Días de arte

De jaculatorias y recitados ripiosos

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SE vienen observando en la Semana Santa, de unos años a esta parte asuntos que rozan lo patético. Se han copiado de fuera esquemas que para nada engrandecen el espíritu estético que le era propio. La mayoría de las veces, los modelos elegidos ni eran los mejores donde mirarse ni superaban lo que aquí ya existían. Equivocados enterados de la nada traían referencias falsas de otros sitios que, ni mucho menos, eran lo trascendente y eterno. Lo genuinamente jerezano se fue desterrando para sólo quedar en unos mínimos que, gracias a Dios, son máximos. Burdas copias de imagineros que no eran, ni mucho menos, los más indicados para casi nada eran admitidas por ilustres cofrades malinformados que copiaban lo que, en otras partes, ni se hubiesen atrevido a pensarlo; paupérrimos diseños de dibujantes con pocas luces, eran admitidos para sonrojo del que los contemplan y vergüenza absoluta de los que los consienten. Joyas auténticas de nuestra Semana Santa que se ven “adornadas” con figuras de poco lustre para absurdo pavoneo del que las admiten, las encargan y las imponen.  Así luce una Semana Santa, con muchísimos parámetros tan pobres como los de las demás y perdiendo esencia, espíritu y autenticidad. Menos mal que por Cristina queda un regusto consciente de que lo verdadero no se exporta ni, mucho menos, se compra.

Y, además, lo que tenemos que aguantar delante y alrededor de nuestros pasos. El exhibicionismo costaleril que, en los últimos tiempos hemos observado en la que es espejo de nuestras almas cofradieras, no ha tardado en imponerse en un Jerez ávido de asumir lo que se cuece a orillas del que fue Río Grande. El ejercicio de mal gusto que es la contemplación de tanto costalerito con su costal calado hasta tapar los ojos, haciendo alarde de no sé muy bien qué entidad, se está viendo todos los días en nuestras calles con evidente falta de todo sentido. En ocasiones, sustituyan ustedes el costal por la molía y tendrá la misma situación. Pero como la historia viene de la que es madre y maestra —algunas madres y algunas maestras también están en posesión de un nulo sentido de lo estético—  hay que ponerlo en práctica allí donde se ejerce de hija predilecta de tan singular madre. Y para culminar la faena de tan esquivas actuaciones, la moda esa de las voces extrañas delante y alrededor de los pasos por capataces, contraguías, ayudantes… y demás actuantes que han inventado nuevas letanías, imposibles jaculatorias donde tienen cabida los más extravagantes argumentos con su infinidad de retruécanos, hipérboles y tontas metáforas que aluden a lo artístico, al señorío, a las glorias, a lo eterno, a padrinazgos celestiales, a… estúpidas terminologías, a estentóreos sermones y a recitativos ripiosos que redundan en lo patético y falso de algo que se está yendo de las manos y que no tienen absolutamente nada que ver con la realidad de un Jerez y de una tradición que está admitiendo demasiadas tonterías y asumiendo postulados ajenos, sin otro valor que lo burdo y zafio.

Además de los consabidos y, ya casi universalmente admitidos, ‘miarmas’ y de las lógicas arengas a los hombres de abajo para fomentar su espíritu y valor bajo las trabajaderas, se ha pasado a una patética poética que abochorna y se hace insoportable. Parece como si una incontrolable fuerza misteriosa trastocara la realidad de los que tienen que tocar los martillos de nuestros pasos y los transportara a una nueva dimensión donde se desarrolla una espiritualidad malentendida que hace a muchos de estos, poetastros de lo divino. La solvencia de Martín Gómez al frente de los pasos la han querido copiar muchos sin enterarse absolutamente de nada. La culpa no la tienen ellos, sino quienes osan ponerlos en un sitio que sólo conocen de oídas —nunca mejor dicho— ¡Ojalá llegue el día en el que los dirigentes de nuestras cofradías impongan el destierro para quien no se merezca estar delante de los pasos! Que Dios, así, lo quiera. Nosotros nos veremos libres de una poética que, muchas veces, parece demoniaca.

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