Sevilla FC

Vender para crecer (y crecer)

  • Monchi se va, pero deja como gran legado un modelo de gestión deportiva referencial y que disparó al club a nivel internacional

Monchi, con el gesto grave en la puerta de acceso a la sala de prensa del Ramón Sánchez-Pizjuán, ayer. Monchi, con el gesto grave en la puerta de acceso a la sala de prensa del Ramón Sánchez-Pizjuán, ayer.

Monchi, con el gesto grave en la puerta de acceso a la sala de prensa del Ramón Sánchez-Pizjuán, ayer. / juan carlos vázquez

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Monchi se va del Sevilla. Nada es eterno, aunque él ha parecido convencerse de lo contrario. Ha llegado a sentir su vínculo con el club de sus amores, que iba para las tres décadas, como una atadura con visos de eterna. Ya amagó hace un año y da el paso. Pero deja un legado. La personalidad del Sevilla contemporáneo tiene su trazo. Si su mano tembló a veces con un guante enfundado, apenas lo hizo para estrechar la mano de jugadores, directivos e intermediarios para fichar jugadores.

Diecisiete años después de empezar a hacerlo por no poder decirle que no a Roberto Alés -en un club que regateaba a los acreedores mejor que Messi a sus marcadores-, Monchi deja un modelo con un trazo muy definido. Y admirado. "Vender para crecer" queda grabado como un lema de cabecera. Es el "In God we trust" del sevillismo. Como suele ocurrir tantas veces en la historia, fue la necesidad la que obró el invento. En los primeros veranos había que ingresar dinero para subsistir. El Sevilla estaba como Kate Winslet y Leonardo di Caprio al final de Titanic. Cuando los números rojos se tacharon del libro de cuentas, había que vender para crecer. Y la tabla que flotaba en el mar, con los sucesivos traspasos, se transformó en una barca, luego en un modesto barco y hoy el Sevilla viaja en una resultona fragata que sólo cede el paso a los grandes yates europeos.

Ese estatus que hoy disfruta el Sevilla, su prestigio europeo, se fraguó bajo esa política innegociable. Para llorar de alegría en Eindhoven, Mónaco, Madrid, Glasgow, de nuevo Madrid, Barcelona, Turín, Varsovia y Basilea, antes hubo que llorar de rabia.

El bosquejo

Y bajo un crujir de llantos nació todo. El Sevilla acababa de consumar su último descenso ante el Oviedo, a finales de la Liga 1999-2000. Y Alés estuvo sembrado en dos decisiones: la primera, saber vender la cruda realidad al sevillismo; la segunda, fiarse a Monchi para configurar, sin dinero, una plantilla para pelear en Segunda.

"Pepito Alfaro, Manolito Ruiz Sosa -que en paz descansen- y yo nos volvíamos locos los fines de semana para ver a César, Loren, Taira, Diego Ribera...", recordaba Monchi en una entrevista a Diario de Sevilla en 2009". Buscaron jugadores que quedaran libres o con coste mínimo: Diego Ribera, 50 millones de pesetas (300.000 euros), Loren y Taira, 5 millones (30.000 euros), Puli 6 (36.000 euros)... Desde la distancia de los años, todo se ve más claro.

Mientras, Tsartas se fue al AEK por 700 millones de pesetas, Juan Carlos al Atlético por 600, Marchena por 1.000 al Benfica y Jesuli al Celta por 950. Las forzadas marchas de Marchena y Jesuli, dos firmes valores de la feraz cantera sevillista, no fueron más que el amargo prólogo de ese "Vender para crecer" cuyo primer gran capítulo se escribió con el Sevilla consolidado ya en Primera... y a punto de meterse en unas semifinales de Copa. Hablamos de enero de 2004.

El cambio de mensaje

Casi dos años después, en mayo de 2002, José María del Nido había relevado en la presidencia a Alés. "Roberto dio lo que podía y hacía falta un cambio de mensaje. No podías estar todo el tiempo diciéndole a la gente que hay problemas económicos, eso cansa. José María es ambicioso y su mensaje caló". El abogado se sacó de la manga el mensaje del "salto de calidad" en verano de 2003. Quizás por ello, el sevillismo no encajó que, días después de ser el héroe en el 4-0 al Atlético en la ida de unos cuartos de Copa, Reyes se despidiera entre lágrimas. Algunos llegaron a aporrear la puerta de la sala de prensa del Sánchez-Pizjuán mientras Del Nido trataba de justificar la venta junto a la perla utrerana.

También la llegada de Del Nido -"alguien que quería saber y conocerlo todo, estar conectado al móvil las 24 horas", desveló Monchi- empezó a saturar la agenda del gaditano. Antes de asumir la dirección de la secretaría técnica, estuvo un año puente como delegado del equipo. Y ya ahí se multiplicaron sus labores de intendencia. "Me sirvieron mucho los diez años de futbolista. Pero esa temporada de delegado aprendí muchísimo", confesó luego. Y esa asunción de cometidos en la trastienda siempre lo ha perseguido. Monchi no ha sido jamás un director técnico al uso, su ascendencia ha ido mucho más allá en el día a día del club. Y eso lo ha desgastado una barbaridad. En Roma, o donde quiera que vaya, no va a pechar con ese lastre. Y eso también ha contado.

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Y el salto llegó

Con Del Nido al mando, el "Vender para crecer" tuvo un segundo capítulo también muy espinoso... en su momento: fue harto impopular que a cambio de Julio Baptista -50 goles en su dos temporadas- llegara con 28 años Kanoute, cuyas cifras goleadoras en el Tottenham eran modestas.

Ese verano del 2005, Monchi culminó su obra maestra. Y de nuevo bajo una situación extrema, como el año de su opera prima con Alés en Segunda: Caparrós se iba y el sevillismo soportaba como podía al vecino campeón de Copa y en Champions.

Juande Ramos tomó el relevo en el banquillo. Lo que vino después es archisabido. El Sevilla ingresó 20 millones de euros por el traspaso de Julio Baptista y 27 por el pago de la cláusula de Sergio Ramos. 47 millones en total, por los 23 de desembolso en Luis Fabiano (10), Kanoute (6,5), Maresca (2,5), Dragutinovic (2,1) y Escudé (1,9). Palop llegó libre -esa sola gestión es para alfombrar la salida de Monchi- y Saviola, cedido del Barcelona.

La música empezó a sonar algo desafinada, pero acabó la temporada con una sinfonía que elevó al sevillismo al mismo nirvana en Eindhoven, Puerta mediante.

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Ni por subir de estatus

Ni siquiera la conquista de cinco títulos en quince meses, desde mayo de 2006 a agosto de 2007, hizo al Sevilla pecar de manirroto. El camino estaba trazado y el siguiente en la lista de mayúsculos traspasos fue Daniel Alves, en 2008. La cifra superaba en su día los 35 millones, pero los pluses por objetivos fueron engordando la suma. Esos pluses soterrados, que cada verano han hecho clic en la caja del Sevilla, dispersan la cuantía de las ganancias que han reportado las gestiones de la secretaría con Monchi al mando.

Último giro de tuerca: se van Negredo (25 millones) y Jesús Navas (20) y llega la tercera Liga Europa en 2014; se van Rakitic (18) o Alberto Moreno (18) y aterriza la cuarta; se va Bacca (30) y cae la quinta. Ahora el que se va es Monchi. Queda su legado. "Vender para crecer". Y crecer.

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