seprona les abren un parte, una sanción administrativa que acarreará multa.

Es sólo un ejemplo de los numerosos intentos de expolio que sufren a diario los yacimientos arqueológicos gaditanos. Algunos, como el que visitamos junto a miembros del Seprona de Villamartín este viernes, llegaron a tener su centro de visitantes, su guardia jurado permanente, sus visitas guiadas. Eran tiempos de bonanza económica. Llovían subvenciones y las ideas no se quedaban en el limbo. Ahora ya no queda nada. Sólo ruinas. Construcciones abandonadas, carteles rotos y miseria. Yacimientos de gran valor, donde pueden verse desde mausoleos romanos hasta muros con sus sillares o baños públicos y que son asaltados a diario.

Los agentes Jesús Lázaro y Manuel Melero conocen estos rincones de la serranía gaditana como la palma de su mano. Y no escatiman esfuerzos para evitar que estos yacimientos arqueológicos sean profanados. De hecho, si tienen que apostarse en una loma, de madrugada, con visores nocturnos, a la espera de que aparezcan los rastreadores de antigüedades, pues lo hacen. "La pasada semana pillamos a dos que habían llegado desde la barriada de las 3.000 Viviendas de Sevilla. Traían un detector de metales y buscaban monedas y otros utensilios. Algunos cuentan que se han llegado a encontrar hasta espadas de la época romana, aunque nosotros sólo hemos llegado a ver cuchillos", dice uno de los agentes. La búsqueda de objetos de metal con detectores sólo está permitida en algunas playas y siempre después de haberse solicitado un permiso que obliga a entregar a la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía todas las antigüedades halladas. Sin embargo, para muchos es como una droga. "No lo hacen sólo por el dinero, lo hacen porque les gusta, por la adrenalina que sienten mientras escarban para hallar el objeto que les ha marcado el detector". Este tipo de aparato electrónico puede encontrarse en el mercado a partir de los 300 euros, aunque los hay hasta de 1.000. En la mayoría de ocasiones, cuando son arrestados, estos aficionados a la arqueología se declaran insolventes, así que las multas, que pueden ascender hasta los 100.000 euros, se quedan en papel mojado. "Hay algunos que han tenido la poca vergüenza de venir al cuartelillo a buscar el detector de metales y encima se ponen gallitos cuando les decimos que es material incautado".

Manuel Quirós, el cabo del Seprona de Villamartín -hay otro grupo en Ubrique- nos comenta que estos aparatos detectan metal a 30 o 40 centímetros de profundidad. De hecho, durante nuestro paseo por el yacimiento de Carissa Aurelia nos topamos con algunos agujeros realizados en el terreno con una pequeña soleta. "Siempre van provistos de herramientas para desenterrar los objetos que encuentran. Incluso de noche se colocan unos auriculares para que el pitido del detector los avise".

Las horas preferidas por estos usurpadores de tesoros enterrados es la hora del almuerzo o el atardecer.

Los miembros del Seprona destacan la riqueza cultural que se encuentra enterrada en la provincia de Cádiz, por donde han pasado muchas civilizaciones que han ido dejando sus huellas. En algunos casos, con tal de evitar que se paralice una obra, se destruyen hallazgos valiosos. "Se hace un daño terrible removiendo la tierra, se destroza el yacimiento arqueológico. Hay gente que encuentra tumbas con monedas de cobre o plata, pequeñas acrópolis, y hay que estar vigilantes para que no echen tierra encima y continúen la obra prevista sin dar aviso a Cultura".

De esta forma, por pura casualidad, se encontró en la zona un dolmen, un cementerio prehistórico, que ha sido restaurado por la Delegación de Cultura. "Lo halló un vecino de Villamartín y se ha podido abrir al público como un atractivo turística más del pueblo", comenta el cabo del Seprona.

Manolo y Jesús se encuentran también con ganaderos que no respetan los límites de los yacimientos. "Por ejemplo en este de Villamartín un cabrero metió un rebaño de cabras que acabó por dañarlo. Es más por ignorancia que por maldad, simplemente no le dan valor al yacimiento, quizá porque llevan viéndolo ahí toda la vida".

En otra ocasión, recuerda Manolo, un vecino del pueblo encontró un yacimiento arqueológico en sus tierras y comenzó a guardar en su casa un auténtico museo. En esta ocasión ni siquiera fue necesario que un juez ordenara un registro, ya que a requerimientos de la Guardia Civil el interesado entregó todo lo encontrado para que Cultura se hiciera cargo.

Es la fuerza de la costumbre. Uno puede pasear por el lago de Bornos pero debe saber que si en uno de sus bordes encuentra una moneda romana es delito quedársela, y que se enfrenta a una fuerte multa. Los jóvenes, como los que tuvieron la mala suerte de toparse con la patrulla, piensan que no hacen nada malo por pasear por un yacimiento arqueológico y llevarse una vasija rota o cualquier otro utensilio del ajuar de una familia romana. Pero es un delito contra el patrimonio histórico y te puede costar un disgusto.

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