Un Hamlet peludo o el lobo pródigo

  • Crítica de Cine; El hombre Lobo

El cine de terror de autor nació (salvo algunos precedentes expresionistas y escandinavos) allá por el año 1955 con la espléndida y en su día ignorada La noche del cazador de Laughton. Prosiguió en el año 60 con Psicosis de Hitchcock y El fotógrafo del pánico de Pressburger. Dio un giro imprevisto en el 75 con Taxi Driver de Scorsese –que desbordaba los límites de este y otros géneros– y culminó con El resplandor del colosal Kubrick en 1980. La relectura culta o de Autor de los mitos del cine de terror, que vino después, fue iniciada por el Drácula de Bram Stoker de Coppola en 1992, a la que siguieron Lobo de Mike Nichols o Frankenstein de Kenneth Branagh, ambas de 1994. Todas proponían lecturas sombrías, neorománticas, realistas desde el punto de visto de los conflictos humanos que simbolizaban y respetuosas para con los originales literarios a la vez que muy creativas visualmente. Hay que añadir que nuestros tan distintos y distantes Erice y Olea se habían adelantado a todos ellos en 1970 y 1973 con el licantropismo galaico de El bosque del lobo y con la cumbre de El espíritu de la colmena, tras la que latía el corazón trasplantado de Frankenstein.

Yendo al hombre lobo que hoy nos ocupa hay que decir que la revisión del mito por parte de Mike Nichols en 1994 –ambientada en el presente y en el mundo editorial– fue convincente gracias al inestable pero cierto talento del realizador, al dúo Nicholson-Pfeiffer y a la música de Morricone. Una década antes, en 1984, los hermanos Taviani habían hecho una relectura culta del mito a través de su adaptación del relato de Pirandello Mal de luna, que conformaba uno de los episodios de su largometraje Kaos, todo él dedicado a relatos breves del gran escritor siciliano.

En esta estela culta, más que en los revivals espectaculares de los años 80 como Un hombre lobo americano en Londres de Landis o Aullidos de Joe Dante, pretende inscribirse (añadiendo algún guiño a las series B de la Universal en las que Lon Chaney Jr. hacía de hombre lobo) la película de Joe Johnston, artesano dado a las secuelas (El joven Indiana Jones, Parque Jurásico III) que ha dado lo mejor de sí mismo con la emotiva October Sky y la ingeniosa Jumanji. Lo pretende, decíamos, pero no lo logra. Porque aunque Johnston tome la senda romántica, gótica y desmelenada del Coppola de Drácula o del Branagh de Frankenstein, no tiene ni el talento del primero ni los recursos dramáticos del segundo (que, de todas formas, se estrelló). Y sólo el oficio, que es lo que sí posee, no basta para hacer una lectura trágica del mito del licántropo en la que se mezclan Shakespeare (como "un Hamlet gótico" la ha definido Benicio del Toro) y la Biblia (la parábola del hijo pródigo es aludida).

Son de agradecer los recursos tradicionales para crear al monstruo, el uso moderado de los efectos digitales, las interpretaciones de Anthony Hopkins y Emily Blunt (porque Benicio del Toro está regular), la música de Danny Elfman, el diseño de producción del gran Rick Hendricks (Fargo, Sleepy Hollow, Piratas del Caribe) y las buenas intenciones de Johnston, tal vez dañadas por el largo y manipulador proceso de posproducción de la película. Pero no bastan.

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