Mi parque 'Juan de la Plata'

  • Por aquí pasaban todas las mañanas, en tiempos de la guerra, los soldados de un tercio de la legión, acampados en Santa Fe, cantando su famoso himno. Y recuerdo a mis grandes amigos Fernando Ramírez, Manolo Iglesias, Manolo Ríos y Vicente el carnicero, que cantaba estupendamente; lo mismo que escuché numerosas veces a Juan Tomero Pantoja ‘el guapo’, que canta en el bar ‘La Parada’ como si estuviera en el Villamarta

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 C Cuando yo adopté como seudónimo literario y periodístico el nombre de Juan de la Plata, lo hice por amor a mi barrio y por amor a mi gente, pues aunque yo nací en la Corredera 21, la guerra incivil la pasé con mi familia viviendo junto al viejo barrio de la Plata, que sería convertido en parque, muchos años después, gracias al alcalde Miguel Primo de Rivera y Urquijo, nieto del general que eternamente manda la plaza del Arenal; como acertadamente dijo mi entrañable Manolo Ríos Ruiz, entre cuya plaza con su nombre y su casa de la calle La Plata, se ubica este parque. 

Lo que hoy es la moderna barriada de La Plata, en la que yo vivía, cuando empecé a firmar como Juan de la Plata, fué, en tiempos de la guerra, el Recreo de Santa Justa, propiedad de una tía del abogado don Justo Garzón Girón y del caricaturista Adalberto.

En tiempos de la guerra, yo era un niño de 6 o 7  años, cuando vivíamos en Santa Justa, y por aquí escuchaba marchar todas las mañanas, bien temprano, desfilando entre el barrio y mi casa, a un tercio de Legionarios que creo tenían establecido su campamento en lo que luego sería el campo de Santa Fé del equipo de futbol de El Pilar, donde los Maristas abrirían más tarde su colegio, del que yo también tengo un grato recuerdo personal, vivido junto a mis viejos amigos Manolo Pérez y Manolo Ríos; y donde mi hija mayor cursó sus estudios de la EGB.

En este parque, en el que entonces era el Barrio Viejo de la Plata, vivía mi chacha Carmela que iba todos los días a servir a mi casa del Recreo Santa Justa, donde está la torre del agua, más o menos, y en donde yo estuve alguna que otra vez, jugando con un chiquillo del barrio, llamado Paquito Picurro, de mi misma edad, del que fui gran amigo. Y, siendo ya jovencito, cuando empecé a escribir con 15 años, en el antiguo diario “Ayer”, cada  vez que regresaba a mi casa, en la plaza San Juan Bautista de la Salle, num. 1, a primera hora de la madrugada, desde la Redacción del periódico, en la calle Bizcocheros, atravesando las calles Porvera y Lealas, siempre totalmente a oscuras, la mayoría de las veces lo hacía acompañado de una muchachita de este barrio, llamada Encarnita, a la que yo conocía desde niña, y que vivía por aquí, la cual me esperaba la pobre, porque le daba miedo ir sola para su casa. Aunque a mí, la verdad, también me lo daba, y por eso ambos nos íbamos andando por medio de la calle Porvera y la calle Lealas; la que también solía recorrer, en bicicleta, de vez en cuando, un viejo sereno, llamado Tornero.

Este parque tiene muchos recuerdos para mi, porque su viejo barrio guardaba muchas vivencias mías, con mis entrañables y queridos amigos el poeta  Manolo Ríos, el pintor Fernando Ramírez, el fotógrafo Manolo Iglesias, y Vicente el Carnicero, que en realidad se llamaba Mauricio Bermúdez San Andrés, con los que muchas veces visité el viejo tabanco de Eduardo, o la bodeguilla de Nicolás y Casa Antonio, que era tabanco y almacén, y donde El Orejita guardaba, en su cámara frigofífica, los conejos que traía diariamente de los campos de Medina, para venderlos en La Plaza, y que nosotros, algunas veces, entre cantes y alegrías nocturnas, nos zampábamos algún que otro ejemplar, bien guisado por el tasca Antonio. A estas tertulias nocturnas muchas veces se nos agregaba el bueno de Joselón, el almacenero del barrio, cuando quiso apadrinar, en sus principios, a Rafael de Paula, quien también solía tomarse una copita con nosotros, de vez en cuando.

Todavía recuerdo los cantes de Cepero que hacía muy bien, uno de nuestros contertulios; y la inolvidable noche que fuimos con Vicente el Carnicero, a la puerta de la tasca de La Chaleca, situada junto a la carretera de Trebujena, en la que Vicente, con aquella espléndida voz que Dios le había dado cantó un fandango de Manuel Torre, que decía: “Son las tres de la mañana / abre que soy El Moreno / y endíñame por la ventana / una copa de anís del bueno; / que vengo con mi serrana”. Ni qué decir tiene que La Chaleca se levantó de la cama y toda emocionada por el cante  de Tío Vicente, nos abrió al grupo, dándonos la copa que pedíamos, pero de vino, no de aguardiente. 

Un poco más arriba de La Chaleca recuerdo que había otro tabanco sin nombre, donde otra noche fuí a parar con un viejo amigo, llamado Gaspar de Madariaga y Heredia, que había sido oficial de la Legión y con el cual se quiso enfrentar un borracho rufián que alli se encontraba. Mi amigo solo tuvo que decir, en voz alta, aquello de “¡A mí la legión!” y el atrevido rufián del temido clan de “Los Matasiete” salió despavorido a la carretera, desapareciendo en la oscuridad de la noche.

Más arriba vivía mi amigo el cantaor Juanata, al que un tren mercancía mató en Cataluña, mientras cogía caracoles con unos amigos. Y más arriba, todavía, vendían un mosto de Trebujena que quitaba las tapaeras del sentío y que yo compraba para nuestra Cátedra de Flamencología, siendo siempre muy elogiado por mi compañero y amigo el jurispoeta Benito Pérez Rodriguez que solía acudir a compartirlo con nosotros.  

Como ya digo, son muchos los recuerdos y las anécdotas que guardo en mis alforjas de este parque y del viejo barrio que aquí existió. Entre otras la célebre broma que unos cuantos le gastaron a un viejo barbero, llamado Paco, al que una noche le hicieron desaparaecer su modesta barbería y el pobre hombre se volvió loco para encontrarla. Mis últimas tertulias han sido, hasta hace algo más de un año, en el cercano Bar Parada, con mi querido amigo Manolo Iglesias, que tenía justo 20 años más que yo, y con el que me reí siempre, con la gracia que le rebosaba por todos sus poros; porque no se podía estar a su lado sin que se le ocurriera alguna ingeniosa frase que él mismo celebraba con grandes carcajadas.

Otro jerezano irrepetible es mi admirado Juan  Romero Pantoja “El Guapo”, el mejor cantaor que ha dado Jerez en mucho tiempo, que no ha querido ser profesional porque  no le ha dado nunca la gana, ya que él solo canta cuando le apetece y está a gusto, esté donde esté; y que más de una vez, porque me quiere de verdad, me ha cantado más de un cante, con su poderosa voz de gran saetero, convirtiendo con su cante el Bar Parada en sucursal del mismísimo Teatro Villamarta.

Y, para terminar, quiero decir que si antaño este barrio me dió su nombre, hoy yo se lo devuelvo, dándoselo a su parque, con todo el amor y todo el cariño del mundo. Y una cosa que muchos ignorarán, es que un posible y desconocido antepasado mío, llamado Juan Franco, tuvo una calle con su nombre, que es también el mío de pila, nada menos que en la mismísima plaza del Arenal. Calle, o mejor callecita, que aún existe, cerrada e incomunicada, entre varias casas de la acera de la antigua Cuna, donde está el Rio Viejo; que Agustín Muñoz cita en su libro de “Las calles de Jerez” y que pude conocer, entrando en ella, hace ya muchísimos años.

Gracias a la Alcaldesa y a nuestro Ayuntamiento, por este reconocimiento, que tanto me honra, y gracias a mi querido Jerez por el honor que me concede y que no olvidaré, en los años que me queden de vida. Muchas gracias Jerez. Siempre Jerez. ¡Viva España-Jerez!

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