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Cien años de la muerte de Joselito

Torero innovador y largo

  • La obsesión de Gallito traspasaba la plaza, pretendía mejorar el toro y transformar la Fiesta de arriba abajo

Joselito el Gallo hace el paseíllo la tarde de su debut en la plaza de toros de Valencia. Joselito el Gallo hace el paseíllo la tarde de su debut en la plaza de toros de Valencia.

Joselito el Gallo hace el paseíllo la tarde de su debut en la plaza de toros de Valencia.

En este mes de mayo, sin toros por las plazas de España, se cumplen cien años de la muerte en la plaza de Talavera de Joselito el Gallo, el matador de toros que junto con Manolete ha determinado y forjado la fiesta de los toros tal y como hoy la conocemos. Joselito fue hijo y hermano de toreros. Desde niño observó y escuchó a su padre y otros toreros coetáneos en la huerta familiar de Gelves, así como acompañó a su hermano a los tentaderos que se celebraban en el campo bravo sevillano. Así, por tradición oral y vivencias de la infancia más temprana, debió aprehender toda la tauromaquia de su época.

Torero largo y poderoso, dominaba todas las suertes. Variado con el capote, realizaba todos los quites imaginables aprendidos tanto de su padre como de la inagotable imaginación de su hermano Rafael. Está considerado uno de los mejores rehileteros de la historia en una época en que era una de las suertes más importantes de la lidia. A su asombroso conocimiento de los terrenos y querencias del toro, unía un aplomo y elegancia en la preparación y ejecución de la suerte que, a los aficionados más veteranos les recordaba a Antonio Fuentes y por su elegancia, a Lagartijo. Inigualable con la muleta, destacaba no sólo en el toreo contrario o de adorno sino también en el toreo fundamental.

Consciente de la importancia creciente de la faena de muleta, intenta dotar al pase natural de la hondura y ligazón que hasta entonces no tenía. La muleta, tal y como él lo concebía, ya no debía servir únicamente para expulsar al toro hacia fuera en el obligado embroque con el matador, sino que debía servir como instrumento de hondura y ligazón. Como exponía el crítico Gregorio Corrochano, la quietud y la distancia en el centro de la suerte revelan que el toro va muy bien toreado, a su temple, muy embarcado en la muleta, que el que manda es el torero.Como todos los Gallo, maestro en los adornos y remates, que entendía como muestra de dominio y sumisión, gustaba de coger el pitón, acariciar la testuz, arrodillarse en la cara o, como hizo al toro Cantinero en Sevilla (primero al que se cortó una oreja en esta plaza) coger del ruedo un sombrero de un aficionado colgarlo del pitón para después volverlo a coger y, como si nada hubiese ocurrido, ir tranquilamente al callejón a devolvérselo a su dueño. Eficaz con la espada, los aficionados le criticaban que se perfilaba al hilo del pitón y con el estoque a la altura de la barbilla a lo que él, herido en su amor propio, contestaba exhibiendo una foto de Frascuelo, el gran matador, perfilado y cuadrado de idéntica manera. Así despachó en la corrida de la Prensa de Madrid del año 15, como único matador, los seis toros de Martínez. Su toreo fue, en definitiva, la cúspide de la tauromaquia decimonónica y nadie, como dijo El Guerra, lo podría hacer mejor y a la vez, junto con Belmonte, sentó los cimientos sobre los que después Chicuelo y Manolete construirían la tauromaquia contemporánea.

El toro decimonónico se rompía en varas pero, en general, llegaba agotado a la muleta, parado y a la defensiva. Joselito, como ya intuyera antes Guerrita, se da cuenta de que ese toro ya no sirve para la nueva faena que se avecina. Profundo conocedor del campo bravo, apostó de forma decidida por los toros del encaste Vistahermosa en todas sus derivaciones, y animaba a los ganaderos a que apostasen por este encaste. Incluso los convencía para comprar cuando alguna ganadería se ponía a tiro. Él mismo se encargaba posteriormente de orientar la ganadería y dirigir las tientas. No por eso, pese a las críticas cada vez más feroces, rehuyó enfrentarse a ganaderías clásicas de otros orígenes, como Pablo-Romero o Miura, ganaderos con los que mantenía estrechas relaciones afectivas, alcanzando ante ellas algunos de sus más importantes triunfos y a las que no dudó en enfrentarse en solitario.

El afán transformador de José no se limitaba al ámbito ganadero, quería mandar y transformar la fiesta en su totalidad. Profesionalizó la gestión taurina a través del apoderado en la persona de su hombre de confianza, Manuel Pineda, e impulsó la construcción de plazas monumentales intentando aumentar el aforo y, de esa manera, abaratar y popularizar el espectáculo taurino (la desaparecida de Sevilla es el mejor ejemplo).

Gallito es el torero por excelencia: nació para ser torero, vivió en torero y murió en las astas de un toro. No podía ser de otro modo en aquel del que don Eduardo Miura, el "Patillas", exclamaba por su precoz conocimiento que parecía que lo había parido una vaca. Si Belmonte, su alter ego taurino y vital, se prodigaba más allá de los ambientes taurinos y se rodeaba de intelectuales o artistas, José por el contrario centraba su vida en el toro. La temporada centrada en las corridas y el invierno encerrado en el campo tentando, acosando y hablando de toros. Su temprana muerte con 25 años un 16 de Mayo de hace cien en Talavera de la Reina, nos privó de ver hasta qué cotas podría haber llegado o, incluso, como sostienen algunos, si ya para entonces había alcanzado la cima y su retirada estaba próxima. Sea lo que fuere, Bailaor truncó su carrera y su vida y cambió para siempre la historia de la tauromaquia.

Su muerte causó una grave conmoción en toda España. Su cuerpo fue trasladado de Talavera a Madrid, donde fue velado en su piso de la calle Arrieta, asistiendo al mismo entre otras autoridades el mismísimo presidente Dato, y el pueblo lo acompañó en pública manifestación de duelo hasta la estación del Mediodía. En su traslado a Sevilla el tren paró en todas las localidades del trayecto donde el féretro recibió el homenaje público de las autoridades de cada localidad. Al llegar a la estación de Plaza de Armas, el cortejo fúnebre fue presidido por los matadores sevillanos Algabeño y Bombita, con las autoridades y el gentío. Después de pasar por la Alameda de su juventud llena de crespones negros, la comitiva se paró en la plaza de San Gil donde la Hermandad de la Macarena, de la que fue benefactor y gran devoto, se constituyó corporativamente en la puerta con la Virgen de la Esperanza vestida por primera y única vez de luto. Y así hasta el cementerio, donde fue enterrado en un sitio preferente sobre el que posteriormente por encargo de su cuñado Ignacio Sánchez-Mejías, compañero en Talavera, se construiría el impresionante mausoleo de Benlliure.

Desde entonces, todos los 16 de mayo, en todas las plazas de España, antes del inicio del festejo, se guarda un minuto de silencio en su recuerdo. Así lo hago yo también, esté o no en la plaza, y elevo una oración a la Virgen por José, su más humilde devoto y a la vez Rey de los Toreros, y recuerdo aquella poesía que decía: Ven pasajero, dobla la rodilla/ que en la Semana Santa de Sevilla/ porque ha muerto José, este año estrena/ lágrimas de verdad la Macarena.

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