Cinco orejas y poco para el recuerdo en Vista Alegre

  • Morante de la Puebla y El Cid salen en hombros · Lo mejor de la función corrió a cargo de Juan Mora, que cortó una oreja

GANADERÍA: Siete toros de Núñez del Cuvillo -Mora regaló uno-, desiguales de presencia y de poco juego, salvo el quinto, premiado en exceso con una vuelta. TOREROS: Juan Mora, gran ovación tras petición, silencio y oreja en el que regaló. Morante de la Puebla, ovación tras leve petición y dos orejas. El Cid, silencio, con abucheo al palco y dos orejas. Incidencias: Vista Alegre. Tres cuartos de entrada. Minuto de silencio por Pepín Martín Vázquez.

Cinco orejas en la tarde, sin embargo, poco para el recuerdo, en la segunda corrida de la Feria de Invierno, en la madrileña plaza de Vista Alegre, donde lo mejor de la corrida corrió a cargo de Juan Mora, paradójicamente el único que no salió a hombros. Pero la sinrazón no fue patrimonio sólo de la autoridad, ya que de nuevo se instaló en el tendido, pues más allá del pecado por las generosas peticiones de trofeos, hubo intervenciones de carácter y calibre más bien mediocre que se celebraron con clima de éxtasis. Las celebraciones más excéntricas se dieron con Morante en el quinto, obnubilado el personal por el chisporrotear de sus detalles sueltos en una faena de cierto sabor, de hacer en ocasiones con lentitud pero no siempre limpio, donde el torero marcaba más su figura que el propio pase, y sin la ligazón oportuna.

Cuatro pases seguidos, sin enmendarse, lo que se dice el toreo de una vez, se dio sólo en una serie a derechas, y, eso sí, dándole a la muleta un inigualable vuelo angelical. Ahí fue el acabose. Pero los naturales, con los que la plaza berreó de contento aún más, no tuvieron tanta hondura por la falta de hilván. Los pases de uno en uno sirven más que nada para los fotógrafos. Y el toreo es, debe ser, una grácil y apasionada sucesión de momentos artísticos. Hubo doble trofeo para Morante a pesar de un pinchazo previo a la estocada definitiva.

A El Cid le dieron otras dos orejas en el siguiente, el sexto, después de una faena de cierta profundidad por momentos, pero en la que primaron las prisas, y lo prueba que las series resultaran demasiado cortas, de tres a lo sumo y el de pecho.

Mora se llevó la oreja del séptimo, un toro incómodo, soso y de cortas embestidas, al que le buscó la vueltas en las cercanías, casi traicionando su estilo. Pero lo mejor había llevado ya su firma en el que abrió plaza. El recibo de capote y la forma de dejar al toro en el caballo, las probaturas con la muleta en forma de trincheras, la marchosería en lo fundamental. Finura y hondura. Lástima que el toro no permitió continuidad. Aquí la petición de oreja estuvo en el límite. Se notó la frialdad de abrir plaza. El cuarto, simplemente sin opciones.

Corrida, por tanto, de desconcierto y confusión, y también, pese a las orejas, de mucho desencanto.

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