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Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Los indiferentes

CON más contraste, se ve mejor. La preocupación política crece en España hasta extremos inéditos. No se sabe quién nos gobernará ni cómo ni en base a qué pactos ni sobre qué territorio. Tanta tensión externa se corresponde con la interna de los partidos: explícita en el PSOE, larvada en el PP y periférica en Podemos, solución habitacional donde se juntan gentes de diverso pelaje y plurisensibilidades. También se expande la crisis al pasado (la enésima revisión de la memoria histórica) y hacia el futuro, con proyectos que plantean cambiar nuestro sistema actual de convivencia.

Contra este telón de fondo, se aprecia mejor la inmensa tranquilidad en la que viven los indiferentes. Con una concepción griega de la cosa pública, yo preferiría que todos estuviesen interesados, y más, que tuviesen mis preocupaciones y, ya puestos, que compartieran los juicios expresados en estos artículos. Pero lo cortés no quita lo valiente, y disfruto con la paz que emana de los indiferentes. Y con sus lecciones.

Los más indiferentes son los niños, como es natural. Da gusto verlos en un mundo que ni roza la política. Mi hijo pequeño, que ha salido gomezdavilano, parece haberse hecho fuerte en uno de los pocos escolios del maestro que yo no comparto: "Patria, sin palabrería nacionalista, es sólo el espacio que un individuo contempla a la redonda al ascender una colina". Y no tengo manera de convencerle (aún) de que España no termina dos o tres barrios más arriba. Qué feliz vive.

Los adolescentes no viven, generalizando, tan felices, asediados por la obligación de divertirse, por los amoríos, por las letras subversivas de las canciones comerciales y por las modas. Les queda poco espacio para la preocupación política, aunque hay excepciones (que aprovecho la ocasión para alentar).

Hay más colectivos predominantemente apolíticos, por ejemplo, los ancianos, que a menudo hacen un movimiento táctico muy lógico y se retiran a la intrahistoria. Les preocupa la familia, su día a día, la salud, lo esencial.

Tras admirar tanta paz, los que estamos en la edad de preocuparnos asumimos un plus de responsabilidad, por ellos, a los que la política afecta más que a nadie. Y los políticos tendrían que ponerse una línea roja de verdad. No poner jamás en peligro con sus maniobras eso tan placentero que es la indiferencia de los indiferentes. Hay que conservarles una amplia franja de realidad incontaminada.

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