Gregory Peck y Atticus Finch

  • El actor supo captar en 'Matar a un ruiseñor' el íntimo conflicto que vivió el hombre real que inspiró su personaje, el padre de la autora

El American Film Institute elaboró una lista con las cien mejores películas de la historia del cine americano que completó con unos listados anexos que seleccionaban las mejores películas de género, guiones, bandas sonoras, estrellas, frases, héroes o villanos. Satisfago su curiosidad con los números uno de cada listado: Ciudadano Kane (película), Blancanieves (animación), Luces de la ciudad (comedia romántica), Centauros del desierto (western), Toro salvaje (deporte), Vértigo (suspense), El mago de Oz (fantasía), 2001: una odisea del espacio (ciencia ficción), El Padrino (gánster), Lawrence de Arabia (épica), Casablanca (romántica), Psicosis (thriller), Con faldas y a lo loco (cómica), Cantando bajo la lluvia (musical), ¡Qué bello es vivir! (película más querida), Francamente, querida, me importa un bledo (frase), Over the Rainbow (canción), Hannibal Lecter (villano), Humphrey Bogart y Katharine Hepburn (estrellas) y La guerra de las galaxias (banda sonora).

Satisfecha su curiosidad, vamos a lo nuestro. Matar a un ruiseñor fue elegida como la mejor película judicial y la segunda más amada tras ¡Qué bello es vivir!; y su protagonista, el Atticus Finch que para siempre tendrá el rostro de Gregory Peck, quedó en primer lugar entre los héroes más admirados, la encarnación de la virtud y el ideal estadounidense.

Cuando Alan J. Pakula se hizo cargo de la producción y su amigo Robert Mulligan de la dirección, Harper Lee tenía claro quién sería Atticus: Spencer Tracy. Incluso le escribió pidiéndoselo, pero el actor tenía graves problemas de salud a causa del alcohol. Bing Crosby expresó su interés por el personaje y Universal, que coproducía la película, sugirió a su estrella Rock Hudson. Finalmente Pakula y Mulligan impusieron a Gregory Peck. Lee no estaba muy convencida. El modesto y gran profesional se trasladó a su pueblo en Alabama, tuvo largas entrevistas con ella y con su padre, modelo del personaje de Atticus, y en la primera prueba de lectura del guión la convenció.

Gregory Peck le dio a Atticus esa imagen de bondad, rectitud y sereno valor que le ha hecho tan querido. Pero también algo más que nadie, solo Harper Lee, podía saber entonces y gracias a la interpretación de Peck se intuye, enriqueciendo un personaje que está lejos de ser un plano estereotipo simplón de bondad. La publicación tardía de la precuela de la novela, la injustamente infravalorada Ven y pon un centinela, permite comprender lo que Peck intuyó o tal vez supo a través de sus conversaciones con Lee y su padre, Amasa Coleman Lee (1880-1962), un abogado provinciano que ejerció en Monroeville (Alabama), cuya vida cambió cuando defendió a dos negros, padre e hijo, que al final fueron ahorcados. Atticus, como Amasa Coleman Lee, era capaz de alzarse tanto contra la segregación como contra el desprecio con el que la América urbana del Norte trataba a la América rural del Sur. Pertenecía en cuerpo y alma a su comunidad, amaba a sus vecinos y comprendía su miedo o su reticencia ante los cambios que amenazaban su centenaria forma de vida; y a la vez aborrecía el racismo y la segregación que, desgraciadamente para él, parecían consustanciales a ese mundo.

Cuando Lee se marchó a Nueva York ese conflicto fue alzando un muro de incomprensión entre ella y la imagen ejemplar de su padre. ¿Cómo podía querer a esos racistas, sentirse parte de esa comunidad? De esto trata Ven y pon un centinela, escrita en 1955. Cuando posteriormente escribió Matar a un ruiseñor en 1960 como precuela de la anterior se reencontró con él. Su padre era algo más importante que un héroe unidimensional: un ser humano recto y bondadoso que vivía un conflicto entre lo que amaba, la vida tradicional del Sur y sus gentes, y lo que creía, la igualdad entre blancos y negros. Gregory Peck, cuando nadie conocía el íntimo conflicto del ser real que inspiró a Atticus, fue como nadie más podía serlo ese hombre íntegro que hace lo correcto anteponiendo su conciencia a sus afectos o apegos, pero sin traicionarlos. ¿Imposible? No para Peck.

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