Sevilla | athletic · la crónica

Este Sevilla tortura a sus adversarios

  • Los sevillistas pasaron por encima del Athletic y confirmaron su gran momento de forma · Los hombres de Caparrós lo intentaron, pero, como otros equipos, tuvieron que dar su brazo a torcer ante una verdadera apisonadora

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Un Sevilla de récord. No es una casualidad que este equipo que adiestra Manolo Jiménez rompiera ayer una marca emblemática en la historia del club, su solidez le permite avasallar poquito a poquito a los rivales. Prácticamente los tortura, los va golpeando con suavidad, echándole una gota detrás de otra, sin necesidad de buscar el k.o. con prontitud, le basta con poner la apisonadora a funcionar, ya llegará el momento en que el adversario dé el brazo a torcer en señal de rendición y pida incluso clemencia. En la calurosa tarde dominguera, le tocó el turno al Athletic Club del amigo Joaquín Caparrós, que llegó cargado de buenas intenciones y se marchó con la cruel sensación de haber percutido una y otra vez contra una roca durísima antes de que ésta le cayera literalmente encima con todo su poder.

La imagen tal vez sea desagradable, pero es lo más parecido a lo que transmite el Sevilla en la actualidad. El equipo de Manolo Jiménez, tremendamente rico en recursos, ha optado por la apuesta menos arriesgada. Está construido de atrás hacia adelante, aunque arriba es donde desequilibra por su tremenda calidad. El pilar básico, sin embargo, está en un sistema defensivo cada vez más sincronizado y que apenas permite a los contrarios acercamientos hasta Palop. Squillaci y Escudé forman un todo, es un dúo impecable que igual acude al corte con tremenda velocidad para arrojarse a los pies de un delantero para interceptar el disparo de éste que desahoga hacia Palop para que el fútbol nazca en el guardameta o saca la pelota con una limpieza tremenda, sobre todo por el flanco izquierdo. Son los últimos guardianes, pero también cuentan con la inestimable colaboración de Fernando Navarro y, por fin, de Konko. Ellos, de cualquier forma, se encargan del trabajo final, pues la tarea arranca en Kanoute y Renato, pasa por Maresca y Romaric, cuenta incluso con la ayuda de Jesús Navas y sólo Diego Capel parece un poco más al margen para que se ocupe de otras tareas de más lucimiento.

Éste es el soporte principal de un edificio que se acerca cada vez más a una construcción casi perfecta. Pero conviene precisar una cosa con prontitud. Sería tremendamente injusto quedarse con la tarea más oscura para dejar de valorar lo mucho que crea también este Sevilla en ataque. Jiménez ha dado con la tecla, pero ésta proviene del equilibrio, no de dotar a los suyos de más defensa que ataque. En absoluto es así, porque los blancos contabilizaron cuatro goles en el acta arbitral de Rodríguez Santiago y, además, gozaron de oportunidades claras de gol para marcar al menos media docena de tantos más.

Está claro que no se pueden rondar las diez ocasiones de gol con cierta frecuencia si no se apuesta por un fútbol alegre, por futbolistas creativos. El Sevilla lo fue ayer a pesar de partir con Renato como segundo delantero en la tarea de acompañar a Kanoute. El equilibrio llegaba por los extremos, claramente delanteros ambos, y también por una pareja de medios centro que se destaca por el exquisito manejo de la pelota. Romaric, esta vez como pivote defensivo en ausencia de Duscher y Fazio, aparentó, como siempre, lentitud, pesadez, pero distribuyó con maestría la mayoría de las veces hasta el punto de hacer sufrir mucho al rival. Maresca se metió donde mejor se mueve, entre líneas, y de no ser por cierto punto de egoísmo ante el gol pudo salir bajo palio.

En definitiva, todos los elementos suman y apenas ninguno resta para que el Sevilla sea poderoso. El cuadro blanco ni siquiera necesitó refrescar en exceso el equipo a pesar de haber jugado el jueves en Austria. Sólo entraron Konko, Maresca y Diego Capel en el equipo titular. En teoría, el Athletic debía estar más fresco, pero la posesión de la pelota y la seguridad de los locales castigaron tremendamente a los vascos. A partir de todo eso, Jesús Navas fue quien se encargó esta vez del resto. Primero robó un balón a Balenziaga para regalarle el gol a Kanoute, después templó una contra para darle tiempo a Renato a llegar a un cabezazo franco.

Dos a cero, ambos goles de los delanteros y el edificio sin ninguna grieta atrás. El Athletic, incrédulo, casi se preguntaría cómo le habían hecho tanto daño. Lo dicho, el Sevilla aniquila a sus adversarios y lo hace de una manera suave, sin necesidad de liquidarlos con prontitud, casi como lo que se dicta en los manuales de la tortura. Este Sevilla, de seguir así de ordenado y fiable, tiene el techo muy alto, altísimo.

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