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EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Formas de morir

EN Suramérica hay niñas que se llaman Madeinusa y niños que se llaman Yesaidú (por "Yes I do"). Buscando nombres raros he encontrado una niña que se llama Mara Dona (en honor del futbolista) y un niño que se llama Pichu Pichu, en honor de un volcán andino. También me he encontrado con una chica que se llama Nuevecita (Colón Santana, por más señas) y con un bebé mexicano llamado Yahoo. También he encontrado niños llamados Bongo, Teamo, Toshiba Fidelina y Elton Jhon (así, mal escrito, con la "h" cambiada de sitio). Pero el más raro de todos es el niño -o niña- que se llama Lexotanil. ¿Qué es eso? ¿Un antibiótico? ¿Un laxante? Google acaba de explicarme que Lexotanil es una marca de ansiolíticos. Sin duda es un buen nombre para un bebé. Y por cierto, todavía no he visto ningún Google. Todo se andará.

En Suramérica también hay cientos de niños -y adultos- que se llaman Bayron, como el joven sevillano que murió el fin de semana pasado, al clavarse un cuchillo mientras celebraba una barbacoa en una playa de Cádiz. Al azar, tecleando en Google, he encontrado un coronel del ejército ecuatoriano y un magistrado de un tribunal de Colombia. Los dos se llaman Bayron, escrito tal cual. Una amiga mía tiene un gato llamado Byron, en honor del poeta Lord Byron, aquel genio que dijo, en uno de los cantos de su Don Juan, que el matrimonio era al amor lo mismo que el vinagre era al vino. El chaval sevillano se llamaba igual que el poeta, sólo que escrito así, Bayron, por aquello de no complicarse la vida. Tenía 24 años y dos hijos. Por lo poco que sabemos de él, este chico parecía más bien un habitante del Tercer Mundo. Y murió de una forma que parece sacada de una película ecuatoriana o colombiana. Pero no de un culebrón, sino de una de esas películas de bajo presupuesto que se atreven a contar la vida tal y como es.

Bayron había nacido en 1985. No es un producto del franquismo ni del subdesarrollo. Cuando nació, el PSOE llevaba cinco años gobernando Andalucía. Y aun así, si repasamos su historia, parece un chaval de Bogotá o de Lima, un chico sin apenas formación ni expectativas de futuro que murió de una forma absurda. El fracaso de su vida es un fracaso absoluto, sin paliativos: fracaso en la familia, fracaso en el colegio, fracaso en todo lo que hizo. Deja a dos niños sin padre -aunque es dudoso que alguna vez llegara a ejercer de padre- y nos deja a todos con la sensación de que algo muy grave está ocurriendo. Hace poco, un amigo me contó que había visto cómo unos chavales cogían a un mendigo en brazos y lo usaban como ariete para golpear las ventanillas de los coches. Eso pasó en pleno centro de una ciudad andaluza, a eso de las 11 de la noche. Quizá alguno de esos jóvenes se llamaba Yesaidú o Teamo. O Lexotanil.

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