Rioja y Oro

El alegato por las canas de Carolina de Mónaco

  • El pelo blanco se convirtió en un arma de seducción en los 90 con actores como Richard Gere

  • Otros famosos, como Ortega Cano, Camilo Sesto o Julio Iglesias han recurrido al tinte para ocultar las nieves del tiempo

Carolina de Mónaco exhibió sus canas en el día del principado. Carolina de Mónaco exhibió sus canas en el día del principado.

Carolina de Mónaco exhibió sus canas en el día del principado. / D. S.

Cuando las nieves del tiempo platean las sienes -que cantaba Carlos Gardel- hay dos opciones en la vida. Una duda existencial que aparece irremediablemente cuando se dobla la esquina de los 40 y nuestro vello se empieza a tornar blanquecino. Siempre contando, claro está, que nuestra superficie cenital no comience a sufrir una severa despoblación (como la España vacía a la que tantos han regresado en estos tiempos de obligado teletrabajo). ¿Canas o tinte? Y ésa es la cuestión, que diría Hamlet en la obra del más famoso escritor inglés. 

Carolina de Mónaco ha tenido clara la respuesta a esta pregunta que a todos nos acecha en un momento dado. La hermana de Alberto (de sienes despobladas), a sus 64 años (muy bien llevados, por cierto), ha rehusado del tinte y ha apostado por una naturalidad bien entendida. Sus canas pudieron verse el pasado 19 de noviembre -según informó la revista Diez Minutos- en el acto oficial con el que se celebró el día nacional del principado. 

Con un austero traje negro de Chanel, ribeteado en blanco, y con la preceptiva mascarilla, la princesa monaguesca exhibió una melena donde se apreciaban esos cabellos que la edad ha ido cubriendo de blanco. Lo que en otros "ejemplos" ha sido motivo de descuido, en Carolina supone todo lo contrario: una exquisita muestra de madurez bien llevada, totalmente compatible con la elegancia de la que suele hacer gala

Un claro alegato por las canas ejercido desde una de las monarquías que siempre ha sido sinónimo de lujo, fama y glamour. Un mensaje de fraternidad y enaltecimiento a los que -como éste que os escribe- la nieve del tiempo plateó sus sienes desde los 30 años. La cana, como la curva barroca, es bella y nos reconcilia con esa elegancia perdida bajo los efectos visualmente nocivos de quienes apostaron por el tinte para enmascarar años y provocar, sin pretenderlo, risas ajenas. Especialmente en los hombres.

José Ortega Cano cayó rendido a los efectos del tinte. José Ortega Cano cayó rendido a los efectos del tinte.

José Ortega Cano cayó rendido a los efectos del tinte. / D. S.

El tinte es cantoso, es decir, que da el cante, como lo dio en su día José Ortega Cano (no sean mal pensados, que no me refiero a lo que están imaginando) cuando al salir de la cárcel abusó, hasta límites insospechados, de este producto coloreante. También Camilo Sesto fue aficionado a pintar sus canas en exceso. ¿Lo recuerdan? La melena cardada de aquel Jesucristo Superstar constituyó un icono para quienes se resistían a admitir el paso de los años.

Siguiendo con el cante, ahí están los ejemplos de Paul McCartney, Mick Jagger, Julio Iglesias y el mismísimo Raphael, que, por cierto, ha estrenado en su último disco un delicioso dueto -Me olvidé de vivir- con el onubense Manuel Carrasco. Esperemos que, con cana o tinte, la pandemia no nos prive, al menos, del cantante de Linares en Navidad, que viene a ser en lo musical, como el turrón en esas fechas. Esencial.

Hasta los políticos cayeron rendidos a los efectos del tinte. Mariano Rajoy lo usó durante cierto tiempo en un imposible binomio cromático (definición cursi donde las haya): pelo oscuro y barba blanca. Algún asesor no anduvo muy fino en aquella época. La Pantoja puso como condición en sus días de supervivencia en islas caribeñas el poder teñir sus canas una vez a la semana. Había tanto que esconder...

Mariano Rajoy y su binomio cromático: pelo negro y barba blanca. Mariano Rajoy y su binomio cromático: pelo negro y barba blanca.

Mariano Rajoy y su binomio cromático: pelo negro y barba blanca. / D. S.

Frente a esta desmesura, como escribió Jaime Gil de Biedma, "la verdad desagradable asoma". Y las canas con ella. Llegado ese momento, nada mejor (con la humilde opinión de quien esto escribe) de aceptar la victoria del tiempo con la elegancia propia de la edad, que también tiene su interés. Que se lo pregunten a Richard Gere, quien enalteció el pelo blanco hasta convertirlo en arma de seducción masiva allá por los 90.

A la mismísima Isabel II, que ha celebrado estos días los 73 años de matrimonio con el duque de Edimburgo. O en el recuerdo siempre, la añorada duquesa de Alba (el 20 de noviembre se cumplieron seis años de su muerte) cuando abandonó el tinte cobrizo de su pelo, símbolo, por otro lado, de una época. Al funeral por su alma acudió su hijo Cayetano, quien afirmó haber hecho las paces con el sucesor en el título nobiliario. 

Ahondando en cuestiones estéticas, no debemos dejar a un lado los comentarios surgidos a raíz de la aparición en un concurso televisivo de la que fuera en su día musa del PP, Norma Duval. El rostro de la vedette presentaba un ligero hinchazón que no pasó inadvertido para los espectadores. Algunos medios han asegurado -como si la vida le fuera en ello- que la razón de este cambio no es otra que la última intervención a la que se ha sometido la protagonista del zapatazo más sonoro y sonado en la historia de la radio española (del que, por cierto, se cumplieron en octubre 27 años).

El rostro hinchado de Norma Duval en su última aparición televisiva. El rostro hinchado de Norma Duval en su última aparición televisiva.

El rostro hinchado de Norma Duval en su última aparición televisiva. / D. S.

Siguiendo esta teoría, un lifting líquido es el responsable de dicha inflamación, extremo desmentido por la famosa en su cuenta de Instagram, en la que explica que todo se debe al calor (y sus correspondientes sudores) que soportó baja la máscara que llevaba en el programa. Ya podemos dormir tranquilos. Un enigma menos para la humanidad. Aunque aún queda otro por explicar, el de las cejas superpobladas de Fernando Simón. Un bosque frondoso y agreste. Misterio (con canas) sin resolver. 

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