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Arte

Variaciones sobre temas taurinos

Convertida ya casi en tradicional, la Caja China inauguró, coincidiendo con el inicio de la temporada taurina, la muestra que reúne trabajos de pintores y fotógrafos relacionados con la fiesta. De la abundante obra expuesta destacan sobre todo los dibujos: los dos de Ricardo Cadenas, pequeños retratos de Rafael de Paula y Joselito el Gallo, logran encerrar en su sencillez el aura de los dos diestros; el trabajo de Félix de Cárdenas, más ambicioso y de mayor tamaño, es un hondo primer plano de un torero, trabajado en punta de plomo, un recurso del dibujo tan tradicional como difícil.

Entre las fotografías se han incluido, junto a excelentes trabajos del malogrado Atín Aya, otros igualmente buenos de José Morón y de José Toro. Entre los de este último, destaca un panorama casi completamente ocupado por sofisticadas obras públicas que en un extremo acoge el entrenamiento de un maletilla. Junto a esas obras, otra de Gloria Rodríguez que recoge un fragmento de pared en el que se unen referencias taurinas y graffiti. Mención aparte merecen los collages fotográficos de Olmo Longarbo: piezas de realización cuidada y paciente que reúnen en una sola figura elementos de la religiosidad popular y la imaginería taurina. Al ser entre sí contradictorios, hacen pensar en aquel trabajo del sueño que Freud llamó condensación y al que los surrealistas supieron dar conscientemente rango artístico.

La pintura es la que presenta mayor diversidad en técnicas, formas y calidad. Es interesante la contribución de José María Bermejo que con formas geométricas, análogas a los hierros de las ganaderías, construye una abstracción particularmente rítmica. También es abstracto, aunque en otro sentido, la aportación de Barragán, una variación sobre el reloj de la plaza. Concha Ybarra convierte un capotazo en una nube de color; Javier Buzón hace un peculiar ejercicio de luz y color sobre el ruedo y Fernando Clemente presenta una cuidada composición en la que formas geométricas y el lenguaje del cartel compiten entre sí. Javier Parrilla, finalmente, construye, pincelada a pincelada, la figura de Joselito el Gallo. Pero quizá las obras más destacadas entre las pictóricas sean las de Abraham Lacalle expuestas en la sala: dos pequeños trabajos, construidos exclusivamente con el color, que poseen, bajo su aparente sencillez y soltura, una enviadiable firmeza. Son cualidades que acercan estas obras al cartel.

La exposición presenta, pues, obras de interés, aunque tal vez su reiteración pueda traicionarla. Corre el riesgo de institucionalizarse y terminar acogiendo obras correctas pero convencionales. Tal vez haya llegado el momento de cambiar el rumbo: por ejemplo, encargando, con tiempo suficiente, a un solo autor la muestra de manera que presente una reflexión novedosa y también atrevida sobre la fiesta. Serían pequeñas tauromaquias que sin duda serían un nuevo estímulo para autores y público.

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