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los candidatosCon los derechos entre ceja y ceja

  • El candidato a la reelección es ahora el caballo ganador y confía en reforzar su mayoría en aras de la solidaridad

EL pretendido rey del talante tiene un probado talento para dar la campanada. Lo demostró al hacerse con la secretaría general del PSOE en 2000 dejando con un palmo de narices a Bono y lo certificó al alcanzar la Presidencia del Gobierno en 2004 arruinando la plácida travesía hacia el poder que Aznar había diseñado para Rajoy. Adalid de la armonía, no se cansa de predicar las bondades de contestar con una sonrisa a las insidias. Esto sólo puede venir de un perfecto cínico o de un tipo insultantemente morigerado y seguro de sí mismo. Desde luego que no tiene el talento de Felipe González, pero tampoco le iría mal encantando serpientes, como ha quedado cumplidamente demostrado a lo largo de la legislatura.

Se llama José Luis Rodríguez Zapatero, ZP, Z... La ceja de España quiere completar el cambio que inició en 2004. El campeón de los derechos sociales exhibe sus credenciales de la subida de las pensiones y la del salario mínimo, que junto con las leyes de igualdad y de dependencia además del matrimonio entre homosexuales con derecho a la adopción incluido son sus más incontestables avales como presidente del Gobierno. Los puntos flacos de su gestión pasan por el lobo feroz de la inmigración, las turbulencias territoriales, esa diva inaccesible para muchos llamada vivienda con su ministerio fantasma de nuevo cuño a cuestas y el desazonador trompazo con ETA, que tiene el honor de ser el único de los errores que ha admitido al hacer balance de su mandato. Eso sí, con ese inquebrantable puntito de orgullo que nunca le abandona: "No voy a pedir disculpas por haber intentado la paz porque era mi obligación con España".

Hermano mayor de la cofradía de la flema, su aire imperturbable y estoico sugiere una serenidad exenta de fragilidad y ha logrado enterrar ese malicioso apodo de Bambi. ¿Quién se acuerda? Cuando Zapatero saca los puños siempre se cuida de envolverlos en guantes de seda y saca los pies del fango sin mancharse mucho el traje, como cuando metió la tijera al Estatuto catalán haciendo de sus promesas polvo en el viento.

Es un tipo con suerte, pero a ésta hay que ganársela y ha sabido, que todo hay que decirlo. Destila fe en sí mismo, pocos creían en él cuando llegó a la cima socialista y muchos dudaban que pudiera agotar la legislatura. Y ahí le tienen. Hoy sale como caballo ganador, aunque tiene un problema llamado desaceleración, que le puede costar caro. / R. PAREJA

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