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Las heridas que somos

  • Jhumpa Lahiri regresa con 'La hondonada', una hermosa novela sobre la identidad y el desarraigo

Más que como un libro, recordamos Tierra desacostumbrada como un lugar al que volver, una de esas obras hondas, delicadas y bellísimas que se hacen, de tanto en tanto, un sitio en la memoria y el corazón. Con esas expectativas -inevitables- abrimos la nueva obra de Jhumpa Lahiri, y ya dejó dicho algún gigante francés del XIX, ahora no recordamos cuál de ellos, que el gran problema de la vida son precisamente las expectativas. No lo es exactamente en el caso de La hondonada: cerrada la novela hace un par de semanas, sabemos ahora, no tanto entonces, que los personajes han vuelto a dejar un poso, como si los hubiéramos conocido muchomás allá de la textura de las páginas de papel que se pasan y luego se olvidan;aunque perdura también la sensación de que la propia estructura de la novela, que a ratos se hace algo rígida, estrecha un tanto la escritura de Lahiri.

Nacida en Londres en 1967 pero de nacionalidad estadounidense y afincada en la actualidad en Italia, la escritora forma parte de esa comunidad errante o de raíces desdibujadas de descendientes de la clase media de la India que en los años 50 y 60 encontraron una oportunidad para vivir una vida menos sufrida en las universidades del mundo anglosajón. Y esa es la realidad, y esa es la clase de personas, sin más aspavientos, siempre atenta a la sutil y compleja textura de la vida cotidiana, de las que habla siempre esta escritora sobria y elegante, dotada de un talento extraordinario para cartografiar con una precisión tan intensa como contenida los sentimientos, los estados de ánimo, los vínculos entre las personas y sus zonas de sombra, materiales que maneja con una delicadeza conmovedora y extrema, como si estuvieran siempre -porque en parte sí que lo están- al borde de quebrarse o en trance de convertirse en otra cosa.

En La hondonada, que designa a un tiempo un espacio físico -el del barrio pobre en las afueras de Calcuta donde arranca la historia- y sobre todo uno sentimental -el de una infancia precaria pero feliz, cuando el mundo era todavía tan sólo un contorno borroso al fondo, y no el escenario a veces angustiosamente acotado que se revelará en la madurez-, Lahiri vuelve a sus temas predilectos: la identidad, que es siempre, porque no podría ser de otra forma, un asunto delicado, y el desarraigo, que probablemente sea la punzada que provoca que en sus páginas, hasta en las que reflejan esos inexplicables raptos de plenitud cuando la vida (nos) sonríe, se detecte un rumor subterráneo de serenidad y melancolía.

¿De qué tratan sus libros, de qué éste en particular? De cómo nos construimos, en ocasiones con la ayuda de los demás, en otras por oposición a ellos, de cómo, en última instancia, es el roce con las personas que nos rodean lo que completa cuanto somos o acabamos siendo: una de las muchas personas que podríamos haber sido; y al cabo de ese proceso, de esa negociación permanente con el mundo y con quienes nos rodean, acabamos aceptando esa versión de nosotros mismos, una versión en la que, con suerte, lucimos favorecidos. Esto lo cuenta ella a través de la historia de dos hermanos cuyas virtudes, en armónica síntesis, podrían haber alumbrado una persona casi perfecta. "Le había tapado un ojo y luego el otro para que lo comprobara por sí misma", escribe Lahiri en un pasaje del libro en el que un hombre explica a su hija, mientras ésta lo mira fijamente, cómo funciona la visión humana: "Para que viera cómo entonces la imagen de él se doblaba y desplazaba hacia un lado y el otro. Le había dicho que el cerebro unía las dos imágenes. Hacía coincidir lo que era igual y añadía lo que era diferente. Mejoraba las dos".

Pero en este caso son dos hermano, no uno, y tanto el mayor -bueno y justo en el sentido machadiano, prudente, temeroso de no ser querido, de no estar a la altura, de ser observador y no protagonista de su propia vida, embarcado en su nueva vida en Estados Unidos- como el menor -rebelde, valiente, alegre, ferozmente vitalista, finalmente varado en su barrio miserable-, ambos brillantes e inteligentes e hiperconscientes de su indestructible amor recíproco, vivirán en la imperfección y conocerán a fondo la insatisfacción, el dolor, la frustración, decepciones que no cicatrizan, responsabilidades que aplastan contra el suelo, y por encima de todo, después de un trágico suceso que determinará irremediablemente sus vidas, encontrarán otro nexo, éste inesperado: una misma mujer, aunque dos maneras muy diferentes de amarla.

Conviene -aunque no importe: no es el qué, sino el cómo, siempre- no desvelar más detalles de la trama. En otras manos, esta historia podría haber sido un folletín, un vulgar melodrama. Pero, de nuevo, no es el caso. Para la autora, escribir es darle un ritmo hermoso y sutil a la vida, y en cada página, en cada párrafo, está su respiración. Si somos lo que recordamos, Lahiri nos lo confirma de una forma especialmente hermosa.

Jhumpa Lahiri. Trad. Gemma Rovira Ortega. Salamadra. Barcelona, 2014. 416 páginas. 20 euros

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