Automovilismo l Fórmula 1

Aquellos chalados en sus locos cacharros

  • Al principio sólo podía permitirse un volante de competición gente elitista: quienes desafiaban el riesgo eran nobles, aristócratas y bohemios adinerados

El veneno de la velocidad. Ese permanente desafío a las leyes de la física, los riesgos y peligros que entraña el dominio de un coche, una mezcla de destreza, habilidad, concentración y fuerza mental, que una vez que te atrapa ya no puedes escapar. Encontraríamos los antecedentes más remotos de las competiciones automovilísticas en las carreras que se organizaban en Francia a finales del siglo XIX, basadas en unir dos ciudades por caminos de tierra. La Ciudad de la Luz era el gran centro del deporte mundial y punto de partida de casi todos los recorridos: París-Ruán, París-Berlín, París-Madrid… Más que carreras de velocidad lo eran de resistencia. Aquellos vehículos estaban propulsados por gasolina o vapor y no existían los monoplazas. Los coches contaban, además del chofer, con un mecánico a bordo. Sólo a estas dos personas se les permitía reparar el auto. Era, sin duda, una época muy distinta a la actual.

Después de la París-Ruán comenzaron a celebrarse carreras en circuitos, aunque éstos no podrían considerarse como tales sino, más bien, carreteras cerradas temporalmente al tráfico. Caso, por ejemplo, del Gran Premio de Le Mans en 1906. Unos recintos muy peligrosos, con generosas rectas, donde más importante que la velocidad era superar los obstáculos naturales y las trampas mortales: densas nubes de polvo, público entusiasmado que solía invadir la calzada, inoportunas piedras o el cruce de un rebaño inesperado. Los Grandes Premios (en francés, Grand Prix) ya existían, por tanto, en embrión a principios del siglo XX. Se corrían en estos arriesgados circuitos y el ganador tenía como recompensa una importante suma de dinero. Uno de sus promotores, el estadounidense William Thorn, también organizaba carreras de caballos conocidas como Grandes Premios Hípicos, y de ahí derivó el nombre para el automovilismo.

Poco a poco, las carreras fueron ganando prestigio y muchas ciudades aspiraron a albergar un Gran Premio. Cada país convocaba el suyo, sin que existiera un campeonato supranacional que los ligara entre sí. El 28 de Mayo de 1908, en el circuito interurbano del Baix Penedé, se disputó la primera carera automovilística en la piel de toro: la I Copa Catalunya, organizada por el RACC. En 1911 nacían dos de las más legendarias. Coincidiendo con el inicio del nuevo año, el AC de Mónaco creaba el primer Rally de Montecarlo; la excusa, se trataba simplemente de llegar al Principado para disfrutar de unas vacaciones invernales. Ese mismo año, Ray Harroun ganaba las primeras 500 Millas de Indianápolis.

Al principio sólo podía permitirse un volante de competición la gente de dinero. Quienes desafiaban el riesgo eran miembros de la nobleza y aristocracia, bohemios adinerados. El automovilismo fue entendido como ocio elitista primero y como disciplina deportiva después. Una actividad épica. Ser piloto respondía al modelo masculino moderno, una mezcla de caballero, aventurero, deportista y héroe, que lucía con la misma elegancia un impecable esmoquin que una vieja cazadora.

El número de carreras con rango de Grand Prix fueron creciendo paulatinamente. Se vivían años de desarrollo tecnológico y las marcas poderosas se adueñaron del mercado. Nombres ilustres emergen durante este tiempo, en el que se revoluciona la ingeniería y el diseño de los automóviles: Alfa Romeo, Ettore Bugatti, Enzo Ferrari, Alfieri Masseratti, Mercedes-Benz o Ferdinand Porsche. En Octubre de 1923, durante la conferencia anual de la AIACR (Asociación Internacional de Automóviles Clubes Reconocidos), se abordaba por fin el proyecto de crear un Campeonato del Mundo, instaurar una fórmula que estableciera un mínimo de reglas básicas para el tamaño y el peso de los motores. El sueño se plasmó en 1925, aunque fue únicamente para los fabricantes. Sólo cuatro carreras formaron este primer Campeonato de Constructores: las 500 Millas de Indianápolis, el Grand Prix Europeo y los Grandes Premios de Francia e Italia, pero las premisas principales del automovilismo estaban ya fijadas. Atrás quedaban las grandes hazañas de unir dos ciudades lejanas, si bien el espíritu aventurero no morirá nunca (sería recuperado medio siglo más tarde por Thierry Sabine al crear el París-Dakar).

Esta recién nacida disputa entre marcas era, en realidad, una auténtica competición entre países. Las firmas pintaban sus bólidos con los colores nacionales: azul (Francia), verde (Inglaterra), rojo (Italia), amarillo (Bélgica) y blanco (Alemania). En 1934, Alfred Neubauer, director deportivo de Mercedes, sugirió que rascaran la pintura de sus coches, en un esfuerzo por aligerar el kilogramo que les faltaba para poder entrar en el peso máximo y ganar también en velocidad. Con su carrocería de aluminio al descubierto, nacían las famosas flechas de plata. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, la AIACR se reorganiza y en 1947 pasa a llamarse FIA. Se continuó con las cuatro únicas carreras de Grand Prix y al final de la temporada de 1949 se anunciaba, para el año siguiente, un Campeonato de Conductores, imponiendo unas limitaciones en el peso, las cilindradas de los motores y dimensiones del coche. Comenzaba la Fórmula 1. El 13 de Mayo de 1950, en el circuito inglés de Siverstone, se celebraba el primer Gran Premio. Resultó vencedor el italiano Giuseppe Nino Farina, a los mandos de un Alfa Romeo, quien luego se adjudicaría el Mundial. Al año siguiente, el 28 de Octubre, en el circuito barcelonés de Pedralbes, se disputó el I Gran Premio de España, última carrera del segundo Campeonato de F1. Juan Manuel Fangio, El Chueco, se coronaba por vez primera campeón del mundo. Eran otros tiempos: el argentino viajó desde Milán conduciendo su propio bólido de la carrera.

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