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Violencia anticlerical en Grazalema y Setenil

  • La Biblioteca Nacional saca a la luz fotografías de los destrozos en las iglesias de dos pueblos de la Sierra de Cádiz en la primavera y el verano de 1936

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La noticia, muy breve, de tres párrafos, asoma en la página 5 (el periódico de ese día tiene seis) de la edición de la mañana de Diario de Cádiz, el 26 de abril de 1936. En Grazalema se han registrado tres sacudidas sísmicas con intervalos de cuatro horas. A las cinco y cuarenta de la mañana, precisa la información, se ha sentido un nuevo temblor de tierra que duró cinco segundos y que estuvo acompañado de fuertes ruidos. Las últimas líneas exploran una explicación al fenómeno: "Según autorizadas opiniones aquí recogidas, la frecuente repetición de estos seísmos hace suponer la existencia de algún volcán".

Los vecinos de Grazalema que vivieron atemorizados aquel episodio siempre han evocado otro que sucedió en esos días: el saqueo e incendio de las iglesias del pueblo. Pero sobre este acontecimiento no hay rastro en el periódico. Tampoco acerca de los destrozos en la iglesias de Setenil en esas mismas fechas. Ni sobre lo que ocurrió en Ubrique. En los meses de la República anteriores al golpe de Estado de julio del 36, la censura impidió a los lectores de entonces acceder a los pormenores de algunos hechos importantes. La niebla permaneció. Y se topa hoy con ella quien busca en aquella prensa noticias de primera hora sobre aquel brote de violencia anticlerical. Una violencia que poco después, en el verano de ese año, con el inicio de la Guerra Civil, estalló y dio lugar a una auténtica matanza de eclesiásticos.

En julio y en agosto de 1936 volvieron a arder las iglesias de Grazalema y Setenil. Los sublevados ocuparon luego esos dos pueblos de la Sierra de Cádiz. Y entonces fotografiaron los templos y tomaron nota de los destrozos. Algunas de esas imágenes forman parte de las miles de fotografías sobre la Guerra Civil que ha publicado en su web la Biblioteca Nacional.

"Vista de la hornacina de la fachada principal, en que había una Anunciación en mármol y que fue completamente rota a tiros y pedradas", se lee al dorso de una de las fotos. Pertenece a la iglesia de la Encarnación, la iglesia parroquial de Grazalema. Allí también fueron asaltadas, saqueadas e incendiadas las iglesias de San Juan, San José y Nuestra Señora de la Aurora; y las ermitas del Calvario y de los Ángeles.

Los incendios de abril del 36 en Grazalema fueron una extensión de lo sucedido en Ubrique, según relata el historiador Fernando Romero. Los capuchinos se resistían a retirar los símbolos religiosos de la fachada del convento, algo que había ordenado el Ayuntamiento ubriqueño. La CNT, la UGT y la Sociedad de Obreros de Curtir Pieles expresaron su deseo de que los frailes abandonasen la localidad para evitar que su presencia pudiese "originar disturbios de orden público". El día 18, los capuchinos fueron detenidos tras unos disparos que habían sonado la noche anterior en el convento. La multitud saqueó entonces el edificio y dos días después, la parroquia y la ermita de San Antonio. La violencia se extendió a otros pueblos de la comarca: Villaluenga, Benaocaz, El Gastor... El historiador Jesús Román cuenta que en Grazalema, el alcalde, Andrés Peña, de Izquierda Republicana, se plantó ante una iglesia con los brazos abiertos para tratar de impedir que la muchedumbre la asaltase.

En el blog ImaginaSetenil, Pedro Andrades explica que en ese abril de 1936, la ocupación obrera de una finca en Setenil desembocó en un asalto a los templos de esa localidad: a la iglesia parroquial a las ermitas del Carmen, San Benito y San Sebastián, donde las súplicas de la familia de la santera frenaron a los asaltantes. Los testigos relataron cómo las imágenes fueron quemadas en piras y arrojadas al río. La violencia anticlerical segó más adelante, en agosto, iniciada la guerra, la vida del párroco de Setenil, Luis Tovar Hita, asesinado junto con otros vecinos y cinco guardias civiles. Ese mismo mes fue asesinado en Grazalema Juan Ruiz Candil, arcipreste y canónigo de la Colegial de Jerez.

El historiador Julián Casanova sostiene que el anticlericalismo violento que estalló con la sublevación del 36 no aportó ningún beneficio a la causa republicana: el incendio de iglesias y los asesinatos de sacerdotes fueron narrados y difundidos con todo lujo de detalles y se alzaron como el símbolo por excelencia del terror rojo. "La Guerra Civil española adquirió así una dimensión religiosa que condenó al anticlericalismo a pasar a la historia como una ideología y práctica negativas y no como un importante fenómeno de la historia cultural, con su visión particular de la verdad, de la sociedad y de la libertad humanas".

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