XII festival de jerez

El mal de la redundancia

El conformismo, la incoherencia y la rutina son malos compañeros para el arte. Acudimos al refranero español, compendio de experiencias y sabiduría, y nos devuelve dos axiomas que no por tópicos y manidos dejan de ser dos sentencias categóricas que todo aquel que construya un espectáculo debería tener en consideración casi como dogma de fe: primero, en la sencillez está el gusto; segundo, lo bueno, si breve, dos veces bueno. Nada de eso, por desgracia, se tuvo en cuenta la otra noche en La Compañía.

Cinco generaciones, el montaje encabezado por la jovencísima bailaora astigitana María José León, que presentó en la madrugada de ayer dentro del ciclo Solos en Compañía, fue a todas luces superfluo, redundante e innecesariamente denso y profuso. Entiéndase por esto último, sin ir más lejos, que una bailaora, supuestamente cabeza de cartel de una producción, apenas llegue a los tres números de baile en hora y veinte minutos de espectáculo; y que el cantaor acompañante de Pepe León El Ecijano prácticamente cantase lo mismo, o más, que el otro gran protagonista de esta función.

Pero es que para colmo, el discurso de este fallido espectáculo es de un conservadurismo sonrojante. Se arriesga lo mínimo, y cuando se hace es para dar paso a un pastiche inconexo donde entran los tangos, los fandangos de Huelva y se cede un espacio tan generoso (e intrascendente) para la copla, revestida de un arranque por zambra, que uno cree estar viendo uno de esos programas tan 'frescos' de la televisión pública de Andalucía.

El problema no es que Cinco generaciones sea un espectáculo monótono en su planteamiento global, que lo es y mucho, es que éste no tiene la más mínima coherencia y es de una oscuridad pavorosa -y no sólo porque los juegos de luces fallaran hasta el punto de que hubo un momento en que se dio una patá por bulerías bajo una oscuridad total-. Pero es que la bailaora no baila hasta casi quince minutos después de haber comenzado la representación, que arranca con una toná y un martinete bien ejecutados pero ilógicamente extensos. Y es que hay un epicentro sostenido única e incomprensiblemente por un intensísimo recorrido de soleá, soleá por bulerías, bulerías y bulerías para rematar. En este sentido, se introduce una extensa tanda de fiesta bulera donde sólo lucen los cantaores, pues la pequeña de El Ecijano emerge en un par de ocasiones, como visto y no visto, y en ambas desaparece del mismo modo: metiendo poco los pies, sin remate final, y saliendo del cuadro como si de un mutis por el foro teatral se tratase.

Pero lo más grave de todo no son esta serie de catastróficos sinsentidos. Lo peor de todo es que el espectáculo atesora materia prima y alto perfil cualitativo en sus intérpretes, sobre todo en lo que respecta al atrás, como para haber funcionado mejor de lo que se vio sobre el escenario.

Un montaje que deja mal sabor de boca, porque El Ecijano, un tanto solapado como se ha dicho por la voz de Sebastián de Huelva durante el espectáculo, tuvo eco, hondura y un metal añejo emanado de un territorio flamenco único e inconfundible. Y luego estuvo María José León, que cuando la dejaron, bailó. Y bailó con no poca soltura y corrección. Y también tuvo presencia su hermano Manuel, arropando bien con su sonanta, con varias falsetas y tiempos libres de muchos quilates. En definitiva, buenos y experimentados artistas movidos por una pésima planificación y una producción muy deficiente. En cualquier caso, siempre hay tiempo y margen más que suficiente para corregir los errores y pulir los defectos.

FICHA

Baile: María José León. Cante: Pepe León El Ecijano y Sebastián de Huelva. Guitarra: Manuel León y José Luis El Piru. Palmas: Lucía La Piñona y Rosi La Divi. Día: 25 de febrero. Lugar: Sala La Compañía. Aforo: Algo menos de media entrada.

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