La inmoralidad fructífera

'La ética de la crueldad'. José Ovejero. Anagrama. Barcelona, 2012. 200 páginas. 16,90 euros.

Manuel Gregorio González | Actualizado 30.05.2012 - 21:31
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Con La ética de la crueldad, reciente Premio Anagrama de Ensayo, José Ovejero atiende, por un lado, al viejo mandato de Foucault, que representa al individuo cautivo en una malla de coerciones de todo orden. De otra parte, Ovejero supone en los escritores crueles, en la escritura de la crueldad, un componente ético, moral, reprobatorio, donde la violencia ejerce su función catártica, una vis incriminatoria, sobre un lector sobrecogido y culposo. Ahora bien, si lo primero parece fuera de toda duda (el hombre es un animal convencional y un ente reglamentado), no parece tan claro lo segundo. Y es ahí, en la posibilidad de adivinar al moralista tras el escritor, donde estas páginas quizá puedan resultar más discutibles, y en consecuencia, más polémicas y fructíferas.

La ética de la crueldad comienza por asimilar el exceso a la crueldad, acudiendo tanto a la vasta tradición española, del Lazarillo a Cela, como a otros célebres ejemplos del país vecino: Rabelais, Sade y el Georges Bataille de la Historia del ojo. Falta, indudablemente, el Gillaume Apollinaire de Las once mil vergas; también podríamos aducir que en Sade, sobre el exceso, prima la economía, la precisión y un orden escenográfico del Mal. Aparte esto, la tesis de Ovejero resulta clara: la literatura cruel responde, en primer término, al principio pantagruélico, carnavalesco, medieval (véase Bajtin), de la remoción del mundo y su expresión más viva e indecorosa. Si esto es un impulso moral, como sostiene en el libro, o responde a una propensión de la especie humana, es algo que no se aclara en estas páginas. Sí se elucidan, en cualquier caso, los mecanismos con que el hombre se protege de una realidad tan injuriosa como inhóspita. En la lucha contra esos mecanismos reside la ética de la cruedad, según Ovejero. Los ejemplos que aporta: Onetti, McCarthy, Canetti, Bataille, Jelinek y Martín-Santos, pueden mover a asombro en algún caso. Y quizá sea eso, esta crueldad inesperada de Onetti y Martín-Santos, lo mejor del libro.
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