Un repertorio contundente para un pianista rotundo

  • El músico ruso homenajea en el Villamarta a dos de sus maestros, Chopin y Schumann

Programa: Frédéric Chopin, Berceuse, Op.57; Bolero, Op. 19; Tarantella, Op. 43; Allegro de concierto, Op. 46; Impromptu, Op. 36; Variaciones sobre "La ci darem la mano", Op. 2. Robert Schumann, Carnaval de Viena, Op. 26; Carnaval, Op. 9.

Bien distinto a la tormenta y aguacero que nos castigaba fuera, el tornado Demidenko inundaba el pasado jueves el escenario de Villamarta apaciguando el espíritu con la música mas bella y turbando el ánimo con mil y una piruetas virtuosísticas sobre el teclado del Steinway, ese hermoso instrumento que ha acogido prodigiosos dactilares que han convertido su mecánica precisa en poesía y mensajes sublimes.

El pianista ruso, experto traductor del mas elevado lenguaje musical creado en el segundo cuarto del siglo XIX, donde la tríada Chopin-Liszt-Schumann proyectaba la senda del pianismo romántico siguiendo la estela de los grandes clásicos vieneses, homenajeó a dos de sus mas grandes representantes brindando un hermoso concierto.

Lo primero que se viene a la mente, aparte de la calidad interpretativa, de la que se hablará después, es la resistencia física que debe tener un interprete para aguantar más de dos horas tocando un instrumento como el piano, sin mostrar signos de desfallecimiento y, por supuesto, sin que el posible cansancio haga mella en su interpretación. Nikolai Demidenko demostró en este apartado estar en plena forma.

Navegando entre lo trascendente y lo trivial, el programa escogido para la ocasión fue en ambos sentidos de gran virtuosismo. La primera parte dedicada íntegramente a Chopin acogió partituras no muy conocidas en las que, sin embargo, se advierte fácilmente su estilo: desde la sutil Berceuse Op. 57, cuya tenue conclusión cogió al público desprevenido escatimándole un merecido aplauso al pianista, hasta las vistosas e inspiradas Variaciones sobre 'La ci darem la mano' op. 2 donde Demidenko mostró, junto a una depurada técnica, un dominio del fraseo y un gran sentido musical, pasando por el Bolero, Op. 19 y la Tarantella, Op. 43, dos obras más bonitas que profundas pero que a pesar de ello reclaman gran dedicación y estudio, el interesante y poco conocido Allegro de Concierto Op. 46 de endiablada complejidad donde asoman momentos líricos que recuerdan a la sección central del cuarto Scherzo, Op. 54 y el desigual pero no menos tentador Impromptu Op. 36. Una primera parte intensa en la que el pianista ruso puso todo su empeño para que el público no solo quedara fascinado por su virtuosismo sino por la belleza de la música.

Difícil reto se presentaba en la siguiente sección con los "carnavales" de Schumann, obras tan semejantes a la del polaco en cuanto a intensidad sentimental como diferente por estilo y propuesta discursiva, manteniendo los márgenes de virtuosismo en la estrecha banda de lo diabólico; hay quien llegó a preguntarse "¿se pueden tocar tantas notas?", Demidenko demostró que si, no dando tregua a unos oídos donde aún bullían melodías ensoñadoras, plenas de embeleso.

La realidad del tumulto y la obsesión del impulsivo y romántico Schumann surgieron impetuosas con ese Allegro, vivace assai, que abre su Carnaval de Viena, Op. 26 y que sirvió para transformar el ambiente, hallando un remanso de paz en la Romanza y el desenfreno de la pasión en el Intermezzo "Colla più grande energia", mientras el Scherzino y el Finale redundan en un perdurable tema dibujado de diversas maneras.

Los aplausos del respetable marcaron un escueto respiro hasta que Demidenko, con una serenidad increíble, interrumpida pocas veces y entre movimientos para secarse el sudor de la frente, abordó las "bufonadas de carnaval", una cabalgata musical de personajes que se presentan paulatinamente en su Carnaval, Op. 9, donde la música adquiere todos sus tintes; no existe nada que no se plasme aquí: amistad, amor, pasión, desasosiego, alegría, candidez, tristeza... música como lenguaje de los sentimientos, los que no parecía demostrar Dermidenko, aunque si surgían de sus dedos. Un pianista rotundo y contenido. Otra noche inolvidable que se cerró con dos propinas del ruso: una sonata de Domenico Scarlatti y una Mazurca de Chopin y... con mucho agua.

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