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Imperio y propaganda

  • El Paseo recupera un ensayo del historiador sueco Sverker Arnoldsson que supuso el primer intento riguroso de determinar el porqué de la Leyenda Negra

El Saco de Roma, en una calcografía de Jerome Cock a partir de un dibujo de Maarten van Heemskerck (1556). El Saco de Roma, en una calcografía de Jerome Cock a partir de un dibujo de Maarten van Heemskerck (1556).

El Saco de Roma, en una calcografía de Jerome Cock a partir de un dibujo de Maarten van Heemskerck (1556).

Como recuerda Roca Barea en su prólogo, en esta obra se plantea por primera vez el problema de la Leyenda Negra en su completa extensión; esto es, no como un mero fruto propagandístico de la Protesta, sino como un vasto fenómeno cuyo origen y cuyas manifestaciones alcanzan numerosos ámbitos, y cuya estructura sólo comienza a avizorarse en el XX con los estudios de Juderías y Carabias. Quiere decirse, pues, que este ensayo de Arnoldsson, publicado en 1960, es el primer intento riguroso de determinar las fuentes y el alcance de un misterioso producto cultural, en el que se vio comprometido, durante muchos siglos, el buen nombre y el propio carácter civilizado de la nación española, y del que cabe decir, hoy en día, que acaso se haya propagado con mayor eficacia dentro de nuestras fronteras que en los viejos dominios del Imperio Habsburgo.

Basta recordar el Don Carlos de Schiller (o la obra de Heine y de madame de Stäel) para comprender la preeminencia que en el XVIII y el XIX había adquirido ya el componente religioso de este largo descrédito de lo español, que se acoge bajo el rubro de Leyenda Negra. En esa obra aparece la caricatura de un rey viejo, colérico, enfermizo, transido por una fe brutal, que se nos presenta como instigador de la muerte de su propio hijo, que aspiraba a liberar los Países Bajos del yugo paterno. Sin embargo, el Felipe II que nos dice la Historia era un hombre joven que perdió a su primogénito, irremediablemente aquejado de una enfermedad nerviosa. Como sabemos, Voltaire guarda una estrecha relación con esta visión hosca y sectaria de la España imperial, a cuyo fondo se hallan sus páginas dedicadas a la Inquisición española. Pero también sabemos, por Arnoldsson, por ejemplo, que lo escrito por Voltaire no era sino la espuma dieciochesca de un fruto que nace en los siglos XIV-XV y se perfecciona en el siglo XVI, cuando la Protesta ha estremecido ya a toda la civilidad europea. Es, pues, en el XIV-XV cuando se forma, según el historiador sueco, una imagen adversa de lo español que se relaciona estrechamente con la piratería catalana, triunfante en el Mediterráneo. No obstante, en el XVI este odio hacia el reino de Aragón, muy influyente en el Mare Nostrum, se verá sustituido por una violenta repulsa a lo español, tras la unión de las coronas castellana y aragonesa. Una repulsa que vendría acrecentada por dos fenómenos de suma importancia en aquella hora: el descubrimiento de América y el dominio español en Italia.

De la aventura americana, los adversarios de España utilizarán, principalmente, la Brevísima relación de la destrucción de las Indias del padre Las Casas, como forma de destacar, hasta el delirio, la inicua explotación y el exterminio de los habitantes de aquellas tierras; del dominio en la península itálica, los oponentes del imperio español (imperio cuyo crecimiento ha sido tan raudo como inesperado), escogerán el Saco de Roma de mayo de 1527, cuyo terrible simbolismo no escapa a nadie, y cuya brutalidad atravesó el siglo como un meteoro aciago. A estos dos factores, ajenos a lo religioso, vendrá a sumarse la inextinguible hoguera de la Protesta, cuya eficacia propagandística (obra de Holbein o de Cranach, por ejemplo), será muy superior a la mostrada por sus adversarios.

A este respecto, se preguntaba Chastel si los historiadores no habían menospreciado el alcance de las armas con que dicha propaganda se hizo efectiva. Tales armas, como es notorio, no fueron otras que la imprenta de tipos móviles de Gutenberg y la distribución de grabados que, gracias a la imprenta, difundió la "iniquidad" del imperio español por todo el orbe. Esto presentaría a la Leyenda Negra como el primer caso de propaganda a gran escala, obrada con técnicas modernas. Y en consecuencia, será la difusión de textos e imágenes la que, a partir del XVI, acuñe un concepto de España, áspero y brutal, que aún hoy perdura. Esto significaría, en última instancia, que fue un exceso de información, y no su contrario, el que amonedó un bárbaro perfil de España. Una barbarie, como recuerda Arnoldsson, proporcional a la grandeza y el prestigio, a la dilatada sombra de su imperio.

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