JUAN DE LA PLATA

"La Cátedra merece un reconocimiento oficial como institución, pero nadie se ha acordado"

  • "La joya de la corona de la Cátedra es su revista y la gran asignatura pendiente es tener un museo"

Únicamente el Festival de Las Minas de La Unión, en la lejana región de Murcia, se ha acordado este año de reconocer y premiar a la Cátedra de Flamencología de Jerez en su cincuentenario. Por el contrario, la ilustre efemérides ha pasado de puntillas por la tierra que la vio nacer un Día de la Merced de 1958. Los objetivos siguen siendo prácticamente los mismos que cuando se forjó hace medio siglo, pero el esfuerzo y la dedicación desinteresada derrochados en este largo recorrido bien hubieran merecido captar la atención de las autoridades y la sociedad local.

"Oficialmente no se valora. Y creo que la Cátedra como institución merecería a estas alturas un reconocimiento. Pero nadie se ha acordado. Llevamos 50 años luchando por el flamenco, con muchos problemas y sin un duro, costándonos el dinero... El Ayuntamiento ha colaborado con la mitad del programa del cincuentenario pero no ha habido un reconocimiento a boca llena", lamenta Juan de la Plata Franco Martínez (Jerez, 1932), director de la insigne institución con sede en el señorial Palacio Pemartín de la plaza San Juan.

Allí el espacio es mínimo y apenas queda blanco en las paredes. Archivos documentales y sonoros casi centenarios, valiosas fotografías ajadas por la humedad, retratos y cuadros de los grandes maestros del cante en cada rincón, cajas y cajas amontonadas con tesoros que siguen sin ver la luz, más deteriorados a cada día que pasa. "No tenemos más espacio. Lo ideal sería que todo esto estuviera en un museo, pero es lo que hay", explica De la Plata mientras muestra una chaquetilla que el maestro Antonio donó décadas atrás a los fondos de la Cátedra.

Suena el teléfono. Juan contesta: "No, no, del Niño Gloria no hay nada publicado, aparece en muchos libros, se han hecho conferencias, pero libro específico de él no existe... Alguien te ha informado mal". A sus 76 años de edad, el director de esta institución cincuentenaria es una enciclopedia andante. En su memoria acumula fechas, referencias, datos y anécdotas relacionadas con el flamenco remoto y el contemporáneo.

Para Juan de la Plata, la 'joya de la corona' de la Cátedra es la revista que publica la institución de forma semestral y que pronto contará con un nuevo número en la calle. "Ha estado a punto de desaparecer por falta de apoyos, pero ya tiene 27 números de vida y en ella colaboran los más prestigiosos flamencólogos y estudiosos de forma desinteresada", explica con orgullo. En este punto se para y reconoce que la labor divulgativa y de investigación en torno al flamenco necesita contar con "más musicólogos, pues casi todos los que se acercan al estudio del flamenco provienen de las letras, y a los músicos les trae sin cuidado". "El guitarrista Pepe Romero fue de los últimos que investigó", rememora.

Al margen de los logros obtenidos en todo este tiempo, considera que la gran asignatura pendiente de la Cátedra es disponer de un museo flamenco donde exponer y conservar el vasto legado que acumula. "Teníamos un museo muy humilde en la plaza de Silos pero cerró por falta de recursos. Ahora tenemos esperanzas puestas en integrarnos en la Ciudad del Flamenco, pero por desgracia está paralizada", asevera. Sobre la celebración en 2013 del Año del Flamenco, es explícito: "Se lo han sacado de la manga pero no lo veo mal. Yo desde luego no lo veré y teníamos ilusión porque todo estuviese mucho antes", reconoce.

Desde sus mismos comienzos, la Cátedra de Flamencología y Estudios Folclóricos Andaluces se marcó como objetivo fundamental "revalorizar toda la riqueza musical del cante jondo". Hoy, medio siglo después, la dignificación de este arte de raíces milenarias sigue siendo uno de sus grandes desafíos. "De cuando en cuando, hay baches. Una época de crisis transitoria donde el flamenco decae", reconoce Juan. Y evoca: "Cuando se fundó la Cátedra, el flamenco estaba de capa caída, sólo se conservaba en los tabancos porque en los teatros lo que había era flamenco de pandereta. Ahora ocurre algo parecido con esto del 'flamenquito' y las fusiones, cosas que dan de comer pero que hacen mucho daño al flamenco porque confunden todo. De eso tienen la culpa los flamencos, pero también los que negocian con él". "Con la muerte de Camarón -abunda-, todos quisieron ocupar su sitio y ahí se abrió una brecha profunda que no ha culminado".

¿Cuál es la principal diferencia entre esos grandes de la edad de oro con los artistas de hoy en día? A su juicio, "antes la gente vivía el cante, se entregaba a él. Hoy día se canta, se toca y se baila de forma profesional, pero menos artística. Ahora todo es más frío, sin pellizco ni comunión, pero muy profesional. Tío Borrico no era profesional pero echaba las asauras por la boca". En todo caso, De la Plata se decanta por Mairena y Caracol como "los dos monstruos" que más le han impactado de cuantos cantaores retiene en su lúcida memoria jonda. "Después ha habido grandes cantaores como Terremoto, Juan Talega, Chocolate...". Eso sí, pese a que no da nombres, se muestra optimista respecto del flamenco por venir. "No soy pesimista, esta racha mala pasará", aventura.

Mientras ultima sus memorias y saca tiempo para colaborar con este Diario y acudir todos los días a la Cátedra, además de otros muchos quehaceres cotidianos, De la Plata asegura, cuestionado sobre si la ciudad aprecia lo que tiene, que "Jerez siempre ha sido muy flamenca y hay gente que aprecia el flamenco aunque a otras les sea indiferente. Hay mucha gente de los barrios que lo ha vivido intensamente, aunque no sepa cantar ni bailar". En todo caso, conviene, "hay que distinguir el folclore y el flamenco, que es una rama desgajada que es arte y no lo canta cualquiera, como los villancicos".

La conversación se ensancha más allá del territorio de la Cátedra. Juan profundiza vehemente en sus reflexiones y zanja proclamando que la frase que más verdad flamenca encierra es la que profirió Tía Anica La Piriñaca: "Cuando canto, la boca me sabe a sangre". "Resume el espíritu del flamenco, la sangre de la historia, de la tradición... Tía Anica, por cierto, era mitad gitana, mitad gachí, y en vida le negaron el pan y la sal. Cuando se murió todo fueron alabanzas... Hay mucha hipocresía", apostilla mientras sostiene a la cantaora inmortalizada en una foto tomada hace treinta años.

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