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El ecologista sin papeles

  • Una jornada con un mariscador sin licencia por las salinas abandonadas de San Fernando El paisaje está lleno de riqueza y de lugares por explotar

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El día en que Pepe tuvo que volverse a San Fernando desde Barcelona, donde trabajaba en la construcción, porque su "vieja" se había puesto mala, quizá marcó para siempre su destino actual como mariscador sin papeles. De aquello hace muchos años, unos cuarenta, cuando tenía poco más de veinte. Para él, aquellos 18 meses de albañil en la capital catalana fueron, si no los mejores de su vida, "una época maravillosa". "Fíjate -cuenta- que yo ganaba seis mil pesetas, cuando aquí, trabajando de lo mismo, sacaba unas quinientas ¡qué días más buenos, con veinte años y con dinerito! Yo vivía en Santa Coloma, pero cogía el 103 y en seguida estaba en las Ramblas y... lo pasé muy bien, la verdad".

Ahora, a sus 63 y fuera del mercado de trabajo de la construcción desde hace demasiado tiempo, Pepe se dedica a mariscar por las marismas de la Bahía, sobre todo por las que rodean su Isla natal. Es un trabajo a la aventura en el que, en cierta forma, se ha conseguido organizar. "Yo trabajo por encargo -cuenta-. Los bares y los restaurantes me dicen 'Pepe, que me hacen falta no sé cuántas docenas de ostiones, o tantos kilos de camarones', y yo los cojo porque sé dónde buscar. Tal vez esta incertidumbre de horario laboral es la que le permite afirmar varias veces, mientras buscamos pozas y caños donde poder coger algo: "Yo tengo todo el tiempo del mundo".

El objetivo de Pepe al dejar que los periodistas le acompañen en su caza de sustento en un día de levante rabioso no es enseñar cómo trabaja, sino mostrar el abandono de las salinas y reclamar que este territorio singular produzca todo lo que puede dar. Mientras carga una espuerta de goma negra donde lleva un gastado traje de hombre rana, un pincho y diferentes artes improvisadas por muros, esteros, caños, piezas, canalizos y pozas va señalando su indignación por el abandono de este territorio rico y fecundo. "Si todo esto lo trabajaran habría faena para un montón de criaturas -reivindica-. Lo que no puede ser es que estén todas las salinas partías, las compuertas rotas... así los caños se ciegan y no puede ser. Aquí hay un montón de riqueza, pero hay que trabajarlo, claro". Recita una larga lista de nombres de santos que en realidad denominan a antiguas explotaciones salineras, hoy yermas: "Allí está la San Felipe, aquella era La Sagrada, más pallá Santa Emilia, ahí enfrente, en esa isleta estaba la del Vicario, que iban los barcos a recoger la sal... ahora está to abandonao", lamenta. Mientras, en el interior de una ruinosa y pétrea casa salinera se enfunda el traje de neopreno azul, en una ceremonia que el fotógrafole pide que repita porque le evoca claramente la del torero vistiéndose en su casa antes de ir a la plaza.

"Yo siempre he trabajado en la construcción -se biografía durante su minuciosa maniobra de vestuario - hasta que ya eso se acabó, tú sabes, y como se hacían antes las cosas, que no te aseguraban en ningún lado. Esos tiempos enlos que el encargado te decía: si viene alguien y pregunta, si hay algún problema, tú di que es tu primer día de trabajo". Total que, Pepe, muy cercano a la edad de jubilación, tiene poco más de una decena de años cotizados. "Esas cosas de chaval no las mirabas", se justifica, a la par que cuenta que ha echado varias veces los papeles para trabajos ofertados en los planes de empleo que abundan tanto como escasea el trabajo en esta zona: "Pero siempre me he quedado en puertas, como para las casas protegidas".

Por todo eso y por lo que sea, ahora su vida depende del marisqueo. "Pero no me va mal, saco unos días un jornal más grande que otro. Lo que más cojo son ostiones y camarones. Ahora salgo dependiendo de los encargos, pero ya en verano casi todos los días, porque la gente pide muchos camarones, para las tortillas, yo cojo kilos y kilos", recuenta, y recuerda cómo ha habido días en que ha tenido que almacenar montones en la azotea de su escueta casa de alquiler: "Yo los dejo encima de los diarios, para que se mantengan húmedos, y con un trapito así por encima como un toldo, y aguantan un montón de horas vivos".

Una vez pertrechado con su vestimenta de trabajo, se anima junto al ancho caño Zurraque, en bajamar: "Vamos a echarnos a esta poza a ver si hay unos cangrejitos", se adentra casi a gatas en el charco de agua gris, que se va volviendo negra a su paso. Palpa el fondo, rebusca como un explorador de profundidades en el fango, y así van saliendo en sus manos cangrejos de diferentes tamaños, algunos enganchados dolorosamente a sus dedos. Cuando esto pasa, "hay que esperar a que aflojen las bocas y entonces tirar rápidamente", explica. También enseña camarones, y algunas veces caza lenguados a la zambullá, de esa especie tan sabrosa que se cría en estos esteros: "Están pegados en el fango, tú los vas buscando y cuando los tocas les buscas así los ojitos, la boca y con los dedos tiras desde abajo... ¡y no están buenos!".

Parece que esto era sólo una demostración para nosotros, porque Pepe va lanzando a la orilla los ejemplares más grandes y devuelve al agua a los chicos. A continuación, cruza bajo una compuerta hacia otro caño y se lava el fango que ha ennegrecido su traje. "Vamos -dice- a ver si cogemos unos ostiones por aquel lado. Hay que dar una vuelta, pero cruzando por este canalizo, llegamos en seguida. Si queréis, yo os cojo en borricate".

-¡Hombre, no, cómo vamos a cruzar en tu espalda, ni que fuéramos marqueses!

-¿Que no? ¿qué pasa, que no os fiáis? ¡que yo tengo un montón de fuerza, eh, que no os mojáis!

Por supuesto el trío dio el rodeo. En la misma vieja casa salinera un par de jóvenes de 20 años, Antonio y José, repetía el ritual de vestirse para mariscar. Antonio el más hablador, terminó la ESO y desde entonces no ha encontrado faena. Y ya lleva dos años en esto del marisqueo sin papeles. "¿Futuro? Ninguno", dice cabizbajo. "De momento vengo a coger coquinas, y es difícil venderlas. Me las compra la familia, algunos vecinos... por eso cada vez vengo menos". ¿Hay muchos jóvenes como tú en esto del marisqueo? "Unos cuantos", se despide cuando sale a buscar sus coquinas: "Hoy he venido tarde, me he quedado dormido".

Pepe aprovecha para intervenir de nuevo: "¿Lo ves? si es que la Isla no tiene ná, la Isla está muerta. Podía la Junta invertir en arreglar todo esto y dar trabajo a los jóvenes, que está todo cegao, las compuertas las arreglamos nosotros mismos. Yo me acuerdo de todas estas salinas funcionando, mi padre trabajaba en una. Y encima, a los chavales vienen los del Seprona y hasta los municipales y les tiran el marisco, por Dios, hombre ¿hay derecho a eso con el trabajo que cuesta cogerlo?". Dice que él ha tenido suerte, que aunque se ha encontrado con la Guardia Civil ("no son mala gente, ellos cumplen órdenes") la mayoría se ha limitado a advertirle que en un parque natural no se puede mariscar. El "¿y qué quiere usted que haga?" le ha funcionado casi siempre. Él vería normal que estuviera prohibido si todo el mundo estuviera colocado, "pero si no hay trabajo por lo menos que nos dejen mariscar".

Al poco, Pepe vuelve a demostrarnos que sabe lo que se hace. Llegamos al recodo de un río salinero que recibe una auténtica cascada de agua por la compuerta del estero. Entonces coge su espuerta negra, se la ata en el cuello y va dejando pisadas en el fango hasta adentrarse de nuevo en el agua. De espaldas a la fuerte corriente de la marea, la capacha flota mientras él gatea y tantea de nuevo. Y a cada paso recoge ostiones del fondo. Desecha la mayoría. "Es que son tromperitos", demasiado pequeños o sin culo, que no tienen huevo, y no sirven para freír. En unos diez minutos y 50 metros ha cogido dos docenas. "¿Has visto lo que hay aquí? ¿no es un crimen que esto se pierda, que no se aproveche? ¿estoy yo haciendo algo malo?".

De vuelta va señalando "mira allí hay unos zancudos, y a lo mejor descubrimos algún nido de gallagolito, ahora están criando. A mí me encantan los animales, tengo perro, le doy de comer a los gorriones, que no vea cómo se pone la ventana. Una vez tuve un cuervo que era pa verlo lo listo que era, yo le decía 'búscame dinero' y era capaz de abrirte la cartera... pero esto no se puede quedar pa los pájaros na más, hombre, siempre ha habido pájaros, pero tiene que haber para todos, esto hay que trabajarlo...". Él no lo dice, pero se ve que Pepe es un ecologista.

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