Literatura

Superstición de la ciencia

  • Peter Adolphsen publica dos novelas deudoras del terror abisal de Machen y Lovecraft, con los que el avance del saber, la nueva fe, objetiva y empequeñece a la raza humana

Es Poe quien inaugura, en diversos relatos, esta forma de utilizar la ciencia como superstición, como delirio, como conjuro aciago; no como una vía para llegar a la verdad, sino como un atajo para abismarse en lo negro. Así ocurre en La verdad sobre el caso del señor Valdemar. Y ése es el fondo último de Los crímenes de la calle Morgue. Dos siglos antes, Johannes Kepler había relatado un viaje a la Luna, a través del influjo de una pócima. Y el XIX de Verne asistirá al triunfo de la electricidad, parejo a la conquista colonial del globo. Sin embargo, la ciencia como sombra especulativa, como temible sortilegio, es una novedad crucial del Ochocientos que empieza, por ejemplo, en Goya (El sueño de la Razón produce monstruos), y abre para siempre las sentinas del XX. Eso es lo que el lector encontrará, de un modo u otro, en este Brummstein/Machine, dos novelas cortas del danés Peter Adolphsen.

En efecto, la ciencia, a partir de entonces, se transforma no sólo en tema predilecto de la literatura (el Frankenstein de Mary Shelley, La Eva futura de Villiers), sino que la propia escritura adopta la terminología y el formato de los graves tratados de la época. El Eureka de Poe, sobre delirante y oscuro, es una prueba evidente de la permeabilidad del discurso científico en el ámbito doméstico. En cualquier caso, estos relatos de Adolphsen son deudores, no tanto del cientifismo y la fantasía de Poe, como del terror inhumano, geológico, abisal, de H. P. Lovecraft y su maestro, Arthur Machen. Lo que aquí se elucida, al cabo, es la enormidad temporal de los procesos tectónicos o químicos, en comparación con el frágil centelleo de lo humano. En Brummstein, es una piedra extraída de una gruta suiza, la que sirve de excusa para dar, en amplia perspectiva, el derrotero criminal del siglo pasado. Y en Machine, es el breve corazón de un pequeño caballo del Eoceno inferior, quien nos conduce a la anodina intimidad de unas vidas actuales. De fondo está la Teoría del Caos que popularizó Parque Jurásico. Esto es, que el aleteo de una mariposa en una punta del globo puede provocar, por azarosas combinaciones, un huracán en el otro extremo del planeta. Aquí, sin embargo, la distancia es temporal y no geográfica. Una distancia que se mide por millones de años, y desde cuya profundidad inabordable prefigura, en cierto modo, la existencia de los personajes.

Los monstruos geológicos de Lovecraft, ocultos en el subsuelo desde una antigüedad remota, eran dioses arcaicos y violentos que reducían al hombre a la condición de insectos. Su miedo era un miedo a la Naturaleza. Pero la Naturaleza dicha y entendida desde un punto de vista científico. Capas y capas geológicas de esquistos y de granito ocultan una verdad terrible, anterior a cualquier forma de vida. De igual modo, en El Terror de Machen son unas luces sobrenaturales, provenientes quizá de otro planeta, las que azotan y conmueven a la retaguardia británica en la Grand Guerre. Así, la ciencia se transforma en el temor y la esperanza de la modernidad. En una fe que objetiva y empequeñece vertiginosamente a la raza humana. Tras la I Guerra Mundial, el poeta francés Paul Valéry escribió: "Ahora sabemos que las civilizaciones pueden morir". La literatura fantástica y de terror da un paso más allá y muestra la marginalidad, la volatilidad, el minúsculo empeño de nuestra especie en el apabullante vacío del cosmos, cruzado por luces antiquísimas y meteoros errantes.

Algo de eso hay -tal vez mucho- en estas dos novelas de Adolphsen, prolijas en exceso con la terminología especializada. Ambas utilizan la misma estructura para hablarnos de un vago determinismo de nuevo cuño. Desde el fondo de los tiempos, una piedra oscilante o una molécula prehistórica, condicionan oscuramente nuestras vidas.

Peter Adolphsen. Lengua de Trapo. Madrid, 2010. 167 págs. 17 euros.

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