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Vamos a mi playaEl Palmar, la playa del Instagram

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Vamos a mi playaEl Palmar, la playa del Instagram

En la Playa de el Palmar, conocida también como "la playa del postureo", se juntan todo tipo de personas posibles, desde surferos con rastas, tabla y collares de madera hasta la jet set de la capital con sus pareos blancos, sus canastos de esparto y sus bikinis a rayas. Desde familias "made in Cádiz" con sus tupperwares de sandía pa' merendar como grupos de colegas con sus garrafas de mojito casero. Lo que todos ellos tienen en común es que dejan huella de su presencia en ese rinconcito de Vejer Costa a través de las redes sociales. "Me siento genial en Playa el Palmar" o "Relax time en #ElPalmar", son algunos de los títulos de las publicaciones en Facebook o Instagram de aquellos afortunados que han podido pasar el día en la tierra prometida.

Llegar a el Palmar a eso de las doce de la mañana y pretender pasar un día de playa tiene un desenlace del que muy pocos pueden escapar: te vas a quemar seguro. Da igual cuantas veces te pongas crema o cuanto rato te intentes esconder debajo de la sombrilla, que al salir de la playa vas a estar más rojo que Donald Trump después de unas vacaciones en Palm Beach.

El tema de donde poner la toalla es una odisea y no porque la playa sea precisamente pequeña, ni si quiera porque haya más gente de la cuenta, sino porque cuando llegas a primera hora parece que hay más arena que en el Sáhara y te crees que tienes toda la playa para ti, pero justo después de comer, cuando estas reposando el bocadillo de tortilla de papas, la marea empieza a subir, y a subir, y a subir... por lo que tienes que recoger el campamento y montarlo de nuevo una mijita más arriba hasta que a los treinta minutos ya te estas mojando los pies y hay que repetir la operación otra vez, y a eso de las cuatro ya te has juntado con los vecinos de la sombrilla de arriba y parece que todos venimos juntos de excursión en el autobús del pueblo.

Eso de intentar echar una cabezadita en el Palmar es misión imposible. Por las mañanas te despiertan los cientos de manteros vendiendo sus toallas-sábanas de elefantes y motivos étnicos "buenas, bonitas y baratas", y, a la hora de la siesta la campanita te anuncia que el de los dulces ha llegado y que la cuña de crema, a medio camino del derretimiento, te está esperando en la caja de cartón diciendo "cómeme".

La hora de bañarse es todo un reto. Intentas meterte "poquito a poquito" por eso de que el agua está fresquita, pero tu meta se ve frustrada por esa ola de metro y medio que cuando llega a la orilla te ha salpicado hasta el sentido. Ahora eso sí, cuando consigues meter la cabeza debajo del agua te sientes como en Hawaii: agua cristalina, surfistas a lo lejos e incluso alguna especie salvaje, aunque eso sí,de plastico y rosa, de la marca flamingueo, a la que más de una valiente intenta domar sorteando olas mientras la amiga saca la Go Pro para hacerle la foto.

A eso de las siete toca subir al chiringuito. Que más da que hayas venido con moño y camiseta de publicidad de alguna marca de ron. Las duchas se llenan y los jóvenes y no tan jóvenes se dan una agüita y se ponen sus mejores galas.

Ahora sí mojito en mano toca disfrutar de un poquito de tranquilidad. Flamenquito de fondo, hamacas de colores y "lunes del Dorado" como guinda al pastel de un día perfecto de sol y arena en una de las mejores playas de la provincia.

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