Delectare

Lectores sin remedio

NO sé por qué incontrolables e infinitos laberintos de la mente terminé asociando el otro día a mi admirado William Somerset Maugham con el libro gordo de Petete. Sí sí, ése que decía al final: "el libro gordo te enseña, el libro gordo entretiene, y yo te digo contento hasta el programa que viene". En este eslogan de Petete se encierra buena parte de la literatura a lo largo de toda su historia; es el delectare et prodesse de Horacio, como es también la "dulce melezina" de la que nos hablaba el infante don Juan Manuel en su "Conde Lucanor", y tantos otros escritores que han utilizado la literatura para esos dos fines: enseñar y deleitar. Sin embargo, Somerset Maugham, en su libro "Diez grandes novelas y sus autores" (libro al que de seguro volveremos en más de una ocasión por su interés) al referirse a la novela como género, expone: "Me parece un abuso utilizar la novela a modo de púlpito o estrado, y creo que los lectores se equivocan cuando imaginan que pueden adquirir conocimientos con esa facilidad." Y añade el gran escritor inglés utilizando incluso la metáfora de nuestro infante don Juan Manuel: "Estaría muy bien tragarse la medicina de la información provechosa endulzada con la miel de la ficción. Pero lo cierto es que, una vez endulzada de ese modo, no podemos tener la seguridad de que la medicina sea de provecho, pues los conocimientos que el novelista transmite son parciales y, por lo tanto no muy fidedignos". De acuerdo con esto, la conclusión es evidente: la novela debe sobre todo deleitar, entretener, hacer disfrutar al lector. Al final del prólogo al ensayo que estamos comentando de S. Maugham, fechado en 1954, éste con una contundencia poco común en la crítica, pero por la privilegiada posición del que, por prestigio, se lo puede permitir, la emprende contra esos elogios que se convierten en verdades universales sobre algunas novelas que ni entretienen, ni hacen disfrutar a los lectores, los cuales, para más suplicio, terminan algunos por caer en un cierto complejo de ignorancia supina. Pero en esto también debemos acudir al ya viejo tópico de que "el libro de los gustos está en blanco", lo que a mí me puede gustar, es muy posible que no le guste a mi vecino, por no decir a personas incluso más próximas. Y para ilustrar tal afirmación nada mejor que un ejemplo: no hace mucho leí con verdadero placer la novela de Julian Barnes "Hablando del asunto"; y como uno es de natural persistente, no dudé en hacerme con otro libro, quizá el más célebre de este escritor, titulado "El loro de Flaubert", obra que me pareció un poco tediosa, al menos sin la gracia y la frescura de la primera, sensación que se agravaba por a indefinición genérica (¿novela? ¿ensayo?). Mi persistencia (ya digo), después de las dos lecturas, me llevó a Internet para buscar opiniones de lectores, y ¡cuál fue mi sorpresa! ¡algunos se habían aburrido con "Hablando del asunto", obra que consideraban muy inferior en todos los aspectos a "El loro de Flaubert"! Cuando lea "Amor, etcétera", segunda parte de "Hablando del asunto", ya les contaré. José López Romero.

El interés de la investigación por todos los aspectos relacionados con el libro, ha llevado a algunos investigadores a trabajar sobre uno de los temas quizá más apasionantes: el receptor del libro, es decir, el lector. Y así, a los estudios ya realizados en torno a los siglos XVI, XVII y XVIII (véanse a modo de ejemplos "De la imprenta al lector. Estudios sobre el libro español de los siglos XVI al XVIII" de Jaime Moll, o "Libros, lectores y lecturas" de Trevor J. Dadson) se suma este magnífico por exhaustivo trabajo de Jesús A. Martínez, en el que su autor nos ofrece una visión nueva de la sociedad española, en concreto de la madrileña, del siglo XIX: la sociedad lectora. La lectura se convierte así en un nuevo concepto que puede describir y definir a una sociedad a través de sus clases., como lo hace J.A. Martínez, desde el impresor, pasando por el librero hasta llegar a las porteras. J.L.R.

Y siguiendo con el XIX y con estudios publicado en la última década del siglo pasado, valga este trabajo que aborda dos temas realmente interesantes; por un lado, el de la mujer, tan de moda en este tiempo, hasta el punto de que no hay universidad que no cuente con un Departamento, Seminario o Grupo de Investigación en torno a la mujer y toda su problemática; y por otro, el que aquí nos concierne: la novela por entregas. Producto que asemejaríamos con las actuales telenovelas pero en fascículos, tuvo un amplísimo público lector, de toda clase social, y escritores que alcanzaron fama y fortuna en su tiempo (Manuel Fernández y González, por ejemplo). El género sentimental fue uno de los más desarrollados, en el que la mujer tenía un papel protagonista. Ángeles Carmona, en un trabajo del que destacamos como una de sus virtudes la claridad, repasa todos los tipos y características de las heroínas por entregas. J.L.R.

Hace algunos meses ya traíamos a esta sección, una breve referencia a este libro. Sin embargo pese a las alabanzas de la crítica, al interés de la historia en él recogida, puede ser uno de esos libros a los que la vorágine del mercado editorial no le sienta bien. Libro que sin una deslumbrante campaña de promoción se ve forzado a que funcione el boca a boca entre los lectores, y esto requiere tiempo, precisamente lo contrario a lo que la industria editorial esta dispuesta a conceder, deseosa de poner nuevas novedades ante los lectores, ante de que hallamos digerido las últimas. Por todo ello no nos duelen prendas en recomendar su lectura una vez más. Relato poético y a la vez fantasmal: En un taller de carpintería situado en el centro de una Lisboa atemporal, pianos rotos esperan ser despiezados. En el taller sus propietarios, padre e hijo, desentrañan la historia de su familia, plagada de miserias y alegrías, donde la muerte no parece ser el fin natural sino el comienzo de nuevas historias. R.C.P.

Ni siquiera del éxito de la película, basada en el libro y dirigida por José Luis Cuerda, con Maribel Verdú y Javier Cámara como protagonistas, ha necesitado el libro de Méndez para seguir reeditándose, y proseguir así su imparable camino a ser considerado uno de los hitos de la narrativa española contemporánea. Pero las cuatro historias que recoge el libro, sutilmente entrelazadas, historias de perdedores como las definía su autor, y de las que ya dimos cuenta en su momento en esta sección, debemos conocerlas contadas por el propio Méndez. No caigamos en el error fácil de acercarnos a ellas a través del cine y olvidemos el libro. ¿Qué historias nos habremos perdido con la prematura muerte de su autor? Lo cierto es que la sencillez y el realismo, la extraordinaria sensibilidad que emanan las páginas de su única obra publicada, pese a la crudeza de las historias narradas, nos hacen lamentar esa ya definitiva pérdida para la literatura. R.C.P.

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