Las Hijas de María Auxiliadora 'soplan' las velas de su llegada a España

125 años de historia

  • Los primeros pasos de la comunidad en Jerez a través de los testimonios de antiguas alumnas y hermanas

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"¿Qué hora es? La hora de amar a Dios. ¿A qué hora se ama? Siempre, siempre y siempre". El ritual de Sor Aurora cuando se le preguntaba la hora ha quedado grabado en la memoria de María Monge. Esta universitaria de 20 años recuerda sus primeros pasos por el colegio María Auxiliadora de Montealto, un centro del que se ha 'enamorado', pues como ella dice "la ilusión de mi vida es ser profesora aquí".

El Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, conocidas por la mayoría como 'las Salesianas' cumple 125 años de su llegada a España, una efemérides que están celebrando todas sus 'casas'. El primer centro se fundó en Sarriá (Barcelona) y siete años después pisaron Andalucía para levantar el colegio en Valverde del Camino (Huelva). Muchas puertas se abrieron para educar a las jóvenes españolas y entre ellas estaban las de Jerez. En 1897 una casa de Pedro Alonso se convirtió en el primer colegio de las Salesianas en la ciudad. Los primeros pasos del centro los rememora ahora Maruja Caballeros, antigua alumna.

Entró con 4 ó 5 años, no lo recuerda muy bien, y salió de esa casa al terminar la carrera de Magisterio. Junto a su amiga Conchita Jiménez iba a Cádiz a examinarse de las asignaturas y "nos sacamos el curso completo, completo". Maruja reconoce que los tiempos cambian y que los niños de ahora no son como los de antes. "Antes pasábamos mucho tiempo en el colegio y para nosotras era un gusto estar allí. Estábamos felices y la vida por aquél tiempo era preciosa", declara. Maruja hace memoria y cuenta como si fuera ayer el día a día en Pedro Alonso. Entraban a las nueve de la mañana para aprender las distintas materias y salían a la una del mediodía para comer. La jornada continuaba a las tres, cuando las jóvenes tenían clases de costura durante dos horas, -"ahora la gente no sabe coser", apunta-, después, merienda, canto y por último, dos horas en la sala de estudio. "Sor Isidora, que era un encanto, fue la que nos enseñó la vida de San Juan Bosco, porque mientras cosíamos una niña la leía", señala Maruja, mientras le sale una enorme sonrisa al recordar que "teníamos muchas ganas de ser mayores para tener un bastidor grande con patas, nos hacía mucha ilusión".

De memoria tuvo que aprender un sinfín de poesías de flores para el mes de mayo con Sor Antonia y emotivas canciones de la mano de Sor Carmen Rueda. "Cuando una cosa me sale siempre digo 'qué detalle Señora ha tenido conmigo', una frase de una canción del colegio", declara Maruja, a quien le viene de familia el amor por la Salesianas, "mi madre y mi abuela estuvieron también aquí, de hecho, mi abuela, que era de Grazalema, se enamoró de mi abuelo mientras estudiaba en Jerez". "En mi casa me dicen que cuando hablo con las monjas se me cambia la voz. Yo las quiero mucho y todo lo que soy hoy día se lo debo a ellas", recalca Maruja.

Sor Herminia es antigua alumna de Pedro Alonso y actual directora de la comunidad de Montealto. Cuando habla de sus años de estudiante un brillo especial le nace en los ojos y es que para ella esa casa de Pedro Alonso "era el cielo". Sor Benancia, Sor Carmen Rueda, Sor Carmen Fernández, Sor Pilar Álvarez, Sor Magdalena Cruz... Todas eran "modelos a seguir. Aquello era un encanto de convivencia y a los 16 años decidí que quería unirme a la comunidad, pero mis padres me dijeron que todavía no". A los 18 ya se lo permitieron y desde ese momento ha dejado parte de su corazón en distintos centros educativos. Entre ellos está el jerezano San Juan Bosco, un colegio con "características muy especiales por el barrio en el que se ubica", apunta.

La 'casa' de San Juan Bosco se fundó el día de El Pilar de 1912. Para levantar el centro fue necesaria la ayuda de muchos bienhechores y de doña Carmen, marquesa de Domecq. "Aquella casa estaba para atender a niñas muy pobres, las cogían deambulando por las calles porque no tenían familia", recuerda Sor Herminia. Unos años después, pasó a ser una escuela-hogar para las jóvenes de la zona rural para luego convertirse en el lugar de acogida de niñas de familias desestructuradas de la zona Sur. "Estaban internas y hacían muchas tareas. Por ejemplo, lavaban la ropa de las bodegas y Sor Carmen me decía que aquellos monos de trabajo se quedaban de pie de los tiesos que eran", señala entre risas la directora de la comunidad. Ahora, San Juan Bosco es un colegio "normal" de una línea y se ha puesto en marcha el proyecto 'Integra', un programa de voluntarios dirigido a los niños con dificultades de aprendizaje y adultos.

Ahora entra en escena Sor Emilia, la voz del trabajo, el tesón y el amor a la Virgen. Ha cumplido 60 años de profesión y en esta larga vida de dedicación a los estudiantes hay momentos para todos. También antigua alumna y profesora de la comunidad, la hermana sabe que esta labor es la que "teníamos que hacer. Llevamos toda la vida dedicada a los jóvenes, siempre con alegría y entrega. Nunca hemos mirado las horas, el cansancio, aunque ahora los años te obligan a pararte un poquito". Para ella dedicar la vida a la educación en la comunidad ha sido una entrega "gozosa", porque levantar un colegio de la nada no quiere decir que "nos creamos heroínas, era lo que teníamos que hacer y ya está".

Llegó a Pedro Alonso con la misión de terminar las gestiones del terreno de Montealto "y pagarlo", recuerda entre risas. A pesar de que la céntrica casa era pequeña, con muchas escaleras y recovecos, para Sor Emilia el colegio "era hermoso". Su falta de conocimiento en materia económica, aunque a veces ella misma dice que era mejor no aprender para que no le echaran la bronca, propició que las entidades financieras fueran más flexibles con los pagos del terreno de Montealto. "Se me pasaban los plazos para pagar, porque no teníamos dinero, y nos decían que podíamos perderlo todo. Yo les decía que no entendía cómo iba, y ni quería enterarme, pero con mucho sacrificio y siempre confiando en la providencia de Dios, fue una realidad", apunta.

Desde Pedro Alonso salían andando hasta Montealto para echar en la tierra de la parcela medallitas de María Auxiliadora, quizás por eso ha nacido tal amor a la Virgen entre sus aulas. Sor Emilia ha tenido la oportunidad de formar parte de la comunidad en el colegio de Valverde del Camino, aunque como todas las hermanas, en cada casa que ha pisado ha dejado "raíces y corazón". Y es que cuando se le pregunta cómo definiría el espíritu de las Salesianas, Sor Emilia no duda en contestar que éste se basa en el amor a la Virgen, sencillez, apertura, mucho saber escuchar y nada de imponer. "Tenemos una impronta y es que todos nuestros alumnos salen del centro con la Virgen en el corazón y esto difícilmente se olvida", recalca.

El camino de las antiguas alumnas lo sigue Chari Fernández. Entró en el curso 76-77 y reconoce que cuando pasó la puerta del centro "noté mucha diferencia. La acogida que me dieron las hermanas no la había tenido nunca, fue distinto, me sentí muy arropada". Ahora sus hijos siguen la tradición de estudiar en Montealto porque Chari siempre quiso que la educación viniera de la mano de las hermanas. "A mí me sirvió estar en este colegio muchísimo, y no sólo en mi formación sino sobre todo como persona. Lo que recuerdo siempre y quizás sea lo que más me ha ayudado es que aquí me enseñaron a amar a la Virgen", declara la antigua alumna, quien rememora de vez en cuando las asignaturas de letras y sigue manteniendo un gran cariño hacia doña Carmen, "una profesora muy dulce".

Empezamos estas páginas con un recuerdo de María. El resto de las antiguas alumnas y hermanas de la comunidad están sentadas en una gran mesa de un salón del centro de Montealto escuchando cada palabra de la joven. 'Se hace mayor' pensaría seguro alguna de las allí reunidas, porque María cuando habla transmite más que muchos adultos. "Manoli [Manuela Barroso, directora del centro] nos decía en la capilla que miráramos siempre fijamente a la Virgen porque parecía que nos sonreía más. Y es verdad", apunta la joven, quien tras marcharse del colegio para seguir sus estudios ha querido mantener el lazo de unión con las hermanas a través del centro juvenil del que es monitora. "Cuando era pequeña nunca he llorado por venir al colegio porque me encantaba. En casa siempre nos han estimulado mucho y si ya de casa venías con ganas y aquí tenía una buena acogida, todo era perfecto".

Han pasado los años y aunque los centros han ido creciendo en número y superficie, la vocación ha ido disminuyendo de forma extraordinaria. "Las hermanas que están en el colegio son poquitas, pero bueno, las que estamos no lo vamos a dejar", comenta Sor Herminia. "Ni nosotros queremos que lo dejéis", responde rápido la actual directora del centro, Manuela Barroso. Risas de la hermana y asiente diciendo "tenemos antiguas alumnas muy implicadas, muchas cooperadoras que mantienen vivo el carisma del colegio. Estamos tranquilas porque sabemos que todo está en buenas manos". Y no le falta razón porque como dice María "éste no es mi colegio, es mi casa".

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