Mortero bastardo

Bomarzo, todo pensamiento vuela

BOMARZO es un pequeño pueblecito situado en las colinas al norte de Roma, en la provincia de Viterbo, y sería una de tantas aldeas medievales si no fuera por el Parque de los Monstruos. Una versión sui generis del típico jardín renacentista, en el que monstruos mitológicos sustituyen a esculturas clásicas y edificios torcidos y mausoleos ocupan el lugar de pabellones de impronta renacentista.

Creo que en pocos monumentos creados por el hombre se representa de manera más espectacular el concepto de esoterismo, algo que seguramente tenía en mente Borges cuando lo describió como un "luna park de piedra". Un lugar a medio camino entre la maravilla y la pesadilla, que solo pudo haber sido concebido por un personaje atormentado, como parece que realmente fue el duque Pier Francesco Orsini. El retrato que de él nos hace Mujica Lainez en su novela titulada Bomarzo es fantástico; nos habla de un hombre con unas características intelectuales fuera de lo común, pero despreciado por casi todos los que le rodean desde su nacimiento debido a su giba, algo que en la sociedad renacentista (así como en la nuestra) suponía una traba enorme: la persona es juzgada antes que por cualquier otra cosa por su aspecto. Así se fragua la personalidad del Duque, que como él mismo se ocupa de recordarnos tomando voz en la novela, fue el arquetipo de hombre de su tiempo, "ni mejor ni peor que los demás". Aún así nos dejó una herencia inigualable, el Bosque Sagrado de Bomarzo es fiel reflejo de la existencia de su creador, muchas veces oscura e inquietante, pero sin lugar a dudas grandiosa.

Hay un interesante paralelismo entre la historia del duque y su castillo, ambos se encuentran en un lugar periférico, políticamente el primero y geográficamente el segundo; ninguno de los dos tuvieron una gran relevancia en el periodo histórico en el que fueron concebidos, justamente por eso nos llaman la atención, porque se salen de la norma, porque nos hablan de lo misterioso, de lo esotérico

Es una de esas maravillas que uno querría que permanecieran siempre así, alejadas de la opinión general, preservada de los grandes circuitos turísticos. Cualquiera que se acerque por allí un fin de semana de febrero tendrá prácticamente todo el parque a su disposición para pasear, reflexionar, tratar de acercarse a los motivos del Duque Orsini para crear semejante monumento. Quizás para aprender a conocerse y aceptarse a sí mismo. Y como está escrito en el labio del Orco, para que vuele el pensamiento.

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